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Un grito junto al pantano de Paula y Marc

Logotipo de El Mundo El Mundo 02/10/2017 MANEL LOUREIRO

Mañana del 24 de agosto, en Cabrils (Barcelona).

Paula Mas y su novio, Marc Hernández,

están terminando de cargar sus petates en el coche del padre de ella, un Opel Zafira de color azul oscuro. Pese a la hora que es, ya empieza a hacer calor y el día se presume brillante. Ambos comparten una enorme pasión por la naturaleza, así que han decidido pasar unos cuantos días en las inmediaciones del pantano de Susqueda, un paraje idílico y poco poblado que rodea las casi 500 hectáreas de agua del embalse. En el coche llevan el kayak con el que pretenden navegar por las aguas verdosas y turbias del pantano. Un último saludo de despedida y por fin el Opel Zafira arranca, con los dos jóvenes en su interior.

El camino hasta el pantano desde Cabrils se hace largo y pesado, sobre todo en su tramo final. Marc, de 23 años, y Paula, de 21, llegan a Cellera de Ter a eso de las nueve y media de la mañana. Aparcan el coche y caminan de forma despreocupada hasta un cajero automático para sacar dinero. La cámara de seguridad de la entidad bancaria los graba mientras retiran 40 euros de la máquina. A ambos se los ve solos, tranquilos y relajados, como estaría cualquiera justo antes de empezar un par de días de asueto y desconexión. Esas imágenes son las últimas en las que aparece la pareja con vida.

Apenas un rato más tarde entraron en un restaurante cercano para comprar unas botellas de agua. Todos los testigos coinciden en que su comportamiento era normal, despreocupado y feliz. Pagaron las botellas, se subieron al Zafira y emprendieron el último tramo hasta el pantano. Esa fue la última vez que se los vio con vida.

Acompañemos a los dos muchachos en este tramo final del trayecto. En la parte trasera, una plancha de madera está extendida sobre los asientos abatidos, formando una especie de somier, donde pasar la noche a orillas del pantano. Su destino es una playa fluvial, un sitio recóndito y de gran belleza pero cuyo acceso es muy complicado. Para llegar hasta allí hay que recorrer una carretera sinuosa que al final se transforma en una pista de tierra bastante quebrada y difícil de transitar, tan compleja que en los últimos días una retroexcavadora ha tenido que trabajar a destajo con el fin de hacerla practicable para los vehículos de urgencias, más grandes y pesados que el Zafira, que en este momento avanza pegando botes por el sendero.

Aprovechando que casi se ha detenido para pasar un trozo difícil, nosotros nos quedamos aquí, mientras vemos cómo el coche se aleja lentamente, zigzagueando entre los baches y doblando la siguiente curva. Al cabo de un rato tan sólo oímos el rumor del motor y más tarde, el silencio. Un poco más adelante de este punto donde nos hemos bajado, el móvil de Paula perderá la señal. El de Marc lo hará un poco después. Quizás apagar los móviles formaba parte del plan de desconexión. O quizás alguien los apagó de forma expeditiva. Quién sabe. Para tratar de adivinar qué sucedió a continuación sólo podemos hacer conjeturas y tratar de juntar las piezas sueltas del rompecabezas.

Un bosque bastante denso nos rodea. Se intuye la presencia del pantano, a poca distancia, pero desde este lugar sólo se ve la pista de tierra, los baches y docenas de árboles y maleza rodeándonos en todas direcciones. Esta es una zona de caza mayor, con abundante presencia de jabalíes, lo que atrae tanto a cazadores con licencia como a multitud de furtivos. Además, por toda la región hay unas cuantas masías abandonadas, algunas de ellas reutilizadas por gente del movimiento okupa, que normalmente procura evitar el contacto con desconocidos. Todo ello hace de este lugar un sitio solitario y agreste, justo lo que los muchachos buscaban. Pero esa misma soledad se convirtió en su principal enemigo cuando algo sucedió. Algo terrible, sin duda, y que les costó la vida.

