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Una región española podría ser independiente (y no es Cataluña)

Logotipo de El Mundo El Mundo 26/09/2017 Ricardo F. Colmenero

El culto a los difuntos en la

Galicia

rural ha llegado a tal punto que se han puesto a exhumar un país entero. Uno que el año que viene cumplirá 150 años muerto. Se llamaba República del Couto Mixto y se encontraba en la frontera entre Ourense y Portugal. Tenía forma de triángulo isósceles: el que aún forman sus tres pueblos, Rubiás, Meaus y Santiago, separados por tres kilómetros y medio. Se cree que existió durante 700 años, desde el siglo XII -tres siglos antes de la creación de España- hasta que se formalizó el Tratado de Lindes en 1868, que supuso el fallecimiento del que, según los máximos expertos en su historia, era el Estado más antiguo de Europa.

Su hallazgo, como quien encuentra un cadáver, se debe en parte a la Policía. Fue el ex jefe superior del cuerpo en Ourense, y hoy senador por el PSOE, Luis García Mañá, quien realizando una investigación sobre las fronteras entre España y Portugal encontró los documentos legales de una fábula que le contaba su madre, ex maestra en Rubiás. Había una princesa que reinó después de muerta, un arca de tres llaves y un camino privilegiado que cruzaba la frontera, que sólo podían utilizar unos hombres a los que llamaban los mixtos. No pagaban impuestos, no aportaban hombres a ningún ejército y tenían su propio gobierno, al margen del portugués y el español.

Cesáreo es un mixto. Tiene vacas en Santiago, rubias gallegas, de ésas gigantes que al pasar en coche parece que atraviesas un parque jurásico. Éste está salpicado de petos de ánimas para pedir la intercesión de las almas del purgatorio. Se extiende sobre el valle del río Salas, bajo el muro abrupto, en verano pajizo y en invierno blanco, de la Sierra de Larouco. Debe su nombre al dios celta Larauco, cuyos atributos masculinos le sirvieron hace poco para ser imagen de un congreso de urología en Vigo.

En el Couto Mixto hay 300 terneros, 200 ovejas y medio centenar de vecinos, en su mayoría jubilados del sector de la subsistencia. Junto a la iglesia de Santiago se juntan ocho y un perro a primera hora de la tarde. Parecen fosilizados sobre la pared de una de las pocas casas que no han quedado reducidas a un montículo de piedras ni han sido engullidas por la maleza.

Hay cuatro abuelas, dos con delantales con el azul y el blanco de los celtas, aunque ellas no lo saben. Cesáreo viene de pasarle la ITV al tractor y Sindo, un Guardia Civil retirado, viene a pasar el verano.

¿Y pedir la independencia como los catalanes? ¿O en vuestro caso que os la devuelvan?-, les suelto así, a pelo. A mí lo que me venía bien es un bar-, responde Sindo dándole un codazo a Cesáreo, que en su tiempo libre hace de concejal en Calvos de Randín, el ayuntamiento al que pertenecen Santiago y Rubiás.

A Victoria le pasó como al senador García Mañá mirando el Tratado de Lisboa, cuando vio aparecer a los de la Televisión de Galicia, y que si la Andorra gallega y que si esto y lo otro. «Entonces supe que lo que me contaban de niña era verdad», dice. A Cesáreo se lo contó su abuela, la ciega, quien descubrió el país leyendo un braille de arrugas y muescas en las piedras.

Francisco Gallo llega a bordo de un bastón. Dice que se enteró a los 22 años de que sus antepasados eran «los demócratas más antiguos de la Edad Media» y además «no iban a la mili». Estaba trabajando de albañil. Se subió a un andamio en España y se bajó en una república. «Entonces lo sabían cuatro», dice. Pero lo que sabían era una leyenda. Que si hubo una princesa perseguida. Que si los vecinos del Couto la ocultaron. Que si cada vez que venían a buscarla la movían de pueblo. Y que cuando reinó les dijo que les iba a dar lo que nadie podía darles: la libertad.

García Mañá cree que lo más parecido a aquello es la historia de Inés de Castro, nacida por la comarca, amante del infante Don Pedro, futuro Pedro I de Portugal, pero ya en el siglo XIV. Aunque fue perseguida por los enemigos de los Castro, ni se fugó ni se escondió en su tierra, sino que fue asesinada a puñaladas. La leyenda dice que cuando Pedro I llegó a rey mandó exhumarla, la coronó, la sentó en el trono y obligó a los cortesanos a rendirle honores. Está enterrada en el Monasterio de la Alcobaça, en el tabique nasal de Portugal. Pedro I mandó construir la tumba de Inés a sus pies para verla al levantarse el día que resucitase.

