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Un Rey para la generación Nocilla

El Mundo El Mundo 04/06/2014 TERESA LÓPEZ PAVÓN

La cultura que marca a una generación es la que le acompaña cuando alcanza la mayoría de edad. Felipe VI pertenece al universo de esos jóvenes que cumplieron los 18 en 1986, con una España en pleno éxtasis europeísta y una sociedad ya instalada en la democracia. Salvo singulares aventuras personales (como la de Felipe, obviamente) esos jóvenes no estaban llamados a vivir grandes batallitas que contarle a los nietos. Porque casi todo se nos vino dado y bien que nos lo recordaban continuamente.

Ésa era, nos dijeron, una generación que no llegaba a valorar en su justa medida el elevado precio de la libertad porque, desde que tenía uso de razón, la libertad había formado parte de sus vidas. Los jóvenes que llegaron a la mayoría de edad justo en una oleada anterior habían vivido en carne propia la transición, probablemente militando o colaborando en algún partido político. Aquellos, aunque no hubieran corrido nunca delante de los grises, habían sido coetáneos de quienes sí lo hicieron. Y eso ya es suficiente. Digamos que, cronológicamente, es diferente. Los de finales de los 60, sin embargo, carecíamos de esa legitimación democrática.

Como Felipe de Borbón, los nacidos en aquellos años disfrutamos de un margen mayor de maniobra que el que se ofreció a nuestros hermanos mayores. Porque los usos se habían relajado en muy poco tiempo y porque a los padres de la transición se les agotaron pronto los argumentos que en otros tiempos fueron incontestables: El 'porque lo mando yo' o 'porque soy tu padre' había dejado de ser una razón de peso. Y hubo, sin duda, quien le sacó provecho a aquel vacío (aunque no tanto como luego lo harían los hermanos aún más pequeños, los del botellón).

Cuando Felipe cumplió sus 18 años, el Rey Juan Carlos le regaló un Seat Ibiza dorado metalizado, ('color fuego' se dijo entonces). No a todos los jóvenes de su generación le celebraron la mayoría de edad de forma tan generosa. Otros tuvimos el primer Ibiza algo más tarde, a plazos y con los réditos del primer trabajo (entonces el mercado laboral tampoco era fácil, pero sí menos refractario a los jóvenes que hoy). Al cumplir los 18, lo normal no era un coche. Si acaso, un pantalón vaquero (entonces se llevaban negros y de pitillo); o un disco de los Dire Straits, el Brother in arms, seguramente. O de Mecano, para los más poperos, que en aquel 1986 sacaron al mercado su exitosa Cruz de Navajas.

En aquel 1986, España ingresaba en la Comunidad Económica Europea, Barcelona era designada para organizar los Juegos Olímpicos, Argentina ganaba el Mundial de México y medio mundo vio estallar el sueño espacial americano con el Challenger haciéndose añicos minutos después de despegar en una operación retransmitida en directo.

El cielo nos compensó más tarde con un espectáculo que -nos dijeron- sólo contemplaríamos una vez en nuestras vidas. El paso por aquella tardoadolescencia del cometa Halley marcó una fecha reconocible en nuestras vidas anodinas. Verse no se veía gran cosa, pero lo importante era la parafernalia, el dónde y el con quién.

Y, en los mismos días, el referéndum de la OTAN, en el que ya pudieron votar los nacidos en los primeros meses de 1968 (Felipe, entre ellos) -el referéndum se celebró un 12 de marzo- , nos devolvió el papel protagonista en la vida pública que la política nos había hurtado hasta entonces. Los nacidos meses después se conformaron con acompañar a los primeros si acaso, pero con el mismo ardor pacifista.

Para cuando cumplió los 18, Felipe ya había estudiado un año (el antiguo COU) en Canadá. Sin embargo, para el resto, salir al extranjero aún era prohibitivo. Las becas Erasmus se generalizaron para los universitarios muy pocos años después, pero a los nacidos a finales de los 60 les llegaron tarde.

Eso sí, no todo eran ventajas para un heredero de la Corona. Si el común de los muchachos empezaba entonces a librarse de la vida cuartelaria gracias a los 'excedentes de cupo' o la socorrida 'objeción de conciencia', a Felipe de Borbón le cayeron nada menos que tres años de mili, por tierra, mar y aire, en Zaragoza, que completó antes de estudiar Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid, y de irse, de nuevo a EEUU a hacer un máster.

Literariamente, los niños-bien de aquella generación desatendida por unos padres desubicados que trabajaban durante todo el día mientras sus adolescentes entretenían sus tardes destrozándose el hígado quedó retratada en las Historias del Kronen de José Ángel Mañas (nacido en el 71, tres años después que Felipe). Pero no todo fue degeneración autodestructiva. Entre otras cosas, porque los niños que no eran 'de papá' a duras a penas tenían pasta para compartir un mini de cerveza (sólo en Madrid) o una litrona (en provincias) si era el caso. El cubata estaba al alcance sólo de los que habían dejado los estudios para ponerse a trabajar y disfrutaban de cierta autonomía económica que dejaban patente acodados en la barra de una discoteca.

Cuando me refiero a la 'generación Nocilla' como coetánea de Felipe no hablo de ese grupo de novelistas de tan difícil clasificación que algunos críticos agruparon bajo

ese sintagma dulzón. Hablo de una generación literalmente marcada por ese mezcla tan bien proporcionada de leche, cacao, avellanas y azúcar que nos introdujo, de alguna manera, en la merienda industrial a los chavales de aquel entonces. Tulipán para el desayuno y Nocilla para las meriendas. La fórmula que Starlux adaptó en España a partir de la italiana Nutella nos hizo felices a muchos con muy poco, como tan oportunamente cantaron los de Siniestro Total. Y no sé por qué entre esos muchos no iba a estar también el entonces Príncipe Felipe.

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