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Una España en miniatura

El Mundo El Mundo 17/06/2014 MIGUEL A. HERGUEDAS

Toda de rojo, del cuello a los talones, Bélgica parecía esa España reciente que tantas veces quiso sin poder. Un equipo de formas exquisitas, aferrado a un plan concretísimo ante la maldita muralla de siempre. Una selección joven y con muchas expectativas a su cargo, nerviosa perdida ante la inesperada ventaja de Argelia. Un bonito motivo para que sucediera algo distinto en este Mundial. Finalmente, los hados del fútbol así lo decidieron.

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Remontó Bélgica y ya se intuye algo así como algún relevo para la España aún campeona y aún más contra las cuerdas. Quedan tantos partidos que entra vértigo de sólo pensarlo, pero los belgas parecen en el camino. Superaron la primera prueba gracias a Fellaini y Mertens, dos de las novedades de su entrenador. Impusieron su talento al plan ultradefensivo de Argelia. Mejor así. A ver si cunde el ejemplo.

No se trata solamente de estética, que también. Se trata de paciencia y carácter para superar las adversidades, que comenzaron bien pronto, con los continuos pitos de la afición del Mineirao, volcada con el más débil, aburrida de un cuarto de hora sin un solo remate entre palos. De hecho, el primer intento, por supuesto desviado, hubo que apuntarlo a Mehraz tras un voleón de su portero. La defensa de cinco argelina, con el aliento extra de sus volantes ante De Bruyne y Hazard desconectaban sin remedio a los Diablos Rojos. Ni un rasguño hasta el disparo seco de Witsel, hacia los puños del portero. Y de ahí al penalti y al sorpresón.

Culpen a Vertonghen, futbolista del Tottenham, como Chadli, Dembele y el argelino Bentaleb, que ya es casualidad tanta gente spur. El caso es que Vertonghen acudió tarde a cerrar un centro al segundo palo y se llevó por delante a Feghouli. El valencianista, nada intimidado por Courtois, transformó el penalti. Por primera vez, África tomaba ventaja en este Mundial.

Tenía bien aferradas las riendas Argelia, que sólo precisó de siete faltas antes del descanso para mantener a raya el fútbol viscoso del rival. Salía siempre por bajo Bélgica, en las botas de Witsel, con un toque improductivo y de nula profundidad. Incapaz Chadli, sin suministro Lukaku, inexistente De Bruyne en el costado derecho. Hazard precisó de 44 minutos para hacer un regate, pero sus primeras pisadas en el área, junto a De Bruyne ya mostraron el camino para lo que vendría después. El 4-2-3-1 de Wilmots precisaba, entre otras cosas, de las diagonales desde la izquierda del geniecillo del Chelsea. Y más importante aún. Bélgica debía meter al menos una pisada al acelerador y demostrar que el cartel de revelación no era simplemente el invento de algún loco. Un equipo capaz de algo más que esos ocho disparos desde fuera del área con los que cerró el primer periodo. Lo exigían las mínimas reglas del protocolo.

Así lo quiso Wilmots tras la pausa, con la novedad de Mertens en la media punta en detrimento de Chadli y el casi inmediato relevo en la punta, ya con Origi, que se topó con la bota del portero en su primer mano. No suficiente, en cualquier caso. De modo que a la hora de fútbol compareció Fellaini, quizá el gran fiasco del año en Old Trafford. Para buscar una segunda jugada, para pelear algún rebote, para hace lo que siempre se le dio bien en el Everton. No habían transcurrido ni cinco minutos cuando esa cabellera afro conectó el empate.

El centro a pierna cambiada, bajo la rúbrica de De Bruyne y la aparición del mejor Fellaini, que después tuvo otra parecida, para lucimiento de M'Bohli. Después, una transición espectacular de Hazard y la dejada para la sentencia de Mertens. Como si se la hubiera dejado Iniesta a Cazorla, por poner un ejemplo.

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