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Una mayúscula decepción desbravada a cargo de Adolfo

Logotipo de El Mundo El Mundo 01/10/2017 ZABALA DE LA SERNA

Última cita de un Otoño especial. Gran feria pese al descastado final. La tarde memorable de Miguel Ángel Perera como cima. Y después todo lo demás. Que no ha sido poco. La plaza llena como colofón. Y preñada de banderas de España, agitadas por la indignación que recorre la nación desde la ignominia de Cataluña.

El mano a mano de Juan Bautista y Paco Ureña ante la corrida de Adolfo Martín sostuvo la expectación. La baja de Antonio Ferrera no causó mella.

Bautista anduvo fácil y sereno con el veleto, bajo y apretado adolfo de apertura que se ganó una ovación de salida. Sueltos los brazos desde las verónicas del saludo. Y rítmico el paso en el galleo por chicuelinas. Comedido el castigo en el caballo para su medido poder. Un suave quite por delantales de Paco Ureña, enteramente por el derecho, ya anunció las complicaciones del toro por el izquierdo. Su sosa nobleza la aprovechó el galo en su diestra descolgado de hombros. Los pases de pecho siempre a mano cambiada. La única intentona zurda se saldó con un ataque directo al cuerpo. JB optó por tirar la ayuda y hacer de los derechazos, naturales. Contado ya el fondo que nunca le sobró al adolfo. Quiso el torero hacer un alarde y matar en los medios en la suerte de recibir. Con el punto tardo que siempre tuvo la embestida, desistió de su error. La estocada contraria y atravesada asomó haciendo guardia. Y acarreó un sinfín de descabellos.

Paco Ureña le cambió los terrenos al fino y cornipaso segundo. Brega de pulso que desembocó en una media verónica acaderada. Pedro Iturralde toreó a caballo. Como solía decirse. Dos puyazos en toda la yema. En largo el viaje del adolfo. Más espectacular la distancia que la pelea en el peto. El mismo empleo en la muleta. De ir más que de entregarse. Ureña se acopló a la velocidad de la repetición que no acababa de abandonar los vuelos. Descalzo desde antes de la mitad de faena. La prolongación desmedida enterró los pasajes más clásicos y entonados. Saludó una ovación tras pinchazo y estocada rinconerilla.

Más alto de cruz y dotado de una potente armada, el tercero empezó a sembrar la sospecha de las fachadas vacías. Faltaba la raza, la casta y la bravura. También en este caso la humillación. Juan Bautista lo tapó mucho con su sobrado oficio. Faena sordomuda. Otra vez falló la espada en matador habitualmente tan seguro.

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La descomunal cabeza del cuarto dejaba pequeñas todas las demás sin serlo. Fue todo. Su testa, digo. Sin poder ni querer, no le ofreció a Paco Ureña opción alguna. A la defensiva y sin pasar. Sangre aguada.

En su cara se concentraba el trapío del terciado quinto. Las ovaciones, que la aparición de sus hermanos arrancaron, se contuvieron. Nada por dentro. Apoyado en las manos, tobillero, haciendo hilo... Ni una embestida de verdad regaló. Bautista enfadó a parte de la afición por andar con la gorra. No había causa. Así que el francés decidió que tampoco caso.

El perfil y la seriedad de cuernas de la corrida desaparecieron con el sexto. Nada bueno en sus notas, que apuntaban dificultades en los tercios previos. Paco Ureña le sacó más partido del esperado a base de colocación. No daba nada gratis, pero en su muleta a veces parecía otro. La izquierda de Ureña logró media docena de naturales a puro pulso. O a puro huevo. Un amago de voltereta no fue a mayores. Su entrega también se manifestó con la espada. Y en la ovación de despedida. Punto y final a una decepción mayúscula y desbravada. A cargo de Adolfo la cuenta completa.

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