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Un trampolín para retar a Al Zawahiri

EL PAÍS EL PAÍS 11/06/2014 Jesús A. Núñez Villaverde

La toma de Mosul obliga a valorar el contexto político en el que se ha producido y las pretensiones de los actores combatientes implicados en la operación. Tras las elecciones del pasado abril, Nuri al Maliki batalla para lograr un tercer mandato. Su autoritarismo ha terminado por irritar tanto a kurdos como a suníes, debilitando su capacidad para liderar el país y para frenar las significativas tendencias centrífugas de las provincias kurdas del norte. En Mosul, siete años después, se sigue a la espera de un referéndum que determine si finalmente este importante núcleo petrolífero queda bajo la órbita de Erbil o de Bagdad.

Mientras, Bagdad ha acelerado el reasentamiento de población árabe y la expulsión de kurdos, con la intención de evitar su pérdida por cambio en la estructura demográfica. En paralelo, las desavenencias entre ambos centros de poder se han traducido en una menor atención a los problemas de la población local, crecientemente sensible a los infundados cantos de sirena del EIIL (Estado Islámico de Irak y el Levante). Añádase a esto que los suníes —dotados de sus propias milicias— se sienten también traicionados por Maliki y se entenderá por qué bastantes de ellos, junto a líderes tribales, se han asociado con el EIIL.

Este último, por su parte, despliega sus fuerzas (estimadas en no menos de 10.000 combatientes) a caballo entre Siria e Irak. La ofensiva contra Mosul no es un episodio aislado, sino la continuación de una apuesta violenta que tiene a Faluya, Ramadi y Samarra como precedentes más inmediatos. La falta de respuesta eficaz tanto por parte de los peshmergas kurdos como de unas fuerzas armadas que siguen respondiendo más a claves sectarias que nacionales, ha animado al EIIL a continuar hacia el norte, en su afán por dominar (sin desgastarse hasta ahora en batallas frontales) un territorio que le sirva de base sólida para la tan soñada como imposible reinstauración de un califato en todo el mundo árabe. Para quien es consciente de su desventaja en el campo de batalla convencional, la decisión de abrir simultáneamente varios frentes y de controlar por la fuerza un territorio suponen una preocupante confianza en sus fuerzas para resistir el previsible ataque y asedio del Ejército iraquí.

Si la situación no se revierte de inmediato, Mosul será el trampolín que le sirva a Abubaker Bagdadi para cuestionar el liderazgo en Al Qaeda (más simbólico que operativo) de Ayman al Zawahiri (que no ha logrado imponer su criterio para que el EIIL se concentre exclusivamente en Irak, dejando Siria para el Frente Al Nusra). Pero también le permitirá seguir reclutando combatientes (como muchos de los 1.400 prisioneros liberados de Badush) y seguir ampliando su radio de acción.

Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria

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