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Trump vs China, la guerra comercial que amenaza a las grandes tecnológicas

El Confidencial El Confidencial 19/11/2016 Zigor Aldama. Shanghái

Hay un vídeo en el que se refleja a la perfección una de las grandes obsesiones de Donald Trump. No, no es ni México ni Hillary Clinton, sino el país al que el presidente electo de Estados Unidos quiere declararle una guerra comercial: China.

En los tres minutos que dura esta sátira, de la que existen ya hasta remixes musicales, el republicano repite más de cien veces el nombre del país comunista, al que ha acusado de una retahíla de tropelías económicas que van del clásico popular ‘nos dejan sin trabajo’ al más técnico ‘manipulan su moneda’. Por eso, durante la interminable campaña electoral ha prometido contraatacar con la imposición de elevados aranceles a los productos chinos, una estrategia que, asegura, servirá para recuperar parte de la industria que se deslocalizó al gigante asiático.

No obstante, al otro lado del Océano Pacífico no parecen tener demasiado miedo. De hecho, hace unos días el diario Global Times ya advirtió que una guerra de ese tipo tendría también graves consecuencias en las grandes corporaciones estadounidenses, sobre todo en las tecnológicas. Y puso un ejemplo: al iPhone se le podría acabar el chollo en el mayor mercado de ‘smartphones’ del planeta.

Pero ¿quién saldría perdiendo realmente en una batalla proteccionista entre las dos superpotencias mundiales? No es sencillo dar una respuesta, pero, en cualquier caso, antes hay que analizar diferentes variables. En primer lugar está el comercio bilateral entre ambos países.

Según las estadísticas oficiales de Estados Unidos, parece claro que es China la que tiene más que perder, porque en 2015 la balanza estaba muy escorada hacia Oriente: el país de Trump importó de China bienes por valor de 483.000 millones de dólares, mientras que sólo exportó 116.000 millones. A escala: por cada dólar que vende a China, compra cuatro. Y entre enero y septiembre de este año la situación no ha cambiado: Estados Unidos ha importado de China 257.000 millones de dólares más de lo que le ha exportado. Es, sin duda, un déficit preocupante que también caracteriza el comercio bilateral con la Unión Europea.

Pero esa cifra tiene truco. Porque las exportaciones chinas hacia América no son exclusivamente de productos que llevan logotipos chinos. También se incluyen los que fabrican empresas estadounidenses en China. De hecho, más de la mitad pertenecen a esa categoría o son componentes que empresas americanas requieren para su producción local. Así, por ejemplo, Apple importa de China los iPhones que fabrica en Foxconn y vende por todo el mundo, y el importe que paga por ellos se suma a la cuantía de las importaciones chinas en Estados Unidos. Pero, curiosamente, en esos terminales que ensambla el gigante taiwanés también hay piezas que sí se han fabricado en otros países, incluida Norteamérica.

Es sólo una muestra de cómo las cadenas de suministros se han globalizado tanto que las cifras del comercio bilateral ya no son capaces de dibujar un escenario preciso de la relación entre dos estados. Y, si se tiene en cuenta que entre las exportaciones de China también se encuentran multitud de aparatos de marcas japonesas o surcoreanas, países aliados de Estados Unidos, el asunto se lía todavía más.

EEUU perdería más que China

En cualquier caso, hay un dato que demuestra cómo China es cada vez un mercado más importante para el país que dirigirá Trump: las exportaciones estadounidenses hacia el país de Mao se han triplicado desde 2005 (han pasado de 41.192 millones de dólares a 116.071 millones). Y ahí sí que no hay trampa ni cartón, porque muy pocas empresas chinas fabrican en Estados Unidos.

El Gran Dragón compra como loco iPhones (que, a pesar de estar hechos en China dejan los beneficios en California), aviones Boeing, automóviles de General Motors, zapatillas Nike (además en supermercados Wal-Mart), y sistemas avanzados de compañías tan diversas como General Electric o Honeywell. Por si fuese poco, los chinos se han hecho adictos al café del Starbucks. Esa última empresa, por ejemplo, abre 500 nuevos establecimientos al año en la segunda potencia mundial, donde espera gestionar 3.400 a finales de 2019.

Así que, en el caso de que Donald Trump decida materializar su amenaza e imponer aranceles de hasta el 45% sobre los productos chinos, el impacto podría ser mayor para la economía estadounidense que para la china. En primer lugar porque Pekín ya ha anunciado que no se quedaría de brazos cruzados, y que pagaría a Washington con la misma moneda en justa reciprocidad.

Es más, teniendo en cuenta el peculiar sistema económico del ‘socialismo con características chinas’ que rige el país más poblado del planeta, el Partido Comunista podría ir más allá y golpear a las empresas americanas con trabas que en una economía de mercado puramente capitalista sería impensable adoptar.

