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Todo listo para el despegue mexicano

EL PAÍS EL PAÍS 09/06/2014 Jan Martínez Ahrens

El mayor reto de la agenda económica del presidente de México, Enrique Peña Nieto fue anunciado el 18 de marzo de 1938. Ese día, a las diez de la noche, el presidente Lázaro Cárdenas, después de dos horas de reunión a puerta cerrada con su gabinete, comunicó a través de las estaciones de radio la expropiación de las poderosas compañías petroleras, hasta aquel momento en manos extranjeras. Con su vibrante desafío a Washington y Londres, el antiguo general revolucionario catalizó como pocas veces a la sociedad mexicana y puso bajo control estatal el tesoro de la nación: los hidrocarburos. Había nacido Pemex. Setenta y seis años después, la petrolera mexicana ha entrado en pérdidas (9.200 millones en 2013), y México, el séptimo productor mundial, se ve obligado a importar el 50% de la gasolina que consume y el 30% del gas.

El símbolo se ha oxidado y, pese a la resistencia del Partido de la Revolución Democrática (PRD, izquierda), su monopolio será liquidado para abrir la puerta a la inversión privada y extranjera. El giro, del que se espera una de las mayores entradas de capital de la historia de México, es obra del ambicioso plan de reformas estructurales impulsado por Peña Nieto (del Partido Revolucionario Institucional, PRI). Si se consuma este programa, el gigante americano, con 118 millones de habitantes, vivirá posiblemente su mayor vuelco desde las postrimerías de la revolución. No solo el petróleo y el gas verán cambiadas las reglas del juego, también las normas electorales, la educación, la fiscalidad, las finanzas y las telecomunicaciones. Todo ello con un objetivo declarado: abrir las puertas de la competencia y producir una explosión controlada que libere un crecimiento económico del 5% del PIB. Será la hora del bum mexicano.

En un país con 52 millones de pobres, ese 5% se ha convertido en la gran referencia nacional. Considerada la puerta de la prosperidad, el presidente ha puesto a trabajar a la maquinaria estatal para alcanzar la cifra. Pero el camino no es fácil. México sufre de anemia crónica. Desde 1981 su crecimiento medio se ha limitado al 2,4% del PIB. El año pasado acabó con un frustrante 1,1%, y las previsiones para 2014 ya han sido recortadas por el Gobierno al 2,7% ante los insuficientes resultados del primer trimestre. Demasiados golpes para una potencia emergente que aspira a ser la décima economía del mundo (ahora es la decimocuarta).

El Sindicato de Trabajadores Petroleros saldrá del consejo de administración de Pemex

El gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, resta importancia a los datos de los últimos meses. Los considera coyunturales y atribuibles a la mala racha de Estados Unidos en 2013. Pero admite que con la estructura económica actual, el crecimiento potencial no puede pasar del 3% o el 3,5%. Para iniciar el verdadero despegue hace falta algo más. "Se necesitan las reformas estructurales, que se aprueben y entren en funcionamiento. Es trascendental para la productividad y la lucha contra la pobreza", afirma Carstens a este periódico.

Esta advertencia del gobernador pone dimensión a los retos asumidos por Peña Nieto. En el influyente sector de telecomunicaciones, por ejemplo, la reforma implica recortar el poder a dos titanes: Carlos Slim y Emilio Azcárraga. El primero, una de las mayores fortunas del mundo, controla el 84% de la telefonía fija y el 70% de la móvil. El segundo, el 70% de la radiodifusión. La apertura de sus apabullantes dominios a otros competidores supondrá, si llega a buen puerto, una revolución en las reglas de competencia, pero también una formidable demostración de fuerza política. No lo es menos el vuelco energético.

No se trata solo de la llegada de inversión privada y extranjera. El nuevo modelo pone fin a otros tabúes. El precio de la gasolina se liberalizará progresivamente, los contratos serán de dominio público, el Sindicato de Trabajadores Petroleros saldrá del consejo de administración de Pemex y la sacrosanta carga fiscal que soporta la empresa paraestatal y que alimenta ella sola un tercio del presupuesto estatal se reducirá sensiblemente (del 79% al 65%).

Este nuevo paradigma alcanza también al gas y la electricidad. La apertura en este sector, según los especialistas del FMI y del Banco Mundial, rebajará el coste de la energía. La producción manufacturera, gran motor industrial de México, se verá beneficiada, con el consiguiente aumento de la competitividad y las exportaciones. "Es un hito. Tan importantes son los cambios en el petróleo como en el gas. Han decidido enfrentarse a sus debilidades con un impresionante proceso de reformas estructurales", destaca el analista jefe para México del Fondo Monetario Internacional (FMI), Rob Rennhack.

Pero estas elevadas expectativas, en un país con fuertes desigualdades sociales, han suscitado una reacción simétrica: la impaciencia por los resultados. Año y medio después del anuncio del plan, las reformas prosiguen su trámite parlamentario (excepto educación y fiscalidad, ya aprobadas). El debate se centra ahora en la letra pequeña, en las llamadas leyes secundarias. Y aunque Peña Nieto, con el apoyo del conservador Partido Acción Nacional (PAN), tiene previsto aprobarlas en los próximos meses, el tiempo ha empezado a correr en contra, enfriando el entusiasmo inicial. El índice de confianza del consumidor, según una encuesta de Bloomberg, atraviesa uno de sus puntos más bajos de los últimos cuatro años.

"Va a tomar bastante tiempo hasta que estas reformas se implementen y arrojen resultados partiendo de crecimiento sostenido. Y eso puede generar frustración. Tiene que calar la idea de que las reformas estructurales deben ser continuas, no basta con aprobarlas", señala Joost Draais­ma, analista del Banco Mundial.

