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Trump y Rajoy, en la Casa Blanca

Logotipo de El Mundo El Mundo 26/09/2017 PABLO PARDO

Por un lado, el presidente que dijo que "podría pegarle un tiro a cualquiera en medio de la Quinta Avenida y no perdería ni un votante". Por otro, el que declaró que "si hay una agencia o alguien que dice que este fin de semana vamos a pedir el rescate como dicen ellos, caben dos posibilidades, que esa agencia tenga razón y mejor información que yo, lo cual es muy posible, o que no sea así, lo cual pues a lo mejor también es posible o no, que más da".

El primero, de Queens, ha tenido sus mayores éxitos empresariales, como recordó el domingo su compañero de partido (y enemigo) John McCain "con Miss América y en televisión"; el segundo, de Santiago de Compostela, es registrador de la propiedad.

Son Donald Trump y Mariano Rajoy. Dos personalidades que teóricamente no podrían ser más opuestas, y que comen hoy en la Casa Blanca. El estadounidense es un bocazas al que le encanta estar bajo los focos, como revela el hecho de que aproveche cada visita de un dignatario extranjero para celebrar una rueda de prensa que tiende a acabar como un combate de boxeo entre él y la prensa. El español tiene fama de que no soporta a, precisamente, los bocazas, le gusta practicar la ironía, y tiende a la cólera fría.

Dos personalidades muy diferentes, si no opuestas, que van a verse en un encuentro del que teóricamente no se espera que salga nada espectacular, siempre y cuando el primero, que tiende a madrugar, no agarre el teléfono móvil y se ponga a tuitear sobre España. O sobre la tensión política en Cataluña.

En principio, parece poco probable. Trump es un maestro en el arte de crear su propia agenda informativa, y para el estadounidense medio España es fundamentalmente un sitio en el que lo toros corren por la calle y hay una fiesta en la que la gente se tira tomates.

En este momento la agenda informativa de la primera potencia mundial está marcada por la decisión de Donald Trump de llamar "hombre bala" ("rocket man"), al dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un, y, sobre todo, por calificar de "hijos de perra" el viernes a los jugadores de futbol que no se levantan cuando oyen el himno nacional.

Fue un ataque perfecto con el que el presidente ha logrado distraer la atención del hecho de que está prestando su apoyo a Luther Strange, el candidato que va a perder las Primarias republicanas a un escaño del Senado por Alabama. El vencedor de los comicios parece que va a ser Roy Moore, que fue destituido de su cargo de juez en 2003 por meter de noche y sin permiso una piedra de 2.500 kilos con los Diez Mandamientos en su juzgado, y que ayer

sacó una pistola en un mitin

.

Los que lamentan el estado del debate público en España no tienen más que irse a la madre de todas las democracias para enterarse de lo que vale un peine.

Porque, además del error de apoyar a Strange, la bronca del himno tapa otros problemas de la agenda política de Trump, entre ellos: que Puerto Rico va a estar sin electricidad durante semanas o meses por un huracán; que varios de sus ex asesores apoyan a Moore; que el tercer y definitivo intento de acabar con la reforma sanitaria de Obama duerme el sueño de los justos desde ayer en el Senado; y que la hija y el yerno del presidente usaron emails privados para actividades gubernamentales, justo lo mismo que le costó la presidencia a Hillary Clinton.

Esto, sin embargo, no quiere decir que la reunión no sea importante. Pero a nivel de alta política. España es un aliado sólido de EEUU. Más de 100.000 estadounidenses trabajan para empresas españolas, y, a un nivel estratégico, es clave para Washington por su cercanía al Magreb y al Sahara, el territorio y las bases españolas son de una importancia crítica para Washington. Es, además, un país que pide poco por las bases. Literalmente, un buen aliado.

Pero España también tiene cosas que desagradan a Trump. La más obvia, que gasta poco en defensa. Así que la reunión entre el secretario de Defensa de EEUU - el muy influyente general retirado James Mattis - y la ministra española María Dolores de Cospedal, el fin de semana, tuvo mucho sentido. Cospedal insistió en el papel que España está jugando en "la política que se está llevando desde Europa de impulsar la Europea de la defensa integrada con toda la política OTAN". Trump y Rajoy tienen, no obstante, puntos en común en Corea del Norte y en Venezuela. Aunque también hay diferencias ideológicas de peso, la más notable en materia económica: el estadounidense no cree en el libre comercio; el español, sí. Pero, en general, el equipo de Trump tiene en gran estima al Gobierno español (como también lo tenía el de Hillary Clinton, y el de Obama).

Otra cosa es, claro está, la fecha, a falta de cinco días para el 1-O.

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Eso es algo en lo que España ha tenido poco que decir. La invitación la cursó Washington, y Madrid no trató de cambiar la fecha. Así que el fantasma del 1-O va a planear por encima de la Casa Blanca hoy. Lo ideal para España sería que Trump hiciera una declaración al estilo de la de Obama con el Rey Felipe VI hace justo dos años, cuando el presidente de EEUU mostró el apoyo de su país a una España unida, de manera inequívoca, pero escueta.

Trump podría hacer algo parecido. Además, en ese tipo de cuestiones, el jefe del Estado y del Gobierno de EEUU suele atenerse al guion. No parece que vaya a personalizar su apoyo a España en Rajoy, o a salir con ninguna de sus parrafadas. El que quiera morbo, que espere a que hable de fútbol, y de cómo sus estrellas no se cuadran ante el himno.

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