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Un chip dentro del ojo: por qué es un reto tecnológico que los ciegos vean

El Confidencial El Confidencial 13/09/2016 Sergio Ferrer

© Proporcionado por El Confidencial
El año que viene se cumplirán seis décadas de la instalación del primer implante coclear, que estimula mediante señales eléctricas el nervio auditivo de las persona sordas para devolverles la audición. ¿Podría un sistema similar ayudar a que los ciegos vean? Investigadores de todo el mundo llevan trabajando en ello desde los años 90, pero su dificultad ha provocado que, veinticinco años después, los chips de visión artificial sólo sean un tratamiendo experimental y poco extendido. Ahora, un equipo del Instituto de Microcirugía Ocular (IMO) de Barcelona probará un nuevo sistema destinado a popularizar esta prometedora tecnología.

El camino no será sencillo. "El ojo es muy complejo a la hora de hacer una estimulación eléctrica como en la cóclea", explica a Teknautas el oftalmólogo del IMO que participa en el proyecto, Borja Corcóstegui. La nueva tecnología, denominada Iris 2, ha sido desarrollada por la empresa francesa Pixium Vision. Sus principales novedades son el método de anclaje al ojo, que facilita la intervención y evita desprendimientos de retina, y la posibilidad de cambiar el chip en caso de avería.

La instalación no es sencilla, ya que hay que colocar el implante dentro del ojo, una operación "muy complicada" según Corcóstegui. El sistema consiste en una "cámara" que captura las imágenes y las lleva a un procesador, que a su vez transmite por infrarrojos o Bluetooth a un dispositivo fuera del ojo, encargado de estimular la retina. El resultado: los pacientes pueden ver "bultos" y distinguir objetos, una mejora de vital importancia para alguien que no puede ver.

Susceptible de averiarse

Si la intervención quirúrgica y el funcionamiento de la tecnología son complicados, su diseño no resulta menos problemático. El ojo es en cierta medida un contenedor lleno de agua, así que el chip debe funcionar en un ambiente líquido: "Los plásticos y las siliconas se pueden dañar con el tiempo y que la máquina deje de funcionar". Según Corcóstegui estos dispositivos deberían durar al menos una década, y que sean reemplazables facilita su cambio en caso de fallo.

Es por ese motivo que, con el paso del tiempo, los pacientes implantados hasta ahora "vuelven a no ver nada". Según Corcóstegui el problema es que hasta ahora no hay muchos datos a largo plazo, por lo que su objetivo es ver la evolución al cabo de 8 meses, 16 meses, 2 años y hasta 3 años. "Es un estudio de seguimiento para ver el valor que tiene esta tecnología y si puede tener un uso real". 

Es aquí donde entra en juego el IMO que, junto a centros de otros cuatro países, implantarán el nuevo Iris 2 en varios pacientes antes de que acabe el año. "Instalárselo a un señor y aparecer en el periódico es más fácil que hacer un estudio, que cuesta mucho dinero y dolores de cabeza". La nueva tecnología cuenta con 150 electrodos en lugar de los 60 habituales, en un intento por alargar su esperanza de vida, así el dispositivo puede seguir funcionando "aunque algunos fallen".

El siguiente paso, si el estudio es un éxito, será hacer la tecnología inanalámbrica, algo en lo que los ingenieros ya trabajan: "Creo que el Iris 2 va a funcionar y mejor, pero cuando sea sin cables ya será la bomba final". Según Corcóstegui es probable que haya un límite para esta microtecnología, pero todavía no se ha alcanzado.

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