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Un día perfecto para el espectador plátano

Logotipo de El Mundo El Mundo 29/09/2017 LUIS MARTÍNEZ

Hay días que no caben en un tuit. Hay días que cuesta dejarlos marchar. Hay días que deberían durar un poco más. De hecho, a poco que se reflexione, acaban por salirse con la suya. Es lo que tiene la memoria, que sopla donde quiere. Uno de los mejores festivales de San Sebastián que han visto los tiempos recientes (me refiero a la calidad de las películas vistas. ¿A qué sino?), se despidió con todos los honores. Como debía ser. La sección a competición ofreció el viernes dos ejercicios de cine incuestionables. Desde mundo completamente distintos, pero irrebatibles. Tanto la calculada reflexión sobre el cine que, de la mano del mito anciano y abrazable de Jean-Pierre Léaud, ofrece el japonés Nobuhiro Suwa en The lion sleeps tonight, como la electrizante y despiadada lectura del final de la guerra de The captain, del alemán Robert Schwentke, son películas destinadas a marcar, además del año, la misma retina.

Pero las sorpresas no acabaron ahí. Borja Cobeaga respondió a la expectación suscitada por Fe de etarras, con guión de él mismo y Diego San José, con una tragedia en forma de comedia tan delirante y divertida como finalmente desesperada. No podía ser de otro modo. Beckett no lo habría hecho ni mejor ni más negro. A su lado, La peste, de Alberto Rodríguez, irrumpió en la sección oficial (por primera vez una serie se atrevía a tanto) con los modales de un gigante, de un acontecimiento histórico y tremendo. Estamos ante una serie de época con alma de thriller ambientada en la Sevilla del siglo XVI, pero lo que cuenta es el veneno imperecedero de lo eterno. La plaga de entonces, no lo duden, es exactamente la de ahora. Y no es tanto metáfora como retrato nítido de los que somos.

Y aquí nos paramos, tomamos aliento y por un momento nos vemos en la piel de ese pez plátano (o banana) que imaginara Salinger. El pobre animal devoraba con tanta ansia los plátanos que encontraba cada vez que caía en un pozo lleno de bananas (hasta 78 era capaz de comer) que no encontraba luego la manera de salir. De puro gordo. Pues con días así, lo mismo. Dan ganas de quedarse a vivir en ellos. Seguimos.

LA GUERRA COMO NUNCA ANTES

The captain, por empezar por lo más sorprendente, aterrizó en el espacio dedicado al cine de autor de la mano de alguien al que jamás se le habría sospechado ni semejantes veleidades ni afición alguna por el violín. Schwentke es un alemán más de violón al que le pertenece una filmografía entre comercial y alarmante. Dos de las entregas de Divergente son suyas para hacerse una idea. Pues fuera prejuicios, The captain es sencillamente lo más brutal, enérgico, provocador e inestable, todo en el mejor sentido, que se ha visto en San Sebastián.

Estamos al final de la Segunda Guerra Mundial y un soldado raso encuentra el uniforme de un capitán. Lo que sigue es un viaje desalmado, inmoral dentro de la fiera inmoralidad, al fondo de una barbarie infinita. Él se encargará de parar los pies a los desertores de su propio ejército y lo hará desde el estupor de la supervivencia al salvajismo de la irracionalidad. De repente, el género bélico encuentra una nueva lectura directamente en carne viva. Más que tocar el violín, Schwentke lo hace estallar. Rodada en un acerado blanco y negro, la cinta consigue navegar entre la memoria del horror y la pesadilla de la guerra con una rara contundencia casi animal. Irrenunciable.

CINE QUE DEVORA CINE

© Proporcionado por elmundo.es

The lion sleeps tonight es otra cosa. Es sencillamente lo opuesto. Nobuhiro Suwa, veterano de los cenáculos (sea esto lo que sea) de Cannes y el nombre más arty de cuantos figuraban en el programa de este año, quiere reflexionar sobre asuntos tales como la inocencia quizá perdida del cine. Suena lírico y, en efecto, lo es. Dice el personaje de Jean-Pierre Léaud (un actor viejo, cansado y muy enamorado) que como intérprete ha muerto tantas veces en cada uno de sus papeles que no sabe ya, en realidad, cómo morir.

