Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

Todos los fuegos, el fuego

EL PAÍS EL PAÍS 06/06/2014 José Antonio Vidal Castaño

Pido perdón al maestro Cortázar por tomar el título de uno de sus relatos para hablar, más allá del fuego literario, de los devastadores incendios --provocados o no-- que están acabando con los bosques valencianos. Y lo hago con intención de estimular el celo por su prevención y el trabajo paliativo de sus efectos secundarios. Cuando llegue la próxima catástrofe, escucharemos de nuevo la vieja cantilena: ¡Qué desgracia! ¡Criminales!, etc. Veremos, por enésima vez, angustia y dolor reflejados en los rostros de los afectados, las lenguas de fuego devorando árboles y matojos, motas y veredas, la titánica lucha de bomberos y voluntarios, las densas columnas de humo, incluso algún muerto… Las autoridades, que si nada se puede hacer, que si es un desastre natural, que si patatín, que si patatán… En unos días, lo que fue acontecimiento brutal será pasto del olvido; ceniza que dispersa el viento. Maldeciremos a los pirómanos de turno, lamentaremos la falta de mano dura con los presuntos implicados, como si la violencia legal resolviera los problemas.

No habrá, sin embargo, investigación a fondo de las causas, ni denuncias (excepto por los ecologistas) sobre la progresiva privatización del suelo y en particular de los montes, cuya vigilancia y cuidado --incluida la prevención de incendios-- está regulada por la vigente Ley de Montes. Ley que establece normas de protección para los Montes de Utilidad Pública. Ley que el actual Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente --siendo titular el señor Cañete-- planeó y planea “reformar” (en beneficio de usos privados) con la ayuda de la llamada “Ley Montoro” para entidades locales. La Generalitat Valenciana ya subastó con esta misma intención 18.200 hectáreas de monte público en el Valle de Ayora-Cofrentes y en La Canal de Navarrés para favorecer la caza y la explotación maderera, mientras se asegura que faltan recursos para hacer cumplir la Ley. ¿Cuántos guardas forestales conocemos? ¿Se trata acaso de una profesión en trance de extinción?

Me vienen sin querer a la memoria, aquellos versos que Antonio Machado escribiera en Rocafort, en 1937: “Pienso en España vendida toda, de río a río, de monte a monte.”

Los incendios y el “crecimiento sostenible” (en realidad insostenible) están calcinando zonas boscosas y desertizando nuestros paisajes. Proliferan actividades recreativas para ocio privado en suelo público. ¿Conocen los lectores iniciativas para la limpieza de montes públicos afectados por la celebración de cacerías, barbacoas, conciertos musicales o basuras acumuladas? ¿Conocen los lectores a vecinos que hayan participado -asalariada o voluntariamente en la retirada de cascos de botella, capaces por si solos de provocar un incendio? Atender estas necesidades sería una complicación para el escaso presupuesto de unos municipios cargados de numerosas deudas. Lo entendemos. Algunos parajes de los términos de Xiva y Godelleta, Cullera, Manises, el Montgó de Denia, etcétera, que eran hace meses deliciosos, son ahora, tras ser pasto de las llamas, irreconocibles. En Cullera se hizo caso omiso de las evidencias (soplaba un viento de cojones) para retrasar unos festivos fuegos artificiales en la bajada del “Castell” y se produjo, como era de esperar, el incendio, aunque lo importante --para la autoridad local-- era dar satisfacción a sus festeros. Pan y toros. ¡Qué siga la fiesta! y, ya puestos, que viva Belén Esteban, musa del chismorreo nacional y “autora” que arrasa en el mercado del libro. ¡Viva el vino!

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de EL PAÍS

image beaconimage beaconimage beacon