Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

Tres colores

Notodo Notodo 11/03/2016 David Saavedra
Imagen principal del artículo "Tres colores" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Tres colores"

La carrera de Kieslowski finalizaba aquí, la de Tarantino comenzaba a despegar hacia la estratosfera. Por todo ello, aquel me parece el momento más fascinante del cine de los 90. Momentos después, el director polaco llegaba a contar incluso con el refrendo de Hollywood, al obtener tres nominaciones a los Oscar. El 13 de marzo de 1996, fallecía tras haber anunciado que dejaba el cine, justo en la cima de su popularidad y después de haber entregado su mejor película.


¿Quién fue Krzystof Kieslowski?
Uno de los más sugerentes, imaginativos y desconcertantes cineastas de finales del siglo XX. Aunque poseía una larga trayectoria en el audiovisual polaco desde los 60, comenzó a ser conocido fuera de sus fronteras a partir de El decálogo (1988-89), inicialmente concebida como serie de televisión, con cada uno de sus capítulos dedicado a uno de los diez mandamientos (en España se llegó a pasar por la 2). Tras el deslumbrante islote intermedio que fue La doble vida de Verónica (1991), el director decidió volver al concepto serializado con su trilogía definitiva, que se iría estrenando en cines por separado entre 1993 y 1994, y en la que también jugaron un importante papel el guionista Krzystof Piesewicz y el compositor Zbigniew Preisner.

El hilo aglutinador eran los tres colores de la bandera francesa como representaciones, al mismo tiempo, de los ideales de la revolución: libertad, igualdad y fraternidad. Pero, al igual que sucediese con El decálogo, su forma de utilizar esos conceptos a modo de parábolas era mucho más enigmática que obvia. Más literal, en este caso, eran los ejes cromáticos, con cada uno de los colores dominando los fotogramas de su respectivo capítulo. Había otras claves que, a modo de juego, se repetían en cada parte de la trilogía: los cameos de los protagonistas de las otras películas en cada una, las ancianas intentando introducir una botella en el contenedor de vidrio, la lágrima de despedida o, cosa descubierta a posteriori, la subversión de géneros cinematográficos (anti-tragedia, anti-comedia y anti-romance, respectivamente).


La serie arranca con Azul de un modo brutal. Una mujer, Julie (Juliette Binoche) pierde a su esposo e hija en un accidente de tráfico. Tendrá que aprender a vivir su nueva vida después de la tragedia, libre de sus antiguas ataduras familiares también. En ella cobra un especial protagonismo la existencia de una sinfonía por la unidad de Europa que había compuesto su difunto marido, y ese carácter sinfónico permea sobre una cinta fundamentalmente sensual, más cercana a la idea de experiencia cinematográfica que a la narrativa convencional, y muy centrada en el rostro de una Binoche sublime.


En Blanco, el protagonista es Karol (Zbigniew Zamachowski), un peluquero polaco en París a quien su esposa, Dominique (Julie Delpy) abandona de modo cruel y humillante. Despojado de su nacionalidad, Karol regresa a su país de origen para luego volver a Francia convertido en un nuevo capitalista del Este y dispuesto a vengarse de su ex, a quien todavía ama con locura. La igualdad aquí podría representar, tal vez, la facultad de cada amante de hacer daño al otro, muy en plan Lunas de hiel. Se trata de la película más floja de las tres, la menos refinada, incluso algo burda en su cruce entre cine de la crueldad, comedia negra y análisis sociopolítico de un mundo en transformación.


Rojo, en cambio, es la mejor y más enigmática de la trilogía. Establece la extraña relación entre una joven estudiante y modelo, Valentine (Iréne Jacob) y un juez retirado, Joseph (Jean-Louis Trintignant). Con una extraña trama alrededor de un perro perdido y espionaje telefónico, la película plantea la desigualdad -de edad, género, clase social, modo de vida y mentalidad- entre los dos personajes principales y, pese a ello, su conexión y camaradería, en un desasosegante limbo entre la amistad y el amor imposible.


¿Qué tal ha envejecido Tres colores en estos 20 años?
Pues la verdad es que bastante bien. Quizá donde más haya caducado es en la aparente inocencia expresada en esos ideales de la ilustración y en la esperanza entonces puesta en una nueva Europa tras la caída del telón de acero (completamente defraudada, como se puede comprobar estos días con la crisis de los refugiados, las políticas de austeridad, el rebrote de la extrema derecha xenófoba y tantos otros aspectos). Pero ni siquiera estoy seguro de eso, pues en Blanco –escrita, por cierto, en la época de la Polonia comunista- ya se dejaban entrever algunos de los problemas que surgirían después, al igual que Rojo anticipa la pérdida de la intimidad y el estado de vigilancia permanente que reina en la sociedad actual.

Otro de los aspectos que hicieron de Kieslowki un cineasta sumamente moderno era su estilo narrativo, que nunca subestimaba la inteligencia del espectador: planteaba un bombardeo de sensaciones con el que dejaba vía libre a que cada uno juntase su línea de puntos, construyese sus claves e imaginase un discurso sin por ello resultar pedante, tedioso o relamido. Además, en su obra subyacen una complejidad moral, una sutileza y una elegancia encomiables. A veinte años de la muerte de Kieslowski, el reestreno en cines de su trilogía final restaurada es una buena oportunidad de reencontrarse con un autor imprescindible para entender el cine contemporáneo.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de Notodo

image beaconimage beaconimage beacon