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Una, grande y libre

Logotipo de El Mundo El Mundo 30/09/2017 CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO

Tantos años anunciando la entrada de tanques en Barcelona y al final lo que entraron fueron tractores. Cientos. En fila. Insurreccionales. Impunes. El campo ha tomado física y moralmente la ciudad, y la imagen quedará como el símbolo de esta contienda: el nacionalismo aldeano contra la nación moderna.

De todas las mentiras de este tiempo turbio ninguna más tosca que la que contrapone las convicciones y objetivos del nacionalismo catalán a los de un presunto nacionalismo español. El separatista querría combatir en pie de igualdad con una versión ibérica del histriónico Wilders o la histérica Le Pen. Es una vieja fantasía compartida por la izquierda. Un sector de la socialdemocracia busca aguiluchos con una contumacia enternecedora. Como si del hallazgo dependiera su propia existencia. «Ojo, ojo, que se despierta el dragón». Pero no hay dragón. Ni casi ratón. No digo que entre los 48 millones de españoles no haya admiradores del Frente Nacional. Los hay, sin pudor y con ambición. Pero son gente extravagante. Afortunadamente marginal. El adversario del nacionalismo catalán es la nación española. Una nación cívica, solidaria, moderna. Un Estado de Derecho exquisito, hasta la dejación.

Se ha visto estos días. Como en tantas ocasiones, la defensa de la democracia la están protagonizando españoles anónimos. Un recuerdo para Ana María Vidal Abarca, fundadora de la AVT en tiempos de plomo. Otro para Dolores Agenjo, la única directora que el 9-N no entregó las llaves de su instituto. Estos ciudadanos ejemplares compran banderas españolas y las cuelgan en sus balcones. Arrancan propaganda separatista de las fachadas y los escaparates. Regalan comida a los policías y guardias civiles en sus ridículos paquebotes. Intentan organizar manifestaciones en la calle sin apoyo político ni logístico. Hasta bajan a la plaza Sant Jaume a cantar Mediterráneo contra las instrucciones y el desprecio suicida de Serrat. Ningún partido los lidera ni los moviliza. Al revés. Les reclaman «prudencia, prudencia», como si cada uno de ellos llevara dentro un facha deseando explotar. Estos españoles modélicos son más que ayer, pero todavía pocos. La mayoría, cómoda, escéptica, resignada, observa los acontecimientos desde la barrera. Como el Gobierno, no creyeron que el desafío fuera a llegar tan lejos. Como el Gobierno, no han interiorizado aún la radical diferencia entre el nacionalismo y la nación española.

A los que buscan argumentos para la defensa de España: la nación española es la antítesis del nacionalismo. No hay razón más poderosa ni más emocionante ni más crucial. Lo venimos diciendo desde hace tiempo: el nacionalismo es la guerra y nuestra España es la paz civil. La Transición devolvió a todos los españoles el derecho a decidir que el nacionalismo pretende usurparles mañana. Y en uso de ese derecho los españoles eligieron convivir. Optaron por la reforma frente a la ruptura. Aprobaron una Constitución que rechaza la visión identitaria de España y que nos convierte en ciudadanos libres e iguales ante la ley. Apoyaron una amnistía desde la memoria de los crímenes y la voluntad de reconciliación. Consagraron una monarquía limitada y ennoblecida por los principios republicanos. Y asumieron el máximo nivel de descentralización de cualquier Estado moderno. El valor moral de España no reside en su antigüedad ni en ninguna de sus gestas históricas. No hay un alma de España porque España no es una, grande y monolítica. España es un vínculo. Una voluntad de convivencia que ha durado siglos y que, libremente, se reafirma una y otra vez. No hay ninguna España eterna detrás de esta España. Lo que hay es una democracia.