Para el especialista en México de Moody's, Mauro Leos, lo importante es elevar la mirada más allá del horizonte inmediato: "Hay escepticismo, más dentro del país que fuera, por las expectativas de crecimiento acelerado que se generaron en un principio. Eso es un problema que el Gobierno tiene que manejar. Pero lo importante es el medio y largo plazo, ahí va a haber un crecimiento continuado del orden del 3% al 4%, muy superior al histórico. Será en la segunda parte del sexenio. La reforma es fundamental".

Para animar la economía durante el compás de espera, el Gobierno ha sacado del armario un remedio clásico. Ha subido el déficit al 1,5% y ordenado un fuerte aumento del gasto público. En algunos apartados, como la inversión en infraestructuras, el disparo ha sido del 45%. Lo más parecido a una inyección de adrenalina para ir preparando al corredor.

"El objetivo del 5% es una carrera ambiciosa y difícil, pero posible. La falta de crecimiento genera pobreza y esta inhibe el crecimiento, y vuelta a empezar. Para acabar con este círculo, la economía tiene que expandirse. Un 4,5% ya sería un éxito. Ahora bien, para lograrlo, México tiene que cumplir dos objetivos: uno, desarrollar toda su capacidad potencial, hasta el 3%; y dos, crecer con las reformas hasta el 5%", explica el profesor-investigador del Colegio México Gerardo Esquivel.

El peso del esfuerzo por lograr la remontada recae sobre el hombre fuerte del Gobierno y secretario de Hacienda, Luis Videgaray. En este doctor en Economía por el MIT no hay lugar para la duda. "Las reformas van a detonar el gran potencial de México", ha sentenciado.

En un país donde la economía ha desbancado al narcotráfico como tema de discusión, Videgaray ha decidido jugar fuerte y, sin temblarle el pulso, ha puesto incluso fecha a la consecución del 5%: será en 2016. El plazo es objeto de disección por los analistas. No hay unanimidad. "Depende. Si hay una muy buena implementación de la ley, se podría lograr. Otro factor es que haya un buen entorno externo; hay que tener en mente que el 50% del PIB mundial corresponde a países como Estados Unidos que han venido creciendo muy por debajo de su potencial. Eso tiene repercusión. Pero todo va en la buena dirección", afirma Carstens, gobernador del Banco de México.

Esta dependencia externa es uno de los dilemas perennes de la economía mexicana. Y Estados Unidos, que absorbe el 80% de las exportaciones, su gran representación: con una frontera común de 3.185 kilómetros, en las épocas de bonanza la locomotora del norte tira con fuerza; en las malas, la deprime.

"Es el mercado más potente del mundo, y eso proporciona muchas oportunidades incluso en momentos de crisis", explica Draaisma, del Banco Mundial, "uno tiene que vivir con la realidad y aprovecharla al máximo".

"Además, 20 años después de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, México también ha diversificado mercados", señala Rennhack, del FMI, en referencia a las alianzas en el eje del Pacífico, un área donde ya ha clavado bandera el gran rival: China.

Forjado en la extenuante competencia con Estados Unidos y con China, México ha desarrollado una temible industria manufacturera, de gran poder exportador. Su tejido empresarial, sin embargo, adolece de una excesiva atomización. El 95% de sus empresas, según la OCDE, tienen menos de 10 trabajadores (80%-90% en Brasil, Argentina o Chile). Este enanismo va de la mano de la falta de crédito, uno de los frutos amargos del trauma financiero que supuso el tequilazo de 1994.

En la cúspide de sus fortalezas figura, en opinión de todos los expertos consultados, una arquitectura macroeconómica bien cimentada, capaz de resistir los huracanes que suelen barrer la zona. Las finanzas públicas, la inflación, los tipos de interés y las reservas son la envidia de gran parte de Latinoamérica.

Su peso demográfico también juega a favor. "A diferencia de otros, México tiene la ventaja de que la población joven y en edad de trabajar crece más rápidamente que la total, de forma que se está reduciendo la tasa de dependencia. Ese bono seguirá los próximos 15 años", detalla el analista del Banco Mundial.

Todos estos factores abonan la esperanza de que las reformas crecerán en terreno propicio. En este clima, Moody's ha mejorado la calificación del país (nivel A3), situándola por encima de muchos de sus competidores naturales. Y para los expertos consultados, ni la inseguridad, que ha sembrado en la última década el territorio de decenas de miles de cadáveres, ni la informalidad, que lleva a que el 60% de la población activa trabaje sin seguridad social, son obstáculos insalvables para la recuperación. "Precisamente los cambios tienen como finalidad reducir la pobreza y sus consecuencias", señalan fuentes gubernamentales.

Ese es el objetivo. La pista está casi a punto. Las multinacionales compiten por situarse en la rampa de salida y los grandes inversores mundiales solo esperan a que se despejen las últimas brumas para inyectar capital. Sobre México convergen todas las miradas. En el centro de este interés global, como es habitual en la historia de este país, figura el petróleo. Es el gran tesoro nacional. Y aquí reaparece el recuerdo del 18 de marzo de 1938. En aquella noche histórica, Cárdenas apeló en su discurso radiofónico a la necesidad de "salvar la economía del país"; ahora el Gobierno explica la apertura del mercado de los hidrocarburos con un argumento similar, aunque menos enfático: se trata no solo de mejorar la competitividad de Pemex, cuya producción ha caído en torno al 25% en 10 años, sino también de atraer inversión a raudales; dinero fresco para acelerar las turbinas del sistema; para despegar y volar. Los cálculos alimentan esta ambición. La propia Pemex considera que la reforma energética traerá por sí sola un aumento del PIB mexicano de un punto. Un punto que supondría un paso de gigante hacia el sueño que alberga la gran potencia hispana.

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