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Una gota no es lluvia

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 28/09/2017 Lluís Bassets
Una mujer se sienta al volante en Arabia Saudí. © STR Una mujer se sienta al volante en Arabia Saudí.

“Arabia Saudí nunca volverá a ser igual. La lluvia empieza con una gota de agua”. Esta es la reacción en su cuenta de Twitter, con 230.000 seguidores, de la joven saudí Manal al-Sahrif, consultora en ciberseguridad y autora del libro Atreverse a conducir, que fue encarcelada durante nueve días por conducir ilegalmente en 2011.

La gota es el reconocimiento del derecho de las mujeres a conducir automóviles, una reivindicación antigua de 30 años que ha llevado a muchas saudíes a sufrir la represión de la policía religiosa. No entrará en vigor hasta junio del próximo año y es solo una parte mínima, menor incluso, del estatus aberrante en que se encuentra la mujer en Arabia Saudí, en casi todo el mundo árabe e islámico y en general bajo la sharía, la ley coránica que la esclaviza y somete a una dictadura patriarcal.

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El camino por recorrer es larguísimo. Pasará mucho tiempo antes de que las musulmanas gocen de los mismos derechos que los musulmanes. Bajo la ley islámica un hombre vale por dos mujeres en cuanto a derechos de herencia o a la fuerza de su testimonio.

No hay ningún otro país en el mundo donde las mujeres sufran más opresión que en Arabia Saudí. Si acaso en el territorio donde domina el autodenominado Estado Islámico o Daesh (por las siglas árabes). Según el periodista y escritor argelino Kamel Daoud, “Arabia Saudí es un Daesh que ha triunfado”.

El estatuto de la mujer saudí es el de un menor de edad. Nada puede hacer sin la autorización e incluso la vigilancia del marido o en ausencia de un hombre de la familia que hace de guardián. El movimiento en favor del permiso de conducción femenina en realidad combate por la anulación del estatuto de custodia bajo el que se encuentran las mujeres.

El levantamiento de la prohibición es parte de los planes del príncipe heredero y hombre fuerte del régimen, Mohamed Bin Salman, que quiere saudinizar el mercado de trabajo para depender menos de la mano de obra extranjera, e incorporar a la mitad de la población que ahora permanece encerrada en casa sin producir. Para ello necesita a mujeres que puedan desplazarse autónomamente, sin depender de chóferes profesionales o familiares.

Bin Salman quiere rebajar el peso de la economía del petróleo y modernizar la sociedad saudí, con un modelo político en la cabeza, que es el de Emiratos Árabes Unidos, inspirado a su vez en el autoritarismo asiático. Su aliado en estos planes de renovación es el hombre fuerte de Emiratos y príncipe heredero de Abu Dhabi, Mohamed Bin Zayed, que le ha echado una mano en su ascenso, en la guerra de Yemen, en el bloqueo a Qatar y ahora en su imitación del modelo que ha triunfado en Dubái y los otros seis emiratos federados.

Esa gota de agua no anuncia ni mucho menos una lluvia de democracia y de acceso de los súbditos actuales a una ciudadanía con derechos. Al contrario, con este minúsculo cambio lampedusiano, la familia real saudí pretende ante todo que nada cambie y afianzarse así en el poder despótico que detenta.

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