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Un disfraz para la rutina

EL PAÍS EL PAÍS 07/06/2014 Clara Morales Fernández

Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) se resistió al principio. La idea de escribir un cuento infantil no le seducía demasiado: “Nunca me he planteado hacer literatura para nadie en particular. Se me ocurren historias y si salen infantiles bien, y si salen adultas también”. Pero la capacidad de persuasión de Arturo Pérez-Reverte, coordinador de la colección Mi primer…, editada por Alfaguara desde 2010, acabó haciendo efecto. El autor de Sin noticias de Gurb o El asombroso viaje de Pomponio Flato ideó El camino del cole, un título para niños con el humor y el absurdo de sus novelas para adultos.

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  • Un debut infantil para los grandes
  • Mirar al pasado con ojos de niño
  • Fonchito se hace pequeño
  • Héroes griegos en miniatura

La narración del paseo de Inés entre su casa y la escuela, un “aprendizaje de la rutina” que debe adornar con su imaginación para no aburrirse, se distribuye mañana con EL PAÍS por 6,95 euros. El cuarto libro del conjunto, todos los sábados con el diario hasta el 6 de julio, llega tras los títulos de Mario Vargas Llosa, el propio Reverte y Javier Marías, y precede a los creados por Almudena Grandes, Juan Marsé, Luis Mateo Díez y Enrique Vila-Matas.

Como el escritor catalán no tiene pequeños a mano para estudiar sus gustos (“he cumplido con la naturaleza; que a los niños los aguanten sus padres y sus maestros”), echó la vista a atrás hasta encontrar un recuerdo de infancia que sirviera de germen a la historia. Fue el camino de casa al colegio, algo “sumamente aburrido, las mismas tiendas, los mismos edificios…”. Mendoza lo ve como el primer contacto con la rutina que se esconde detrás de la libertad. “En parte uno se siente liberado de la compañía de ir de la mano, pero uno descubre que al final es un rollo. Porque tampoco pasa nada. Que es la historia de la vida en general”. Así que, piensa, le ha acabado saliendo una historia “para adultos” por mucho que sea una niña quien transforma su barrio asignando roles a cada vecino (la panadera en un cantante rock, un repartidor es un fotógrafo alienígena) para animar un poco la cosa.

Mendoza no se plantea su trabajo como una forma de atrapar al lector desde niño: “La literatura está ahí, me parece algo demasiado importante para que sea sujeto de fomento. Es una palabra que me da algo de alergia. Recetar literatura como un complemento vitamínico no me parece una buena idea”. Por eso, asegura, el libro le da algo de “vergüenza”: “Si algún niño me lo trae para firmarlo me dan ganas de mandarle a leer otro mejor”, bromea. Pero cuando se le nombran sus propias lecturas, Mendoza abandona el sarcasmo para chapotear levemente en la nostalgia. “Recuerdo unos libros ilustrados muy bonitos, y descubrir en ellos una forma de conectarme a un mundo más amplio que las cuatro paredes de mi casa”. A un mundo más amplio que las cuatro calles de camino al cole.

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