A diferencia del nacionalismo, la nación constitucional es enemiga de la xenofobia. Nunca ha pronunciado una sola palabra de exclusión, de rechazo, contra ninguno de sus compatriotas. En 40 años, no ha fabricado un solo extranjero. Por ningún motivo. Ni ideológico ni religioso. Aquí estamos varios nuevos españoles: unos defendiendo la nación, otros intentando destruirla. «¡Islamofobia!», claman, del país que convirtió el 11-M y el atentado de Las Ramblas en argumentos contra sí mismo. El anticatalanismo es la otra gran ficción nacionalista. Nadie ha influido más sobre la política española que Jordi Pujol. Ningún partido ha condicionado más los presupuestos generales del Estado que CiU. Y ningún sentimiento colectivo -si tal cosa existiera- ha recibido más atención que el nacionalismo catalán. El único sentimiento nacionalista que merece respuesta, y concreta y contundente, es la xenofobia. Y la única catalanofobia real es la que han sufrido los no nacionalistas desamparados por un Estado ausente.

Dicen que el PP recogió firmas contra el Estatuto catalán. Falso. Recogió firmas a favor de un referéndum en toda España. Dicen que el Tribunal Constitucional se ensañó contra el Estatuto. También falso. Más acomodaticia y la sentencia consagra la disolución del Estado constitucional, con su igualdad y su solidaridad. Hagan una prueba: pregunten al nacionalista más informado o más fanático en qué consistió el famoso cepillado del TC. Díganle que mencione un artículo, una disposición, cualquier asunto... El balbuceo. El silencio.

La nación española es la solidaridad frente al egoísmo, y la modernidad frente a la involución. Sí, la ordinalidad y los tractores. La nación española ha sufragado el PER andaluz, pero también la deslealtad de los hijos reales y metafóricos de Pujol. Cataluña tiene una deuda de más de 60.000 millones de euros con el Estado, el doble que Andalucía. Y lo mismo ocurre en el plano de los símbolos. Frente a Els Segadors, el puño en el corazón, las hoces dispuestas a rebanar cuellos castellanos, el himno español no tiene letra, tal es su voluntad de integración. Por no exaltar sus tradiciones, la nación acepta la prohibición de los toros, símbolo de su identidad, según el neo-nacionalista Sarkozy. ¿Y qué decir de la lengua española, ese patrimonio formidable que hablan 500 millones de personas en todo el mundo? El nacionalismo pretende erradicarla y la presunta nación nacionalista hace poco o nada por evitarlo.

A veces torpe, casi siempre lenta, la nación española es garantía del Estado de Derecho frente a los golpistas de viejo y nuevo cuño. Es decir, frente al nacionalista Tejero y el nacionalista Puigdemont. El Estado de Derecho español jamás se ha extralimitado. Los GAL no fueron un instrumento del Estado de Derecho, sino terrorismo puro y duro. Hace unos días, Arnaldo Otegi escribió un tuit: «La democracia consiste en respetar lo que dice la gente. Después vienen las leyes». El tuitero Philmore A. Mellows le contestó: «No. Si fuera por respetar lo que dice la gente a ti te habrían cortado los huevos. Lo que te ha salvado son precisamente las leyes». Sólo con la ley, pero con toda la ley: este ha sido el único lema militante de la nación. El nacionalismo, en cambio, ha convertido la retórica en un arma contra la ley. «Volem votar!», sonríen a la cámara. Es la fusión del viejo golpismo con el populismo posmoderno.

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Finalmente, a diferencia del nacionalismo de Puigdemont y de Le Pen, la nación española es Europa. Lo es, precisamente, porque rechazó las políticas identitarias. Porque, muerto el dictador nacionalista, abrazó la democracia, el Derecho y la solidaridad. La nación española no reclama ni mucho menos usurpa ninguna soberanía. Al contrario: la cede, una y otra vez. Acepta disciplinadamente los mandatos de Bruselas. Y hace sacrificios sociales por el bien común europeo. Por eso el desafío nacionalista catalán nunca debió ser considerado un asunto interno español. El 1-O es también un ataque a Europa. Y lo que ocurra mañana definirá, también crucialmente, el futuro de Europa.

«Mi querida España», cantan los ciudadanos desamparados hasta por Serrat. Es su única concesión a la nostalgia. La España que celebran tiene poco que ver con la de Cecilia. Es una España luminosa, civilizada, quizás prematuramente descreída. Y sigue cargándose de razones, aunque nunca las necesitó. Desde 1978 España es la razón.

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