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Un oligarca a la caza de rebeldes

EL PAÍS EL PAÍS 02/06/2014 Jerónimo Andreu
Kolomoyski posa en sus oficinas de Dnipropetrovsk el pasado 24 de mayo. © V. O. Kolomoyski posa en sus oficinas de Dnipropetrovsk el pasado 24 de mayo.

Helicópteros del Ejército ucranio esperan en el aeropuerto de Dnipropetrovsk. En el centro de la ciudad, cuatro militares voluntarios hacen guardia en un edificio público acodados sobre dos pianos. Banderas azules y amarillas ondean en cada esquina. La capital de la región más oriental de las que permanecen leales a Kiev se ha convertido en la cuna oficial del patriotismo ucranio. También, en punta de lanza de la ofensiva contra las provincias que no reconocen el poder central y apuestan por una asociación más estrecha con Rusia.

La industrial Dnipropetrovsk no ha experimentado las tentaciones separatistas de las vecinas Donetsk y Lugansk. Tercera ciudad del país y su corazón metalúrgico, en Dnipropetrovsk convive más de una frontera. La más evidente es la geográfica: Dnipro es el corazón ferroviario que conecta el este, el oeste y Crimea. Pero también están la frontera política y la económica. Durante la era soviética fue el vivero espacial que todavía celebran los cohetes que adornan alguna de sus plazas; hoy, si bien no reniega de ese pasado imperial, la vieja capital de los satélites gravita en el espacio que queda entre los fastos del capitalismo salvaje y la pobreza postsoviética. La ciudad es cuna de nuevos ricos a los que les gusta oler a dinero. Su urbanismo se construye a partir de edificios suntuosos, iluminados como casinos de Las Vegas en medio de la oscuridad de las calles, a menudo flanqueados por casas abandonadas.

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El que esta ciudad de desigualdades haya dado la espalda al descontento de sus vecinas para convertirse en remanso de patriotismo ucranio y trampolín militar de Kiev se explica por muchas razones, pero hay una muy poderosa: Ihor Kolomoyski, cuarta fortuna del país y gobernador de la región desde que el primer ministro, Alexánder Turchínov, repartió el cargo entre los grandes oligarcas del país.

Kolomoyski no vive en la ciudad. Una leyenda local justifica su ausencia por la alergia a un tipo de polen común en la región. Por la razón que sea, su residencia legal está en Suiza, y desde allí se ha ocupado de que nada se mueva en Dnipropetrovsk sin su permiso. Los batallones de voluntarios que luchan contra los prorrusos han insinuado en varias ocasiones que sin su apoyo logístico no existirían. En contra de la ambigüedad de oligarcas como Rinat Ajmatov (hombre más rico del país), Kolomoyski no ha tenido problemas en significarse y ha gastado toneladas de dinero en material militar. Al principio del conflicto anunció que pagaría 10.000 dólares (7.336 euros) por cada saboteador prorruso que le entregasen.

Ante esta política de recompensas, los prorrusos lo convirtieron en uno de sus blancos. Las sucursales de Privatbank en Crimea, Lugansk y Donetsk han tenido que cerrar. Los rebeldes atacaron varias y asaltaron un camión blindado en Horlivka, según la compañía. Pero a Kolomoyski el dinero no le escasea. Nacido en 1963 y con doble nacionalidad, ucrania e israelí, es propietario de Privat Group. Su posesión estrella es el Privatbank, de los mayores bancos del país, junto a siderúrgicas, empresas petrolíferas y gasísticas, aerolíneas, ferrocarriles y cadenas de televisión. Sus negocios se extienden por Europa, EE UU y Rusia. Ninguno cotiza en bolsa, y sus orígenes se relacionan con todo tipo de rumores oscuros sobre extorsiones que han llegado a tribunales ingleses.

Siempre en la sombra, se le ha asociado con Leonid Kuchma, Víktor Yúshenko y Yulia Timoshenko. También se insinúa que apoyó al Maidán local en sus primeros momentos, cuando aún había choques en las calles con los partidarios de Yanukóvich.

“El papel que Kolomoyski está desempeñando en política se puede comparar al que tuvo en fútbol”, explica el polítólogo Víktor Pashohenko, una de las escasas voces que acepta analizar la figura del barón. Se refiere a cuando, a finales de los noventa, el equipo local, el Dnipro, era una gloria soviética que se hundía, y las autoridades de la ciudad pidieron a Kolomoisky que interviniera. Lo compró y ahora es uno de los punteros en el país, junto al Shaktar de Ajmatov. “Y Kolomoisky nunca intentó sacar provecho de esa popularidad porque no le hace falta”, concluye Pashohenko. “Lo mismo ocurre con la política: tiene tanto dinero que no la necesita”.

Las razones por las que ha convertido la ciudad en un bastión patriótico parecen distintas. “En primer lugar, no quiere perder sus negocios por la inestabilidad”, explica el politólogo: “En segundo, quiere estar bien situado para la ola de expropiaciones que habrá tras el verano, cuando se liquiden las fortunas fraudulentas del círculo de Yanukóvich”.

Los disparos continúan en el este, donde los prorrusos intentaron este domingo regresar al aeropuerto de Donetsk. Mientras desde Dnipropetrovsk se diseñan los asaltos a las provincias vecinas, la ciudad vive en calma. La noche del jueves se celebraba un gran concierto en la que hasta el Maidán se llamó plaza Lenin y ahora es de la Centuria Celestial, por los caídos en la revuelta. Suena tecno eslavo sobre un escenario con la bandera ucrania. Hasta que empieza a tronar y llega la lluvia.

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