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Un pulso para toda la vida

EL PAÍS EL PAÍS 06/06/2014 Juan José Mateo

Dos astros colisionan en la final de Roland Garros. Rafael Nadal (6-3, 6-2 y 6-1 a Andy Murray) y Novak Djokovic (6-3, 6-3, 3-6 y 6-3 a Ernests Gulbis), los dos mejores jugadores de la tierra, competirán mañana por el título en un duelo para toda la vida. El español, en su noveno encuentro decisivo en París, busca igualar los 14 títulos grandes de Pete Pistol Sampras y empatar con el estadounidense como el segundo tenista que más trofeos ha ganado de la máxima categoría (Roger Federer tiene 17). El serbio pelea por segunda vez por conquistar los cuatro grandes y completar el Grand Slam. El ganador será coronado como el número uno del mundo. Este es un pulso titánico. Un duelo en el Olimpo al que el campeón de 13 grandes llega tras protagonizar una metamorfosis como no se recuerda otra: del Nadal congelado que arrancó en Montecarlo la gira de tierra, al Nadal ardiente que abruma a Murray y defiende en París su reino (ocho títulos).

¿Cómo se produce ese cambio? ¿Qué explica que el mallorquín gaste solo 712 minutos para llegar al partido decisivo, menos que nunca? ¿No era este un tenista martirizado por la espalda, sin confianza tras una primavera descolorida y acomplejado por cuatro derrotas seguidas contra su Némesis serbia? ¿Cómo ha mejorado de abril a junio?

“He mejorado por la exigencia mental del día a día, por saber que tengo que ir a mejor, por saber que con lo que hacía no bastaba”, contesta el campeón de 13 grandes antes de enfrentarse al de seis. “He mejorado por la ilusión de encontrar todas esas cosas que buscaba, por sentir que en cada torneo mejoraba, y porque cuando uno siente que va dando pasos adelante, semana a semana, mentalmente está más positivo y abierto a ver que hay una salida, un paso a mejor, como ha sido el caso”, añade tras una primavera que le vio ganar en Madrid, perder la final de Roma (ante Nole) y caer en cuartos de Montecarlo y Barcelona. “Estoy entrenándome mejor que en mucho tiempo. Cuando ocurre eso, normalmente soy capaz de jugar con la decisión y la intensidad adecuadas”, subraya. “Me falta solo un poco más de revés (...) Mi drive está yendo rápido de verdad otra vez”, avisa. “El partido que queda es especial. Es el rival más difícil posible. Pero siendo realistas, esta es la forma de llegar a la final. He dado un salto importante de nivel”, se despide.

“Le dije: ‘Oye, hay que relajarse y golpear la pelota”, fotografía Toni Nadal, tío y entrenador del número uno, sobre las conversaciones parisinas del dúo. “Estábamos jugando mal. La actitud no era buena en ningún sitio. La derrota de Montecarlo y la de Barcelona agravó el tema. Perdió confianza. No soltaba bien la mano. Iba golpeando con más tensión de la necesaria el drive”, añade. “Luego, empezó a jugar muy bien en los entrenamientos, y la consecuencia es el partido de Murray. Se ha recuperado por una cuestión de responsabilidad. De jugar. Ha buscado soluciones, y lo normal es que si eres un muy buen jugador, como él, las encuentres”.

Nadal vuelve a hacer daño con el drive, que de nuevo pica alto y muerde el hombro de sus rivales. Desde cuartos, y pese a sus problemas de espalda, que le sigue molestando, ha mejorado la velocidad de su primer saque (176 km/h de media ante Murray) aunque el segundo sigue siendo atacable (141 km/h). De jugar retrasado, cediendo metros, el mallorquín ha vuelto a posiciones de juego más agresivas. Su movilidad es equiparable a la de sus mejores tiempos. Su cabeza, que tantas veces le salvó, ha digerido los sinsabores y le ha devuelto a la lucha por su templo de arcilla. El problema es que todo eso junto, que es como poner una bomba atómica en una pista de tenis, no le asegura la victoria ante Nole. Este es un partido como un Miura, que busca quien lo dome. Como dijo su técnico: “Tiene que ser agresivo”.

“Y eso mismo haré yo”, dice Djokovic, que en semifinales, con el partido controladísimo, sufrió un golpe de calor que le costó una raqueta (reventada por él mismo contra la arena), una bronca del público (que le abucheó por el gesto) y casi tener que disputar un parcial decisivo, porque Gulbis aprovechó su pájara para ganar la tercera manga y recuperarle un break en el inicio de la cuarta. “Sé que esta es la pista en la que él es más dominante, que solo ha perdido una vez en su carrera y que aquí alcanza su máximo nivel”, resume. “Sé lo que tengo que hacer para ganar. Sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero haberle ganado los últimos partidos me da confianza. No es invencible”.

Nadal, de 28 años, domina 22-19 a Djokovic, de 27, en el cara a cara. Ha perdido los últimos cuatro precedentes. Siempre se ha impuesto cuando han jugado en París (5-0). Los datos, sin embargo, ya no cuentan. Son pasado. Lo que pesa mañana es el talento y el corazón, la raqueta y la estrategia, el alma, el sudor y cada gota de pasión competitiva. En París, los dos mejores se enfrentan en un partido para toda la vida.

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