Las tecnológicas chinas ganan, Apple pierde

Seguramente, las empresas tecnológicas serían las peor paradas en este escenario. Y la razón es fácil de entender: hay magníficas alternativas chinas con prestaciones similares a precio muy inferior. De hecho, si ya estas ya están ganando terreno ahora, se verían todavía más beneficiadas con un hipotético aumento del precio de sus homólogas estadounidenses.

En el extremo opuesto, si tomamos como ejemplo el sector de los ‘smartphones’, vemos que la penetración de las marcas chinas en Estados Unidos todavía es testimonial, porque han comenzado su proceso de internacionalización en los países menos desarrollados. Apple, sin embargo, cada vez depende más de China, que se ha convertido en su segundo mayor mercado. Allí vende productos por valor de 53.000 millones de euros, casi el 20% del total.

No es solo la mano de obra

Además, cabe hacerse una pregunta clave. ¿Lograría Estados Unidos recuperar la producción industrial de antaño? En caso de que lo consiguiera, algo que muchos analistas dudan, sería sólo al final de un largo proceso cuyo éxito a largo plazo es muy dudoso. “La gente cree que el único problema es la mano de obra, y que las empresas siempre van en busca de países en los que sea más barata. Puede ser cierto en el caso de la industria intensiva de bajo valor añadido, aunque lo que realmente importa es su productividad. En las manufacturas de alto valor añadido, sin embargo, hay muchos otros factores que se tienen en cuenta: la calidad de las infraestructuras, que en China son excelentes, la existencia de un extenso tejido de industria auxiliar, existente en China pero cada vez menos en Estados Unidos o en Europa, y un mercado interno apetecible”, explica un empresario vasco del sector de automoción que está afincado en Shanghái y que prefiere mantenerse en el anonimato.

Por si fuese poco, en el caso de que -volvamos al mismo ejemplo- Apple decidiese fabricar en Estados Unidos, tendría que evitar por completo los componentes chinos para evitar los aranceles de Trump, que terminarían por encarecer enormemente los productos para el consumidor americano y, por ende, amenazarían con disparar la inflación. El diario 'Wall Street Journal' va más allá y considera posible incluso una recesión económica en esa coyuntura. Por si fuese poco, China controla casi el total de la extracción de tierras raras, imprescindibles en la fabricación de tecnología. Restricciones a su exportación podrían suponer una tragedia para las multinacionales americanas del sector.

“Si ahora tenemos ropa barata, móviles baratos, y muchos otros aparatos a un precio asequible es porque la mayoría se fabrican en China”, sentencia el empresario. “Además, aunque una guerra comercial también tendría un gran impacto en China, no sería el que podría haber tenido hace una década”. Porque el Gobierno ha sabido ir dándole un vuelco a su motor económico. El objetivo es conseguir que la inversión extranjera y las exportaciones, los motores del milagro que ha sacado a más de 400 millones de chinos de la pobreza desde 1980, dejen paso al consumo interno y a la innovación en el liderazgo de la economía nacional.

De 'Hecho en China' a 'Creado en China'

Eso supone, por un lado, aprovechar la fortaleza que ofrece el aumento de la capacidad adquisitiva de la población, y, por el otro lado, dar rienda suelta al talento que se ha ido creando en las últimas dos décadas, sobre todo entre los jóvenes que se han formado fuera. Así, la época del ‘Hecho in China’ cederá a la del ‘Creado en China’. De momento, las exportaciones ya llevan contrayéndose siete meses consecutivos, mientras que las inversiones en ciencia e I+D se multiplican y el sector servicios genera la mayor parte del PIB.

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Por otro lado, China ya invierte en el extranjero más de lo que recibe del mundo, un vuelco que ha dado como resultado importantes adquisiciones como la de IBM por parte de Lenovo, la de Volvo a manos de Geely, y pronto, si nadie lo impide, la del fabricante suizo de pesticidas y de semillas Syngenta podría ser comprado por la Corporación Química Nacional de China. Aunque cueste modificar el imaginario colectivo occidental, China ya no es el país del ‘todo a cien’, sino una potencia en innovación cuya influencia global va a continuar creciendo.

Finalmente, es posible que la promesa de introducir los brutales aranceles haya sido sólo otra de las bravuconadas de Donald Trump. Porque el presidente de los Estados Unidos únicamente tiene potestad para gravar, de forma unilateral, todos los productos de un país concreto con aranceles de hasta el 15% y durante un máximo de 150 días. Podría sumar algo más si ataca a productos concretos. Pero sería imposible justificar un 45% frente a la Organización Mundial del Comercio, en la que China y Estados Unidos ya se pelearon por las tasas del 35% que Obama fijó para las ruedas del gigante asiático. Desde entonces, el dirigente aparcó esa estrategia.

Ah, y luego conviene recordar que China es el país que más deuda americana tiene en sus manos. Por comentarlo, nada más.

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