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Una huelga sin obreros

Logotipo de El Mundo El Mundo 04/10/2017 JOSÉ GARCÍA DOMÍNGUEZ

La Cuarta Guerra Carlista, de la que apenas acabamos de degustar los entremeses, ha dado inicio a su segundo acto con una bullanga general revolucionaria, al modo de aquella que concelebraron los anarquistas germinales del XIX en la plaza de toros de la Barceloneta, cuando la irritación creciente de la afición ante la mansedumbre de las reses que iban saliendo al ruedo terminó con varios conventos de la Rambla envueltos en llamas y un par de docenas de frailes y curas acuchillados por la turba. Si desde Curzio Malaparte hasta el mayor Trapero el éxito de un golpe de Estado se ha medido por el control efectivo de los medios de comunicación institucionales, el de los edificios públicos estratégicos y el de los cuerpos armados que los custodian, a estas alturas de la asonada procede reconocer que esos hijos putativos del general Cabrera van ganando la partida.

De idéntico modo, y desde que Nicolás Redondo senior y Marcelino Camacho decidieron echarle un pulso a Felipe González cuando aquel célebre primer paro nacional de 24 horas, el éxito o fracaso de una huelga política se calibra por la capacidad para cerrar o no El Corte Inglés. Supremo objetivo estratégico que el Gobierno de la Generalitat, genuino inductor de la jarana como nadie ignora, lograría consumar poco antes del mediodía de ayer en Barcelona, tras forzar varios centenares de sus testaferros callejeros que el establecimiento de la Plaza Cataluña bajase, por fin, la persiana.

Por lo demás, un «paro de país», que así le han dado en llamar los funcionarios encargados de su puesta en escena a instancia de Puigdemont y Junqueras, no puede reunir, ni siquiera bajo el manto ecuménico de la senyera cubana, a la CNT de Durruti y al PDeCAT de la Sagrada Familia con la madre superiora de Andorra al frente. La carne de cañón, esos miles y miles de risueños adolescentes imberbes que han tomado las calles del país petit con sus esteladas a la espalda al modo de las capas de los famosos héroes de los cómics de Batman y el Capitán América, cree que se acaba de alistar en la infantería de una gran guerra contra España.

Pero esta no es una guerra contra España, sino contra el siglo XXI. Y de ahí esa abigarrada promiscuidad contra natura, la extravagante sopa menestra de siglas en la que desarrapados okupas y orondos traficantes de contratas públicas embutidos en exquisitos trajes de corte italiano comparten el mismo lado de la barricada. Y es que, aunque la gran mayoría de ellos lo ignore aún, no combaten contra España sino contra la modernidad. ¿En qué país del mundo se ha visto alguna vez una huelga general convocada, organizada y financiada por el Gobierno en la que participen todos los sectores sociales, todos en su conjunto, menos los obreros? Porque de todo hubo ayer en las calles y plazas de la Cataluña asilvestrada, curil y trabucaire, salvo obreros de los de verdad.

Los del mono azul, los de la Seat, los de la Nissan, los de las grandes plantas fabriles del Bajo Llobregat, ni estaban ni es probable que se les esperase. Al cabo, a los auténticos proletarios de Cataluña la presencia de una bandera estelada les suscita la misma emoción mística que contemplar una salchicha Frankfurt untada en mostaza. La única multinacional autóctona que a día de hoy aún queda en Cataluña es el Barça, todas las demás, sin excepción, son extranjeras. Y en todas ellas se trabajó ayer con plena normalidad.

La Cataluña que vive del mercado, del mercado de verdad, ese en el que los precios de los productos se fijan por la interacción objetiva e impersonal de miles de competidores que operan en escenarios globales, no quiso saber nada ayer de los nietos de Zumalacárregui y su enésima revuelta cerril contra la sociedad abierta. Quien sí se sumó, y con entusiasmo militante, fue la otra Cataluña, la que sigue soñando con instaurar un sucedáneo posmoderno del arancel Cambó que acabe con cualquier vestigio de concurrencia externa dentro de las cada vez más estrechas lindes mentales de sus villas y comarcas.

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Un renovado arancel Cambó que, con la lengua vernácula como primera gran barrera protectora, les garantice que todo cambie para que todo siga igual en esa Sicilia sin luparas que es la Cataluña contemporánea. Repárese, sino, en el comunicado de Pimec, la patronal del vasto entramado corporativo que agrupa a los múltiples mercados cautivos, intervenidos y subvencionados de la región, el caldo de cultivo moral del pequeño empresariado nacionalista. Un papel oficial en el que se califica lo de ayer de «caso sin precedentes», pues nunca antes se habría dado «una situación tan unánime y de consenso en el ámbito laboral».

Un paso más, sólo uno, y ya pueden fundar de nuevo esos caballeros cuatribarrados los sindicatos verticales de productores y empresarios. El propio padre intelectual de la criatura, Cambó, lo gritó en su día: Ni dreta ni esquerra, Catalunya! En cuanto al Estado, en fin, ese brumoso espectro de cuya existencia material en Cataluña sólo los más viejos de la plaza guardábamos aún alguna referencia directa, ha vuelto a desaparecer de la vista. Nada se sabe de él desde el pasado domingo. De nuevo, pues, la calle es suya.

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