La principal tesis es que el origen del Couto sea el de los coutos homiciados creados en la frontera en la Baja Edad Media. Allí los presos cumplían condena repoblando tierras tras la ocupación musulmana. Un tercer grado al que no tenían derecho los condenados por herejía, los sodomitas o los falsificadores de moneda... pero sí algunos asesinos.

Sindo se planta delante de su casa, y lee una fecha borrosa esculpida en la piedra, «mil ochocientos, mil ochocientos...». Lleva así desde niño, esperando un milagro. A su espalda Cesáreo busca otro, también entre las piedras. Un bar para ofrecer a los escasos turistas de la república algo más que el agua de la fuente, que parece brotar de la misma iglesia. Las piedras son importantes, también lo único, sobre todo las graníticas de la sierra. Está la que se parece a un león, la que se parece a una mujer, la que se parece a una silla y que llaman de las fatigas, la que llaman reina loba, y las que conducen al foso de los lobos, un abismo al que los dirigían en batidas vecinales.

El Couto se convertiría oficialmente en tierra de nadie tras una descripción imprecisa de fronteras en el Tratado de Zamora de 1143, por el que Portugal logró la independencia. La casa de Bragança en Portugal y la de Monterrei en España reclamaron su titularidad, pero no lo suficiente como para merecer una guerra. Mil años después, la frontera sigue igual de imprecisa. En 2005 Portugal construyó un parque fotovoltaico en la sierra. Un mojón con las siglas C.M. permitió descubrir que se le habían colado dos molinos en el Couto, por los que ahora pagan un canon anual de 6.000 euros.

Antes uno podía fiarse de las vacas. Si era una cachena, delgada y con los cuernos muy grandes, es posible que fuera Portugal. Si era rubia y parecía un tricerátops, es posible que fuera España. Las fronteras fueron durante siglos unidades móviles dando bocados en círculos.

Durante 700 años los habitantes del Couto no estuvieron obligados a adquirir ni la nacionalidad española ni la portuguesa, no tenían documentos oficiales ni de identidad, podían dar asilo a los huidos de la justicia española y portuguesa, no podían ser detenidos ni en el Couto ni a una legua de distancia (5,5 kilómetros) pero sí podían llevar armas. Era una democracia primitiva que no cuadraba en tiempos de reyes y señoríos, con una fórmula que parece sacada de Juego de tronos.

El atrio de la iglesia de Santiago era la sede del Parlamento. La máxima autoridad era un magistrado sobre el que recaía el poder judicial, el legislativo y el ejecutivo. Era elegido democráticamente entre los cabezas de familia cada tres inviernos. Estaba asistido por los llamados tres homes do acordo, uno por cada pueblo. Ellos eran los portadores de las tres llaves de un arca de tres cerraduras, en la que se guardaban los documentos oficiales y sólo podía abrirse con el consentimiento de los tres. Todo el material fue destruido en la guerra de la Independencia de 1809, cuando las tropas imperiales del mariscal francés Soult, en su huida de Portugal tras ser derrotado por el comandante Wellington, se metieron en el Couto para saquearlo. Las tropas abrieron el arca a la fuerza y, quizá decepcionadas por su contenido, lo quemaron.

© Proporcionado por elmundo.es

Cuando el pueblo empezó con el revival a finales del siglo XX, a nadie se le ocurrió que los franceses se hubieran dejado el arca. Fue la señora Pepita, una anciana soltera que se encargaba del cuidado de la iglesia, la que dijo que el arca ésa de la que hablaban estaba en la rectoral del cura. La siguieron y en un dormitorio lleno de libros había un arca del siglo XV con tres cerraduras. «Y seguirán apareciendo más sorpresas porque el Couto sigue siendo un misterio», dice García Mañá.

Con algunas sorpresas uno se da de bruces, como cuando en la sacristía de la iglesia de Santiago empezó a caerse la cal que durante siglos cubrió las paredes para combatir la peste y quedaron al descubierto 12 figuras del siglo XV y XVI pintadas al estilo de los maestros de Flandes. La que preside es La dormición de la Virgen, una virgen muerta sacada de los evangelios apócrifos, muy poco habitual. Y está escoltada por un San Bartolomé con un cuchillo y el demonio, y otra figura desconocida.

Los 26,7 kilómetros cuadrados de la república, 13 veces equivalente en extensión a la ciudad-estado de Mónaco, a una cuarta parte de la metrópolis de Barcelona o a un tercio de la isla de Formentera, están cubiertos de castañas, lino, maíz, calabazas, berzas que el invierno convierte en esculturas de hielo. También hay CD atados con una cuerda para espantar a los pájaros. El olor de la república es el del jabón del lavadero y el del estiércol. El silencio suena a aves y a insectos que simulan devorar la nación como un cadáver.

