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Una voz diferente

EL PAÍS EL PAÍS 17/06/2014 Fernando Neira

Tenía ya un par de grabaciones danzando por las estanterías, de manufactura casi doméstica, pero La primera piedraconstituye el esfuerzo más evidente de David Torrico por incorporarse a la primera división de trovadores peninsulares. Y el reciente treintañero de Leganés quiso celebrarlo anoche en la Galileo Galilei con pleno de amistades sobre el escenario y entre el público. Se evidenciaron complicidades múltiples, vivencias compartidas, simpatías indisimuladas. Pero también la sensación de que este muchacho tierno y sonriente constituye una propuesta diferente a la consabida canción amorosa o comprometida. Una alternativa puede que aún por madurar, pero macerada con sensibilidad y perseverancia.

Comenzó Torrico en solitario, combatiendo los nervios con unas filigranas sobre el mástil de la guitarra que podrían remitir, salvando las distancias, a Heitor Villa-Lobos. La herencia brasileña constituye su recurrente seña de identidad, por más que en este capítulo le superará siempre entre los nuevos cantautores el gran Hugo Arán. Pero conoce las claves de la armonía, acredita una agilidad inusual e incluso reclama connivencia con una bossa nova como Luna de verano, convencional pero muy bien construida.

Más novedoso es el gusto de Torrico por las intersecciones estilísticas, en ocasiones sugerentes de tan inesperadas. Las costas de la esperanza podría considerarse un reggae aflamencado, mientras que La cama por hacer arranca en Sudáfrica y deriva en pasodoble. Más sorprendente resulta aún Una ficticia tempestad, ya en formato de cuarteto, en la que las onomatopeyas parece invocar el jazz fusión de Randy Crawford con The Crusaders. Sin duda, algo muy diferente a lo que se estila en los territorios de la canción.

Puede que a David le falte afinar sus criterios poéticos, hasta ahora pinceladas entre el amor, la sugerencia y la paradoja que no parecen dirigirse hacia ningún destino concreto. No abundan las frases memorables, el descubrimiento lírico, la concreción. Pero si escuchamos A veces pasa, con esa progresión armónica tan linda, parece claro que le asiste una voz diferente. Y más aún en el caso de La primera piedra, vals de tonalidad ascendente que comienza en un susurro y progresa, con la sola compañía de un piano, hasta una emoción manifiesta.

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