Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

Un periodista se encuentra por azar con un Shangri-La pirenaico

Logotipo de La Vanguardia La Vanguardia 26/09/2017
Últimas noticias del Vall d'Arlot © Image LaVanguardia.com Últimas noticias del Vall d'Arlot

Este artículo pertenece a la serie de ficción Especies Urbanas, cuyo autor es John William Wilkinson y que se publica los domingos en la página web de La Vanguardia.

El sagaz director de una revista económica le encargó hace eso de un mes al periodista barcelonés Benigne Sust i Pujador que cubriera el 1-O desde Andorra. Nada más aceptar el encargo, no podía quitarse Benigne de la cabeza una curiosa circunstancia que tuvo que ver con el muy polémico juicio penal del Pueblo del Estado de California contra O. J. Simpson, allá por los años noventa, por dos cargos de asesinato por la muerte de su exesposa y un amigo de ésta.

Resulta que los abogados del famoso jugador de fútbol americano decidieron que, dada el enorme revuelo que había levantado el caso, pues que era menester componer un jurado de personas ajenas a los efectos de la incesante cobertura mediática, mayormente contraria a su cliente. A ese fin enviaron por todo el estado buscadores de gente felizmente ‘desconectada’ de semejante guirigay.

Sólo lograron localizar, en un recoveco del monte Whitney, a un eremita que no tenía ni idea de quién podría ser ese O.J. Simpson. Pero el tipo se negó a colaborar, ni que fuera a cambio de una muy elevada cantidad de dinero. Mejor: porque los abogados del acusado cambiaron de estrategia y su cliente, al final del escandaloso juicio, fue declarado no culpable.

Volvió a pensar en todo esto Benigne mientras pilotaba, antes de ayer, una avioneta de dos plazas, al sobrevolar Ripoll camino de Andorra. Mas antes de llegar una avería electrónica le obligó a ejecutar un aterrizaje de emergencia. Salió de la cabina sin un rasguño pero con el móvil hecho trizas en medio de un campo de amapolas. Por suerte, había en este valle de abruptas laderas un pueblo a menos de un kilómetro.

Un chico que iba en bici por la carretera le dijo en un extraño catalán que se hallaba en el valle de l’Arlot, topónimo que no le sonaba de nada

Un chico que iba en bici por la carretera le dijo en un extraño catalán que se hallaba en el valle de l’Arlot, topónimo que no le sonaba de nada. El pueblo era una preciosidad y en un bar de la plaza le dijeron que podría llamar a cualquier sitio menos a Catalunya. ¿Pero no estaba el valle de l’Arlot en Catalunya? Sí y no, le dijeron. Es decir: está, pero sólo geográficamente.

Al contarles a los encantadores lugareños su percance y la razón de su misión, se quedaron perplejos: absolutamente nada sabían del 1-O, del referéndum, o quién podría ser Puigdemont o Junqueras, o de eso de la independencia y la proclamación de una república.

Se preguntaba Benigne si no se hallaba en una especie de Shangri-La pirenaico. El catalán en el que se expresaban le sonaba extraño pero bello porque, según le contaron, no estaba contaminado por el catalán oficial de los innumerables canales de comunicación del Principado, puesto que sus emisiones no llegan al valle.

Todo el mundo practicaba con absoluta naturalidad un estimulante y espontáneo bilingüismo, en catalán y español. Además, como pudo comprobar Benigne, todos dominaban el francés y el inglés. Salvo entre los mayores, el doblaje les era desconocido.

Todo el mundo practicaba con absoluta naturalidad un estimulante y espontáneo bilingüismo

Descubrió sorprendido que gran parte del PIB del valle va para enseñanza e I+D, que el sistema sanitario universal es de los mejores del mundo y que la eficacia y sencillez de la burocracia sería la envidia de cualquier foráneo que tuviese necesidad de realizar un trámite o solicitar un permiso. No ha habido en los últimos cincuenta años ni un solo caso de corrupción. La tasa de desempleo es casi inexistente, gracias sobre todo al boyante sector de la hostelería. El turismo es visto con muy buenos ojos y no hay en todo el valle camarera o camarero que no esté encantado con su trabajo.

Son excelentes las relaciones diplomáticas que mantiene el gobierno local con Madrid, París, Andorra, Bruselas y, bueno, todo el mundo. ¿Y con Catalunya? quiso saber Benigne. También, pero por omisión: no se puede hacer tratos con alguien que no quiere escuchar, que cree estar por encima del bien y del mal.

Aquella primera noche, en una cena con un grupo de investigadores e informáticos extranjeros afincados en el valle, que ya comienza a tener fama de ser el Silicon Valley europeo, se enamoró Benigne locamente de una socióloga luxemburguesa. Al despertarse la mañana siguiente en su cama, pensó que estaba soñado. Pero no: el valle era tan real como la hermosa mujer que dormía a su lado. Yo de aquí no me marcho, se dijo Benigne. De modo que de lo que suceda hoy en Catalunya nada nunca sabrá y, por tanto, nada le importará.

¿Y qué tiene que ver O.J. Simpson con todo esto? Buena pregunta, muy buena pregunta; sí, señor.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de La Vanguardia

image beaconimage beaconimage beacon