Las mejores vistas del Couto Mixto son las del cementerio de Meaus. La mayor parte de la población del Couto reside en el camposanto. Allí se mezclan españoles, portugueses y mixtos, que cambian de nacionalidad según la fecha de defunción.

El Couto comerciaba con sus países fronterizos sin pagar impuestos a través del llamado camino privilegiado. Un sendero de seis kilómetros hasta el primer pueblo fronterizo, Tourem, que por otro capricho histórico no está al sur, sino al oeste. Por él los mixtos metían y sacaban café, tabaco, bacalao, plátanos, sombreros, aceite, sal, tintes, sedas de Lisboa y delincuentes.

El conde de Floridablanca, en su etapa de secretario de Estado a finales del XVIII, propuso destrozar sus molinos y quemar sus cosechas de tabaco. Su descripción de los 900 habitantes la dejó por escrito: «Feroces asesinos, contrabandistas, receptadores y auxiliadores de cualquier malhechor que se refugia en ellos».

En Rubiás no se ve a nadie. Un parque infantil devorado por la maleza recuerda a Chernóbil. En Meaus tampoco hay rastro de personas. Una casa con una garita de piedra agujereada para sacar los cañones de las armas da la razón a Floridablanca. Fue la casa de un juez. Y un banco. Y una sastrería.

El 23 de junio de 1868 los habitantes del Couto se convirtieron en españoles y en contrabandistas. El Tratado de Lisboa acabó con sus privilegios. Portugal cedió la práctica totalidad del territorio, lo que incluía los tres pueblos y quizá un cuarto desaparecido, que se ha convertido en el penúltimo misterio de la república.

Los pocos historiadores que se han interesado por el caso coinciden en señalar que si en lugar de estar gobernados por un juez, que en realidad era un campesino elegido por los vecinos, hubiera sido un señor medieval, estaríamos hablando de Andorra. Pero económicamente el Couto no daba para un señorío. En el siglo XIX eran sólo tres aldeas miserables, sin ejército y a las que nadie importaba, apuntan. «Los mayores contaban que se vivió bastante bien, pero que se perdió todo», dice el mixto Francisco Rodríguez. El 80% de la población emigró. El abuelo de Sergio Álvarez se fue a Nueva York. Cuentan que hizo fortuna construyendo rascacielos.

Pero la desaparición del Couto Mixto no explica la desaparición de su Historia. «Quedaron desarmados económica y emocionalmente por eso decidieron ocultarla», apunta García Mañá. José Colmenero fue uno de los primeros que entró a cobrarle impuestos a los mixtos. Había emigrado a Cuba en los años 20. Aprendió inglés trabajando como camarero para los norteamericanos en el Casino de La Habana, y se trajo una licenciatura en Teneduría de Libros.

Con él la Agencia Tributaria en los años 30 del siglo XX era algo parecido al salvaje Oeste. Colmenero entraba en los pueblos a caballo. Guardaba las monedas en una bolsa de tela atada al cinturón. Llevaba revólver, pero no por los vecinos, ni por los asaltantes, sino por los lobos.

Celina, su hija, jamás escuchó a su padre hablar de los mixtos, a pesar de que su padre nació cuando la república llevaba muerta menos de 40 años. «Supongo que le preocupaban más otras cosas», apunta, como el año 45, el del hambre, que le arrastró hasta los mixtos a pedir pan para su familia. Cesáreo señala la Guerra Civil como responsable del olvido: «Debieron pensar que si era verdad que esto había sido una república, mejor no removerlo».

Desde finales de los 90, la Asociación de Amigos do Couto Mixto hace flashback, como en Amanece que no es poco, pero con trazas de logia. «Puro romanticismo», dice García Mañá. Se juntan en la iglesia de Santiago a primeros de julio. Leen discursos. Hacen una ofrenda a la estatua de Delfín Modesto, penúltimo juez del Couto. Nombran tres jueces honorarios que visten capas negras con tres llaves rojas diseñadas por Adolfo Domínguez. Guardan documentos en el arca, como el reconocimiento a su singularidad por el Congreso de los Diputados. «Es un lugar herido de muerte que trata de recuperar su autoestima con la Historia, mucho más rica que la de otros territorios con algunas pretensiones», apunta Mañá.

Ahora pelean porque simbólicamente sus vecinos con más arraigo puedan disponer también de la nacionalidad portuguesa. Una de ellas es Victoria, quien pese a estar a punto de contar con dos pasaportes, no se puede explicar más gallega: «Más orgullosa no puedo estar, aunque no sucediera esto».

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