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Tom Petty, la afilada elegancia de un rebelde

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 03/10/2017 Ignacio Julià
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Tom Petty, a su llegada al estreno del documental sobre él y su banda en Burbank, California, en octubre de 2007. © Chris Pizzello Tom Petty, a su llegada al estreno del documental sobre él y su banda en Burbank, California, en octubre de 2007.

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¿Cómo reducir lo que nos regaló Tom Petty a un perfil de tras su muerte? Apuntando que este caballero sureño de rubia y lacia melena, sonrisa entre cínica y burlona, obstinado hasta la exasperación, nunca dio su brazo a torcer. El carácter individualista del cantante y guitarrista nacido en Gainesville, Florida, que hizo fortuna en Los Ángeles, quizás sea lo que mejor le defina. Y, claro está, su natural elegancia.

Hijo de un alcohólico abusivo, convertido al rock por Elvis y Beatles, en 1976 se une a un conjunto ya existente y nacen los Heartbreakers. Mucho más que una banda, una virtuosa fraternidad: Mike Campbell (guitarra), Benmont Tench (teclados), Ron Blair (bajo) y Stan Lynch (batería). Un primer álbum homónimo despunta por su grácil austeridad, aires a lo Byrds, fluidos teclados, voz descarada y conexión con la emergente nueva ola. Ahí estaban Breakdown y la inmarcesible American Girl, oda a esa chica ‘’educada a base de promesas’’ que el sueño americano nunca cumple plenamente.

Llegarían otros álbumes formidables. Damn the Torpedoes (1979), de radiante carrocería puntuada por Refugee o Even the Losers, alcanza ventas millonarias sin rebajar la terca fidelidad a un estilo propio que funde rock orgánico e instinto melódico. Y, en Southern Accents (1985), reivindica su origen meridional con telúrica intensidad, escúchese Don’t Come around Here No More. La consagración llega, no obstante, al grabar en solitario Full Moon Fever (1989), producido por Jeff Lynne y aupado por la altiva I Won’t Back Down o la inyección de vitalidad frente al derrotismo de Free Fallin’. Tan radiable liviandad respondía a una desgracia personal, el incendio que había arrasado su hogar. Otro productor infalible, Rick Rubin, supervisará Wildflowers (1994), plasmación acústica de su carácter entre amargo y luminoso, favorito de sus seguidores.

Echo (1999), inspirado en sus recurrentes episodios depresivos, señala el retorno de unos Heartbreakers poco prolíficos en el nuevo milenio. Petty vivió días sombríos, incluida su adicción a la heroína, pero fue aceptado entre la realeza: a finales de los ochenta, los Heartbreakers giran como banda de Bob Dylan, y Petty ingresa en un club exclusivo, los Travelling Wilburys, junto a Dylan, Roy Orbison y George Harrison.

Volveremos una y otra vez a sus canciones, hitos de un acervo emotivo pero estoico. En ellas desveló la difícil relación con mujeres atractivas pero imprevisibles o la mística del perdedor que metaboliza sus derrotas. Contra el destino debe usarse la perseverancia, la lucha por hacer cada vivencia real, lo sugerían sus mejores letras. Maldita sea, ya nunca le veremos por aquí.

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