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Un Nadal muy fortalecido...

El Mundo El Mundo 07/06/2014 JAVIER MARTÍNEZ

París vivirá mañana una situación en cierto modo parecida a la que aconteció hace tres años en Wimbledon. Entonces, Rafael Nadal debía defender el título y el número uno en la final ante Novak Djokovic, el mismo adversario al que se encontrará mañana en el partido definitivo de Roland Garros. En aquella ocasión, el serbio logró su doble objetivo. La que nos ocupa admite, al menos de partida, numerosas y contundentes matizaciones previas.

En su afán de convertirse en el octavo tenista que conquista los cuatro títulos del Grand Slam, Djokovic deberá pasar por encima del ocho veces campeón del torneo, que ayer, ante Murray, ofreció su rostro más convincente en la temporada de arcilla. «Ha sido el mejor partido en mucho tiempo», aseveró. Cierto es que tuvo poco adversario en el escocés, una simulación de lo mucho que fue y una muy difusa tentativa de lo que aún pretende llegar a ser en esta superficie.

Nadal ha llegado al momento crucial del curso de la mejor manera posible, disueltas las numerosas dudas que despertaron sus derrotas en los cuartos de Montecarlo, ante Ferrer, del Conde de Godó, contra Almagro, y en la final de Roma, frente a Nole, el único hombre que viene haciéndole sombra en polvo de ladrillo en los últimos años. En una tarde más veraniega que primaveral, sin las turbulencias atmosféricas que han dominado París, Nadal ofreció el paradigma de su partido soñado, con una impresionante autoridad de principio a fin. Su derecha tomó vuelo una y otra vez sobre la arena, seca y sensible al peso de los golpes liftados, con unos paralelos que perforaron la débil coraza de Murray.

Logró así Nadal lo que necesitaba, cuanto podía esperar antes de medirse con su gran adversario de un tiempo a esta parte. Tras una hora y 40 minutos, abandonó la Philippe Chatrier sin conceder una sola pelota de break, con 24 golpes ganadores y 11 errores no forzados, una media de 177 kilómetros por hora en su primer servicio y una velocidad máxima de 191 km/h.

6-3, 6-2 y 6-1, un marcador elocuente. Los datos sobre su saque merecen especial atención después de los problemas de espalda que confesó tras su partido de tercera ronda ante Leonardo Mayer, atenuados considerablemente ya en su encuentro frente a Ferrer. Esa recarga de autoestima le será extraordinariamente beneficiosa contra el balcánico, a buen seguro, una amenaza mucho mayor que la representada por Murray. El titubeante paso por la arcilla dio lugar a que su discurso caminase por delante de su tenis. Discreto en Madrid, donde perdía la final antes de la retirada por lesión de Nishikori, a golpe de corazón y orgullo en Roma, con más dificultades que nunca hasta alcanzar la semifinal, positivizaba dialécticamente las complicaciones, dejando a un lado la severidad autocrítica que suele distinguirle.

© Proporcionado por elmundo.es

Las circunstancias han cambiado en Roland Garros, donde se maneja como nadie. Si bien en su camino hacia cuartos apenas encontró adversarios con caché, ya ante Ferrer, sin disputar un gran partido, arrojó un buen puñado de razones para seguir creyendo en él.

Murray reapareció en enero después de una convalecencia de tres meses debido a una operación de espalda y anda a la reconquista de las ambiciones una vez alcanzado su nirvana tras vencer en el All England Club. No es un purasangre de la arcilla, pero estuvo muy cerca de ganar por primera vez a Nadal sobre ella en los cuartos de Roma. Llegó a dominar por 5-2 en el tercero antes de caer por 1-6, 6-3 y 7-5.

«Las condiciones fueron muy distintas a las de hoy [por ayer], pero frente a él se produjo el primer cambio. Tuve una mentalidad mucho mejor, aunque los golpes no lo fueran aún tanto». El de Dunblane representa otra vara de medir en la evolución de este Nadal que se lesionó en la final de Melbourne ante Wawrinka, poco después de inaugurar la temporada como nunca imponiéndose en Doha, que reapareció llevándose el título en Río, se vio sorprendido por Dolgopolov en dieciseisavos de Indian Wells y arrollado por Djokovic en la final de Miami.

«Si hay algo especial que sepas para plantear el partido ante él, dímelo. Para mí es siempre lo mismo», bromeó ayer con una periodista, a vueltas con la dilatada rivalidad, la más larga de cuantas existen, con los ciclos dominantes de uno y otro. «Probablemente él llegue en mejor disposición que yo, porque me ha ganado en las últimas cuatro ocasiones, pero intentaré estar preparado», explicó, antes de detenerse en la secuencia continuada de sus episodios recurrentes con quienes, apunta, pueden ser los dos mejores jugadores de la historia. Prudente, se queda voluntariamente al margen de la magna distinción. Pero sabe que, con 28 años recién cumplidos, posee siete majors más que su próximo rival. Que está a sólo uno de Pete Sampras y que los 17 de Roger Federer no están definitivamente lejos de su alcance.

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