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Una banda en ascensión y otra que ya lo ha dicho todo

EL PAÍS EL PAÍS 31/05/2014 Luis Hidalgo
Multitudinario concierto de Pixies en el Primavera Sound. © GIANLUCA BATTISTA Multitudinario concierto de Pixies en el Primavera Sound.

Era el momento de afirmarse como faro de una generación, pero el concierto que ofrecieron en el Primavera Sound los mostró como una cerilla, sí, con el fósforo muy gordo, pero cerilla al fin y a la postre. En un concierto más bien frío, Pixies pasaron por el festival que busca sentido también en la memoria como un nombre que vive precisamente en el recuerdo, en un pasado glorioso en el que fueron lo que precisamente no parecen ser hoy, una banda dinámica, enérgica, poderosa, tersa y contagiosa. Ante una multitud, sin duda menor que la que acompañó a The Arcade Fire en la noche del jueves, Pixies pasaron por el festival que los reconociera hace 10 años en un concierto triunfal como un pálido recuerdo de la banda que fueron. Enmendaron la plana The National, grupo que se impuso en la noche gracias a su rock con estudios.

Dada la distribución de los escenarios principales del Primavera Sound, muchos espectadores asientan sus reales en la enorme explanada donde se ubican el escenario Sony y el Heineken, lo que en tópica clave masculina parece un paradigma del ocio: cerveza y tele. No hace falta más, acaba un concierto, caminas unos 100 pasos, meramente cambiar de postura en el sofá considerando las medidas del recinto, y ya se encuentra uno encarado ante el otro escenario. Pues bien, pareciera que Black Francis, líder de Pixies, hubiese pasado los últimos años bebiendo cerveza delante de la tele. Por ella ha debido de enterarse de que los jóvenes ya no son como los de su época y por eso ha fichado a una bajista con las pintas de indie vistas por el escaparatista de un gran almacén, con flequillo y todo tapándole los ojos como si fuese a tocar con Los Planetas, banda que por cierto lo hizo en uno de los escenarios de marca, de televisión para más señas, del festival. Por la tele, probablemente, Francis se ha enterado de que el enfado cotiza al alza, así que en alguna de las canciones de su último disco se pone estupendo y entona como si hablase, aunque le queda más bien una homilía que un discurso incendiado. En fin.

La cosa es que su concierto sólo interesó a las primeras filas, que eran las captadas por las cámaras de televisión. El resto de la multitud se mantuvo educadamente ante el escenario sintiéndose aludida al inicio con Bone machine y de tanto en tanto con alguno de los éxitos interpretados por la banda, Velouria, Here comes your man, Where is my mind, etétera. Cuando sonaban las del nuevo e innecesario disco del grupo era el momento de activar la conversación, ir a la barra a practicar portugués con los camareros, mirar el perfil nocturno de la Diagonal o, como hacía una pareja de padres ingleses de mediana edad, educar a sus hijas sobre los hábitos y normas de comportamiento asociados al consumo de música en directo. Era como ver a un cormorán enseñar a sus crías a pescar. Fue la imagen más edificante del concierto, la que explica porqué en otros países se compran discos y, al margen de disponer de más renta, sus aficionados son capaces de viajar para ver a sus grupos favoritos.

Mientras el concierto de Pixies se desarrollaba, con el asombroso efecto de que hasta los clásicos parecían piezas nuevas sin apenas recorrido, vulgarizadas por una ejecución casi notarial, inanimada, la multitud se iba deshilachando hacia otros escenarios, aunque en buena medida lo hizo al situado en la misma explanada, para disponerse de cara a The National. Y lo cierto es que la previsión no jugó a favor en este caso, pues la banda de Matt Berninger desplegó un espectáculo visual más disfrutable en la distancia que en la proximidad del escenario. Claro que ver de cerca la gestualidad atribulada de Matt, trajeado, curvándose doliente sobre el micro, luciendo una gafas muy favorecedoras de montura negra y moviéndose con la pausa propia del intelectual sensible dispuesto a compartir su aflicción con la multitud, es un activo que muchos no quisieron eludir. Por ejemplo Justin Vernon, convidado a cantar en Slow show con la banda, que también invitó a Paul Maroon de The Walkmen.

Dando un repaso a su rock de personas que se toman en serio hasta bajar la basura, The National mantuvieron a la multitud ante su escenario, abducidos por la voz de barítono de Matt cantando un repertorio lleno de clásicos. The National es una buena banda para que los adultos se acerquen al rock sin lamentar la ausencia de cabello o la falta de aquella cazadora de cuero tirada al llegar a los cuarenta, pues tienen aire concentrado, moderado tono épico, canciones bien construidas en lenguaje de rock adulto, que no melifluo, y un intelectualismo formal asequible que no distancia sino que connota sabiduría y buen gusto en quien escucha piezas como Whers is my girl, Conversation 16 o Mistaken for strangers. De hecho fueron los triunfadores de la noche por encima de los propios Pixies, marcando la diferencia entre una banda que ya lo ha dicho todo y que debería saber que lo mejor ya ha quedado atrás y otra en ascensión y con un techo aún por marcar. Matt no parece beber mucha cerveza ante la tele, o si lo hace, es a escondidas y sólo para mirar series.

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