La noche del 24, los padres de Paula empezaron a inquietarse. Los jóvenes no daban señales de vida y sus teléfonos permanecían desconectados. La intranquilidad fue creciendo hasta que, por fin, decidieron dar aviso a las autoridades. La búsqueda comienza, pero la pareja parece haberse esfumado sin dejar rastro. Sin embargo, cuatro días más tarde, tropiezan con el Opel Zafira que nos ha traído hasta aquí, a siete metros de profundidad y en una zona bastante remota. El coche tiene las ventanillas abiertas, los asientos traseros aún están tumbados, tiene una marcha engranada y una piedra en su interior. Alguien lo ha arrojado al lago con la intención de hacerlo desaparecer (en esa zona el fondo está a más de 30 metros) pero en su rodar sin conductor bajo el agua el Opel se ha quedado enganchado de forma milagrosa en unas piedras. De no haber sido así, lo más probable es que jamás hubiese aparecido. Sin embargo, de Paula y Marc no hay ni rastro.

Las cosas se ponen más feas cuando, poco después, el kayak aparece a la deriva, rajado y con los tapones de los compartimentos estancos abiertos. Alguien (quizás la misma persona que arrojó el coche al agua, quizás otra persona) se ha ensañado a conciencia con el bote, hasta dejarlo destrozado. Los investigadores están cada vez más intrigados, pero una sensación ominosa se ha extendido entre ellos, mientras se temen lo peor.

Una mochila llena de piedras

Primero la encontraron a ella. El nivel del agua del pantano había bajado bastante durante los últimos días y su cuerpo apareció sobre un fondo de lodo que el descenso del agua había dejado a la vista. Estaba totalmente desnuda, cubierta de signos de violencia y algo que podría ser una herida mortal de un arma de fuego en la cabeza. La autopsia lo ha confirmado: Paula murió de un disparo.

A pocos metros de ella, al cabo de unas horas, apareció Marc. Él también estaba desnudo, con el tórax salpicado de heridas y golpes. Determinar si murió también de un disparo les está resultando más difícil a los investigadores. Eso sí, enredada en sus brazos estaba su mochila, con la ropa que llevaba puesta el día de su desaparición y unas pesadas piedras. Los investigadores creen que sus asesinos colocaron la mochila cargada de piedras a la espalda del muchacho antes de arrojarlo al embalse. Sin embargo, la putrefacción del cadáver y los gases hicieron que la bolsa se desprendiese y el cuerpo finalmente acabó flotando, incluso con el lastre. Sospechan que algo parecido pasó con Paula, sólo que, en su caso, su mochila aún sigue en algún punto del fondo del pantano.

Llegados aquí, las incógnitas se acumulan. Un ciudadano belga que vive en una caravana a poco más de un kilómetro del lugar afirma que el día de la desaparición, a eso del mediodía, oyó tres disparos casi consecutivos en la zona del pantano.

Luego oyó un grito (de angustia, según él) y un disparo más.

Sin embargo, hay batidas de caza periódicas en la zona, por lo que podría no tener relación con el caso, pero si fuese así, esta partida de cazadores debería haberse tropezado con Paula y Marc, o al menos con su coche, y nadie ha dicho una palabra hasta el momento. Por otra parte, los vecinos del lugar se quejan desde hace tiempo de la presencia de furtivos, tanto cazadores como pescadores, y de la celebración de misteriosas fiestas nocturnas en medio de los bosques de la zona.

© Proporcionado por elmundo.es

La principal teoría que manejan los investigadores es que Paula y Marc fueron testigos de algo que no deberían haber visto y pagaron con su vida por ello. ¿Estaban simplemente en el lugar menos indicado en el peor momento posible? Puede ser. ¿Los mataron porque fueron testigos de algo o fue por otro motivo que desconocemos? Aún no lo sabemos. Si es lo primero, tuvo que ser algo lo suficientemente terrible como para que el asesino (o los asesinos) llegaran a la conclusión de que no quedaba más remedio que matar a sangre fría a dos personas y después tratar de borrar todas las pistas. Pero esto no explica qué llevó a los muchachos a apagar sus móviles mucho antes de entrar en la zona sin cobertura.

Quizá nunca sabremos si fue por voluntad propia o fueron obligados por un tercero. De hecho, las incógnitas en torno al caso se acumulan sin cesar. ¿Estamos hablando de varios asesinos o de un solo homicida, que primero acuchilló a uno de los jóvenes y después se encargó del siguiente? ¿Murieron a la vez? ¿Alguno de los dos intentó escapar? ¿Cómo es posible que el coche tuviese una marcha engranada en el fondo del pantano, en vez de estar en punto muerto, si lo empujaron al embalse?

El misterio, a día de hoy, continúa. De momento sólo las aguas lóbregas del pantano de Susqueda tienen la respuesta de lo que realmente sucedió a sus orillas el día 24 de agosto. Y quizá se la guarde para siempre.

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