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Un ático de lujo para el cardenal Bertone

EL PAÍS EL PAÍS 21/04/2014 Pablo Ordaz

En la guerra de poderes que sacudió al Vaticano en los meses precedentes a la renuncia de Joseph Ratzinger, retransmitida gracias a la filtración de su correspondencia privada, los papeles quedaron —hasta donde se sabe— muy bien repartidos. A Benedicto XVI, L’Osservatore Romanole adjudicó el de “pastor rodeado por lobos”, un Papa tímido cuyo único golpe en la mesa fue el de su dimisión. Hubo un ladrón con pinta de cabeza de turco –Paolo Gabriele, el fiel ayudante de cámara— y un banquero honesto al que, ante la dificultad de un papel por lo general tan contradictorio, tomaron por loco y despidieron —Ettore Gotti Tedeschi—. También se recuerda un buen plantel de secundarios de lujo –elegantes prelados que iban y venían con maletines misteriosos y mandaban cartas advirtiendo de un supuesto atentado contra el Papa— y, sobre todo, el papel estelar de malo, que bordó el entonces secretario de Estado, el todopoderoso cardenal Tarcisio Bertone.

La providencial llegada de Jorge Mario Bergoglio al Vaticano calmó de inmediato las aguas. El asunto de las guerras vaticanas se olvidó como un mal sueño y los protagonistas desaparecieron del escenario con tanta discreción que parecían no haber existido jamás. Sin perder la sonrisa —al menos en público—, Francisco jubiló de sus funciones a Bertone, quien desde entonces había permanecido al margen de los focos. Hasta ahora. La prensa italiana informa de que el cardenal se está construyendo un ático de casi 700 metros cuadrados en el palacio San Carlos, un edificio del Vaticano situado justo al lado de la residencia de Santa Marta, donde el papa Francisco ocupa una habitación doble que en total no supera los 70 metros cuadrados. Se asegura además que Bergoglio —“cuánto desearía una Iglesia pobre y para los pobres”— está rojo de “ira” por el “mega-ático” del súpercardenal. Hasta el momento, la Santa Sede no ha dado su versión, debido tal vez a que en Italia se celebró ayer el lunes del Ángel o “pasquetta” y hay pocas cosas más sagradas que ese día de tradicional descanso en familia.

El ático de Bertone, que al parecer está ya casi terminado, sería el resultado de unir dos apartamentos espaciosos, el que ocupó durante más de dos décadas Camilo Cibin, jefe de la Gendarmería vaticana con Juan Pablo II, y el que perteneció al arzobispo Bruno Bertagna, un alto cargo de la Curia que falleció el pasado mes de octubre. Bien es verdad que Bertone no se mudará solo, sino en compañía de las tres monjas que lo asisten desde que, en 2006, Benedicto XVI lo nombrara secretario de Estado. En cualquier caso, y hasta que Francisco no empezó a lanzar –predicando con el ejemplo— sus repetidos mensajes de austeridad y sencillez, en la Santa Sede se veía con absoluta normalidad que los cardenales dispusieran de grandes apartamentos, dentro o fuera de los muros de la ciudad del Vaticano, y una vida de lujo que incluye coches oficiales, secretarios y religiosas para las tareas domésticas. Pero ahora, al menos sobre el papel, el guion ha cambiado. De hecho, el Jueves Santo, Jorge Mario Bergoglio se dirigió a los sacerdotes en la basílica de San Pedro para advertirles de que no deben ser “untuosos, suntuosos ni presuntuosos”. Tal vez Bertone no lo escuchó con el ruido de las obras.

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