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Un idilio para la eternidad

El Mundo El Mundo 08/06/2014 JAVIER MARTÍNEZ

Un año más, y van nueve, París se rindió a los pies de Rafael Nadal. Poco importó que esta vez llegara menos favorito en los pronósticos, perseguido por la inquietante sombra de Novak Djokovic, envuelto en dudas infrecuentes antes del inicio del torneo. El número uno del mundo ganó en Roland Garros su decimocuarto título del Grand Slam y ya está emparejado con Pete Sampras, a sólo tres del registro otrora aparentemente inalcanzable de Roger Federer. Se impuso a 'Nole' por , en una hora y 31 minutos, defendiendo, además su continuidad en lo más alto del 'ranking'. Son ya 89 victorias y una sola derrota en una competición que hasta hoy nadie había ganado en cinco ocasiones consecutivas. []

Hasta el público local, receloso en ocasiones a mostrar el debido entusiasmo ante su tenis, se mostró ayer más participativo de lo habitual. Hubo voces que alentaron la alternativa del serbio al grito de 'Djoko, Djoko', pero compitieron en fervor con aquellas que proclamaban el nombre de Rafa. En una tarde muy calurosa y húmeda, de exigencia máxima para ambos también en el aspecto físico, Nadal protagonizó una nueva resurrección, ésta no motivada por su ausencia de las canchas debido a algún déficit en su armadura, sino a partir de un repunte competitivo después de su más discreto paso por la arcilla en los torneos previos a éste.

París era Melbourne. Ambos protagonistas con toallas rellenas de hielo sobre sus espaldas, sometidos a un esfuerzo brutal, a una heroica confrontación sobre la arena. Los dos mejores tenistas del momento, dos de los más grandes de siempre, en uno de sus combates más impresionantes, que invitaba a recordar aquella final de Australia 2012 ganada por el serbio en cinco sets después de rozarse las seis horas de partido.

© Proporcionado por elmundo.es

Contra Nadal, un constipado puede costarte la vida. Sea cual sea tu nombre. Puedes haberle mojado la oreja en cuatro ocasiones consecutivas, incluso tomar ventaja en el escenario donde su figura cobra una dimensión de apariencia completamente indestructible, pero cualquier desliz, una mínima renuncia, la necesidad de una tregua, convierte tu sueño en una aspiración remota. Bien lo sabe Djokovic, que empezó a jugar con fuego mediado el segundo set, antes de perder por primera vez su saque en el sexto juego. Llevaba la final de cara. Había ganado el primero, saliendo de dos pelotas de 'contrabreak', después de que su rival se despeñase en los dos últimos juegos, primero por temeridad, en dos derechas apresuradas, y más tarde por exceso de celo, con otros dos errores con su golpe favorito.

En sus 41 enfrentamientos previos, sólo en dos ocasiones perdió el serbio habiéndose apuntado el primer set. Lo hizo en las semifinales de Wimbledon 2007, cuando se retiró lesionado con 3-6, 6-1 y 4-1, y en las semifinales de Madrid 2009, 3-6, 7-6 (5) y 7-6 (9). Lógico era pensar que precisara de éste en la calurosísima tarde parisina, en busca del objetivo nunca logrado: vencer al ocho veces campeón del torneo sobre arena al mejor de cinco sets.

A diferencia de los referentes más cercanos, como la final de Roma, Nadal no dio un solo paso atrás. Buscó desde muy pronto entrar cuanto antes con la derecha, cubriendo muy bien la pista. Djokovic no podía abrir ángulos con la fluidez que suele hacerlo, ante un adversario que recuperaba una bola tras otra esperando el momento propicio para definir. Fue así hasta ese octavo juego donde Nadal se pasó de frenada y lo perdió a la tercera bola de ruptura, después de que a 'Nole', corto de servicio en ese trance, le temblara la mano en las dos iniciales (15-40). Tampoco en el noveno anduvo acertado el zurdo, que tuvo un 15-40 favorable y cedió en la primera pelota de set.

Reacción tras el primer set

Ese Nadal errático en lances determinantes convivía con el tenista constante, atento, metido plenamente en el partido, como si fuera él quien aún esperaba completar los cuatro 'grandes', como si aún buscara tomarse su primer trago en París. Así, en las alternativas del segundo parcial, pese a perder en el séptimo lo sembrado en el sexto, eludió el desempate una vez desesperado su rival, que erró una derecha invertida a la usanza del Djokovic embrionario, no del tipo curtido que de un tiempo a esta parte nos hemos acostumbrado a ver.

Con todo, era también una cuestión de estabilidad, además de cómo volaba la derecha paralela del español, un sinvivir para 'Nole', más aún cuando se desplazaba para encontrar rincones con el revés cruzado y dejaba en ese lateral toda una isla virgen. Y Djokovic se volvió a ir al túnel tras el tercero, como lo hizo después de perder el segundo, en ambos casos con Nadal tras sus pasos. Con la inercia del 7-5, Nadal quebró en su primera opción en el tercer set y pasó a dominar con claridad el partido. Djokovic fue poca cosa en el tercero, superado, abdicante, tristón.

Djokovic se había ido y parecía que ya no iba a regresar. Fatigado, errático, incapaz de tomar las decisiones correctas, era cuestión de tiempo cuando terminaría por capitular, al igual que la final de 2012 o en las semifinales del pasado año. Su revés cruzado ancho, uno más, tuvo todos los indicios de la rendición. Perdió nuevamente el servicio y quedó 4-2 abajo en el quinto, ya a centímetros de la lona. Pero Djokovic aún tenía otra vuelta. Iba a quebrar de nuevo, a llevar al campeón al límite. Con 5-4 y 30-15, el español tiró un 'passing' de revés cruzado que le puso a dos puntos de la victoria. Una derecha larga de Djokovic suponía el primer 'match point'. Djokovic moriría de la peor manera, con una doble falta que demoró unos segundos el alborozo del vencedor, pronto apiñado junto a los suyos, antes de estrechar la mano de Bjorn Borg, cuyo reinado hace tiempo dejó en un margen de los libros.

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