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Tino Casal

Logotipo de Notodo Notodo 29/11/2016 Irene Galicia
Imagen principal del artículo "Tino Casal" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Tino Casal"

“Me odian porque me he adelantado con la chaqueta que ellos pensaban ponerse”, decía Tino Casal y no le faltaba razón. Se anticipó a todo y a todos. La industria de la música le fichó para rivalizar con Nino Bravo, pero Tino Casal tenía otros planes algo más vitalistas: prefería parecerse más a su admirado David Bowie y convertirse en un cantante único, un artista diferente a todo lo que se había visto hasta entonces en nuestro país.

El escándalo y la provocación eran su modo de vida, y su estilo era fruto de su eclecticismo como artista. Se diseñaba sus chaquetas, se apropiaba de todos los símbolos y sus conciertos estaban milimétricamente calculados a través de una puesta en escena en la que los complementos, el peinado, los tintes del pelo e incluso el bigote tenían la inconfundible marca Tino Casal.


La muestra, en el Museo del Traje de Madrid, aborda al personaje desde la perspectiva de la moda y el estilo; un homenaje al artista en la que se pueden contemplar nada menos que dos centenares de piezas, de las que destacan unos cincuenta conjuntos, vestimentas, complementos, portadas de discos, fotografías y obras de arte realizados por el propio Casal y procedentes en su mayoría de préstamos de su familia y amigos. Una exposición que nos demuestra cómo el estilo, que no la moda, es un todo en uno para definir a una persona, y no sólo a Tino, sino que era una vía de expresión para todos los cantantes españoles en la transición. La muestra concluye con una sección de obras de artistas que fueron fundamentales en su vida y tiene por objeto explotar a la vez todas las partes icónicas de la cultura popular que representaba el artista.

Cantante, productor musical, diseñador de accesorios, vestuarista, decorador, pintor y escultor, el genial cantante que popularizó Eloise fue el icono ochentero por excelencia. En los setenta hizo las maletas rumbo a Londres, capital europea del pop más sobresaliente. Y allí se convirtió en un fan confeso de Bowie (¿quién no lo es?) y del glam rock. Los estilos de esa época como el techno y el new romantic. Tino Casal se empapó no sólo de las nuevas modas musicales, sino también de la vanguardia estética, de la manera de vestir entonces; la capital británica fue la responsable de ese fastuoso atuendo y esa furiosa frivolidad que se imponía entre adolescentes y jóvenes a mediados los sesenta en Carnaby Street.


Al regresar a España el asturiano trajo en su maleta un tremendo repertorio de canciones y trajes. Casal era una estrella emergente, llena de glamour, en la onda del mejor pop europeo, y llamaba la atención con sus coloridas vestimentas, sus complementos, adornos y un pelo fantástico, incluso cuando callejeaba por Londres. Decían de él que era trisexual, y es que le gustaba jugar con la ambigüedad igual que jugaba con los diferentes estilos musicales. Camaleónico por naturaleza, Casal absorbía estilos como una esponja. Igual tomaba referencias de la canción popular española que escuchaba de niño, que de las bandas británicas más punteras. Se contagió de la estética y la música de Adam and the Ants, Duran Duran, Spandau Ballet o Culture Club y del sonido de Human League, Visage, Simply Red, y hasta los Bee Gees.

Así era Tino Casal, una mezcla de lentejuelas con sidra, según le define Paco Clavel en el documental de 2003, Gran Casal, me como el mundo, un seguimiento a lo largo de dos décadas a través de variopintos personajes sobre el maestro de la Movida. ¿Cómo hubiera influido si su carrera hubiera seguido evolucionando en la década de los 90? Nunca lo sabremos, porque su muerte, trágica, prematura y espectacular como su actitud, nos lo arrebató en un accidente de coche a la salida de una discoteca. Estaba a punto de grabar con Barry White cuando nos dejó un elegante cadáver a la edad de 41 años hace ya un cuarto de siglo, pero esta figura insoportablemente única de nuestro imaginario colectivo, sigue siendo imprescindible en nuestra vida y –no hace falta ni decirlo-, en cualquier fiesta que se precie.








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