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Un trago, que paga Farkas

El Mundo El Mundo 17/06/2014 MIGUEL A. HERGUEDAS

Frente al Copacabana Palace se extiende el Posto 4 de la playa y la Fan Zone montada por la FIFA. Igual da que sea lunes. El atronador ritmo de la noche de Río seduce a miles de hinchas del Mundial y a las puertas de la discoteca La Dolce Vita, las prostitutas trabajan con singular tesón. Unos metros más allá, los policías prefieren mirar para otro lado. Hacia donde rompen las olas. Hacia un chiringuito junto a la arena donde Leonardo Farkas anda invitando a caipirinhas y cervezas a un centenar de chilenos.

Farkas ha tomado la barra como quien toma Constantinopla, con una corbata rosa palo y un blanco dental impecable. Farkas es un multimillonario del metal que pregunta a los camareros cuántas Visas Oro necesita para calmar la sed de tanto compatriota. "El problema no es que pague", asegura José, ataviado con una camiseta de Colo Colo. "El problema es saber cuánto tardarán en preparar un trago para tanta gente".

© Proporcionado por elmundo.es

Casi es la una de la madrugada y Farkas mantiene en vigor su inenarrable cardado rubio platino. Y esa banderita de Chile colgada del ojal. Con buen cuidado de no hacerla caer, ya pendiente de las cámaras que por allí se arremolinan, escupe a la masa: "¡Hagan fila!". Pero la gente enloquece de sed y fervor patriótico. Sobre todo de sed.

"Esto es la típica cagada del Tercer Mundo", sostiene Manuel mientras recuerda la delirante etapa musical de Farkas, participante de lujo en Viña del Mar, de sangre húngara y judía, tan capaz de cerrar una cerrar una venta de centenares de millones de dólares con China como de compartir escenario con Julio Iglesias.

Eran los tiempos del 'living la vida loca' en Miami, de mujeres sin fin hasta aquella noche donde conoció a Betina Friedman Parker, una de las herederas de los hoteles Concord. Se casaron en 1994 después de que ella renunciara, dólar a dolar, a cualquier sinónimo de herencia. Nadie de los Parker se fiaba de Farkas. Una década después, Leonardo tomaba las riendas de Santa y Fe y Santa Bárbara, las que fueran empresas del hierro de su padre. Volvía a Santiago con su esposa, sabedor de nadie en todo Chile lucía esa dentadura ante una cámara.

Así que empezó a llamar a las televisiones para labrarse una carrera como filántrópo. Desde un memorial en Isla Negra para Pablo Neruda a camiones de medicinas y alimentos para las víctimas del terremoto de 2010. Sin olvidar esa inyección económica a Tomás González, el primer gimnasta chileno en clasificarse para una final olímpica. Cualquier excusa vale para sacar la cartera y tirar de tarjeta, por una medalla en potro o por un triunfo ante España en Maracaná. El caso es que sigan sirviendo caipirinhas y cervezas.

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