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Un Nole hambriento e iracundo

El Mundo El Mundo 07/06/2014 J. M

Novak Djokovic ya está donde quería, en el partido que llevaba buscando desde que hace un año se le escapó la victoria cuando tenía un break de ventaja en las semifinales precisamente ante el hombre que mañana se encontrará en la final. Sin obviar el día a día, pues desde entonces ha conquistado siete títulos y ha encadenado cuatro victorias frente a Nadal, el serbio tiene ante sí la posibilidad de ganar el único de los cuatro majors que le faltan y unirse así a Perry, Budge, Emerson, Laver, Agassi, Federer y el jugador español.

Se enfrenta también a la reconquista del número uno del mundo, el mismo del que le privase el español el pasado otoño en Pekín. Y, simultáneamente a ambos logros históricos, a una suerte de destronamiento del mejor jugador en la tierra, el ocho veces campeón, invicto en los últimos 34 partidos en Roland Garros, donde sólo ha perdido una vez, en los octavos de final de 2009, cuando cayó con Robin Soderling en el preludio de una larga lesión.

«Trataré de canalizar mi energía en la buena dirección y no dejarme llevar por el estrés de la ocasión», comentó tras imponerse a Ernests Gulbis por 6-3, 3-6, 6-3 y 6-3. Cedió su segundo set en lo que va de torneo después de conducir el encuentro de forma muy confortable en los dos primeros ante la indolencia de un adversario superado por el peso de su primera presencia entre los cuatro mejores en una cita de este rango.

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Tuvo un brote de ira en el cuarto set, cuando el verdugo de Federer y Berdych le recuperó el break con el que había tomado una ventaja que se presumía definitiva. Tardó poco en rescatarla, quebrando en el octavo para dejar liquidado el asunto, pero no sin dejar el señuelo de los nervios y la ansiedad, una sensación inquietante a dos días de la confrontación más esperada.

Son trayectorias cruzadas, que se enredan y envuelven con la historia reciente de este deporte. Viajes de ida y vuelta, biografías que divergen y confluyen. Hasta hace sólo unos días, Nole asomaba en la mejor disposición para terminar con el abrumador dominio de Nadal en París. Es posible que se encuentre en condiciones de lograrlo, pero la referencia última y recíproca antes de que ambos choquen por 42ª ocasión, la sexta en este mismo escenario, la decimotercera en un major, la vigesimosegunda en una final, habla de un Djokovic con menos margen de ventaja sobre el defensor del título con respecto al que le superó en los cuatro cuerpo a cuerpo más cercanos, sólo uno de ellos en polvo de ladrillo.

«Vi un poco del partido [ante Murray]. No estoy demasiado sorprendido porque todos sabemos lo bueno que es en estas pistas. Ha ido elevando su nivel según avanzaba el torneo y está empezando a sentirse al máximo cuando lo necesita. No es la primera vez que le sucede. Es Nadal y es Roland Garros. Siempre ha hecho su mejor tenis al final de la competición», admitió el de Belgrado.

Gulbis, que el lunes ingresa por primera vez en el top ten, tuvo más en común con el hombre tendente a la galbana y la distracción que con la raqueta afinada y solvente que hemos terminado de descubrir a lo largo de estas dos semanas. Hubo algún problema físico, según dijo después, además de la frontera que supone un rival de la categoría de Novak Djokovic, quien, pese a algunos deslices, aparecerá en la final más entero que nunca, dispuesto a sellar de una vez por todas su entrada en el restringido grupo de los más grandes.

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