Y en efecto, la cinta busca con una precisión cerca del milagro el momento apenas perceptible en el que la imagen vive en su más radical naturalidad, en su más ensordecedora belleza. Suwa relata el trabajo de un grupo de niños que juega a filmar una película de terror de la que nuestro héroe es protagonista y hasta fantasma. Y es ahí, en ese juego de espejos de cine que devora cine, donde el director compone algo mucho más que un simple homenaje al cine, que una simple reflexión metalingüística. Lo que importa es el resplandor apenas perceptible de un instante de verdad y, así de triste, de muerte. Y aparece un león. Moribundo. Tal cual. No diga bella, repita conmigo: bellísima.

ETA Y GODOT

Fe de etarras, por seguir con esta indigestión de peces plátano, es lo contrario a lo que podría suponerse. Sí, es comedia, pero duele. Sí, gran parte de su humor bebe de la ligereza de Vaya semanita, pero todo pesa más. A un lado polémicas y gentes ofendidas, la idea no es tanto hablar de ETA (que también) como de lo otro; de ese espacio necesariamente oscuro en el que el patriotismo, las banderas, el sentimiento y los pisos francos derivan en algo básicamente ridículo. Además de brutal y despiadado.

La película coloca a un comando de la banda terrorista delante del televisor en el que discurre el Mundial de fútbol que ganó España (el de "Yo soy españoooool"). Esperan la llamada para pasar a la acción. Y así hasta que un buen día entre discusiones sobre si uno de Albacete puede ser gudari o los límites fronterizos y sanguíneos de la cantera del Athletic, descubren el jamón serrano. Todo es gracioso, muy gracioso, pero, a poco que se ponga el oído en la música de fondo, todo terrible. En efecto,si se presta atención se acierta a escuchar perfectamente el vacío. Y ése, además de algunos golpes antológicos, es el acierto de esta nueva versión de Esperando a Godot muy cerca de (creo que esto ya lo hemos dicho) la obra maestra. Reírse con un pie en al abismo, como dice el guionista, ayuda a apreciar exactamente el absurdo de determinados paseos. De la vida quizá. Y así.

LA TELE COMO NUNCA ANTES

Y por último (es decir, nuestra banana número 78 del día) La peste. De la serie, eso es, firmada por Alberto Rodríguez sólo se pudieron ver dos capítulos; dos entregas que retratan un universo en crisis. La Sevilla del XVI como el Nueva York del siglo XXI. Allí se ventila el futuro del mundo gracias al comercio con el Nuevo Mundo. De repente, una plaga recorre la vida de sus habitantes. Se trata de una enfermedad que se confunde con la codicia, la falta de escrúpulos y el desprecio por todo lo humano. Estamos ante una dolencia en realidad necesariamente sin tiempo. Es entonces, en pleno siglo dorado, pero podría ser ahora. No lo duden.

Más allá de sus valores de producción (10 millones de euros dedicados a la cuidadosa reconstrucción de la misma vida); más allá de su carácter histórico (nunca la tele española había querido tanto y de forma tan brillante); más allá del detalle nada desdeñable de que por primera vez se va a poder ver una serie española sin necesidad de bajar el brillo del televisor; más allá de todo, decíamos, lo que importa es la habilidad del director para, atentos, hacer sencillamente cine. Es cine.

De nuevo, Rodríguez se las ingenia para poner las herramientas del género al servicio de un relato cerca de los precipicios. Si en Grupo 7 era la España del 92; en La isla mínima, la de la Transición, y en El hombre de las mil caras, la de la democracia incipiente; ahora, la Sevilla de su mayor esplendor es utilizada como escenario de un drama universal que habla de asuntos necesariamente universales. Y aquí, el poder, la miseria y, con Camus, la nada de todo esto. Es así.

Y claro, visto todo esto, no hay forma de salir del pozo. Un día perfecto para el espectador plátano.

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