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Un príncipe de Asturias para Quino

22/05/2014 FELIPE HERNÁNDEZ CAVA
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Algunos considerarán un exceso que un humorista haya sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, y más aún cuando sepan que entre los finalistas había personalidades como el filósofo Emilio Lledó. No seré yo el que entre en esa polémica, que puede cobrar tintes semejantes a aquellas declaraciones de Vicente Molina Foix en las que se lamentaba de que se hubiera creado un Premio Nacional de Cómic. Doctores sobre la pureza o no de los premios tiene la Iglesia. Yo me limito a celebrar que el jurado haya reparado en la importancia de la obra de este creador, de la misma manera que pudo haberlo hecho también hace unos años, y no lo hizo, en el trabajo de nuestro Carlos Giménez.

Durante 60 años, Joaquín Salvador Lavado, Quino (Mendoza, Argentina, 1932), ha buscado en nosotros esa media sonrisa cómplice de los humoristas que huyen de la hilaridad fácil para hablarnos de un mundo incómodo, y a menudo hostil, para aquellos de entre sus habitantes que se detienen un momento a reflexionar sobre sus condiciones y se hacen preguntas para las que, las más de las veces, sólo hay comprometidas respuestas.

Aunque su popularidad está asociada a la creación de Mafalda, en activo durante una década en ese territorio singular que está a medio camino entre la historieta y el chiste de actualidad, yo siempre he defendido que el mejor Quino se halla en el resto de su obra, afortunadamente recogida en diversos títulos, un Quino mucho más hondo y personal, también más pesimista, que es únicamente el portavoz de esa humanidad solitaria que profesa la perplejidad como una virtud de la que extraer algo de sentido.

La niña de cabeza grande que le dio, sin embargo, la gloria, y que tiene más de adulta humanista que de pequeña criatura, nació en 1964 como un encargo de la firma Mansfield para promocionar una nueva gama de electrodomésticos. Los empresarios le hicieron el encargo publicitario con dos recomendaciones: que el trabajo fuese una mezcla de 'Peanuts' (Carlitos) y de 'Blondie', y que el nombre de la protagonista empezara por "eme". Aunque finalmente el proyecto no se empleó para ese fin, Quino comprendió que había en él elementos más que suficientes para trazar un fiel retrato de la clase media argentina de los 60, y por ende de cualquier otro lugar del planeta, y el 29 de septiembre de ese mismo año las tiras comenzaron su andadura en 'Primera Plana' para, tras pasar por las páginas de 'El Mundo', llegar a las de 'Siete días'.

Fue una obra dirigida antes a los adultos de aquellos revueltos años que a los niños, y de ahí la dimensión de su alcance. Unos adultos que se veían reflejados más en los arquetipos de los más pequeños del elenco (Mafalda, Miguelito, Susanita, Manolito, Felipe, Libertad o Guille, el hermanito de Mafalda) que en los progenitores de la protagonista, con ser precisamente a estos a los que más se asemejaban.

Y, pese a que Quino mantuvo siempre su descreimiento respecto a la política ("Hay gente que dice que soy marxista, pero jamás leí a Marx; me da vergüenza decirlo, pero es así", le contestaba a Osvaldo Soriano en una entrevista en 1972), los lectores progresistas con que contó mayoritariamente siempre le consideraron uno de los suyos.

Fue una serie hija de una época y que vivió durante una década, aquella década luego sobrevalorada en la que, entre un cúmulo de tragedias políticas, parecía vislumbrarse el alumbramiento de una sociedad regida por valores menos materialistas y más humanos, espejismo del que despertaríamos, y en Argentina con especial virulencia, cuando la peor faz del militarismo se expandió como la peste por la geografía hispanoamericana (Quino trabajó el odio de la niña a tener que tomar la sopa por obligación precisamente como un símbolo de ese autoritarismo latente).

Pero para entonces Mafalda había llegado a su término, cansado su autor de seguir encontrando nuevos gags para situaciones por las que ya había transitado. Todas las preguntas de aquella pequeña, de haber seguido existiendo, hubieran sido acalladas por el resonar de las botas militares y los cerrojos de las armas. Y no me sorprende que Quino llegara a jugar con la hipótesis de que, de haber sido un personaje real, la niña hubiese pasado a engrosar la lista de desaparecidos de las dictaduras del Cono Sur.

Pero el universalismo atemporal de muchas de sus reflexiones y el que, a esas alturas, una buena labor de agencia la hubiera distribuido por docenas de países transformó a Mafalda en inmortal, aunque los lectores más adictos jamás le perdonaran al mendocino su deceso.

Frente a todos los chistes que ahora se sacarán a relucir de aquellas conversaciones entre adultos y pequeños (¿en qué reunión de amigos no hay alguno que nos recuerda una de aquellas ocurrencias?), yo prefiero quedarme, en cambio, con un símbolo gráfico, tan inocente como definitorio del ideario de Quino: el mimo con que la niña cuidaba a su globo terráqueo, ya fuera abrigándolo o metiéndolo en la cama para que no enfermara.

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