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Unamuno ha muerto

Logotipo de El Mundo El Mundo 26/09/2017 CHAPU APAOLAZA

La primera vez en que pisé la universidad tendría yo 12 años y la hierba en la boca. Comenzaba, como mucho, a tomarle el sentido a las canciones. Mi padre me metió en la Universidad de Salamanca y me explicó distintas escenas del lugar: los nombres de los estudiantes pintados con orgullo y sangre en los muros, los bancos de madera tosca, la capilla en la que los alumnos velaban las armas antes de su examen... Dejó el mensaje más importante para el final. Me metió en el aula Miguel de Unamuno y nos sentamos en un lateral. "Mira todo esto", me invitó, y después de un tiempo en silencio observando aquellas maderas de principio de siglo y aquel espacio vacío, me habló del viejo rector y del poder de la inteligencia, la cultura y el saber por encima de todas las demás cosas, de todas las fuerzas. También de la importancia de protegerlas, de que existieran lugares en los que pensar y hablar libremente, a salvo de los que quisieran imponer una manera de discurrir, una manera de ser. También de defender las ideas que no fueran la nuestra, pues en eso -me contaba- radicaba la tolerancia, piedra de toque de nuestra sociedad. Después, frente a los matones de ETA en el Boulevard de San Sebastián, en las manifestaciones del lazo azul, en los funerales de los asesinados y en los artículos de prensa, él me daría muchas lecciones sobre la defensa de la libertad. Pero esa fue la primera.

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El lunes andaba yo exultante porque, casualidades de la vida, tendría el honor de sentarme a hablar en aquella misma aula junto a otras personas en la inauguración de la Cátedra de Estudios Aplicados a la Tauromaquia de la Fundación General de la Universidad de Salamanca y la Junta de Castilla y León. A mediodía, el acto se suspendió por orden del rector. Al parecer, había tomado la decisión por no poder "garantizar la seguridad" de los que intervenían ante una presunta concentración de carácter antitaurino. En realidad, la concentración ni se había formado y la medida se había tomado en respuesta a la convocatoria en las redes. Los tuits tumbaron el acto.

El hecho, el efecto y el símbolo se me antojaron devastadores. En primer lugar, porque alterar un acto académico supone un gravísimo ataque a la libertad de pensamiento, de expresión y de cátedra que no se debe tolerar. En segundo lugar, porque si un rector no puede garantizar la seguridad y por tanto, la libertad de cátedra, ¿qué es lo que puede garantizar? ¿Podrán hablar en la Universidad de Salamanca personas sujetas a amenazas de otro orden? ¿Perseguidos por Daesh? ¿El cartel de Sinaloa? ¿Sigue siendo le Universidad un lugar de refugio para las ideas libres y perseguidas, un lugar seguro para las minorías? ¿Cuál es la vulnerabilidad de cualquier programación? ¿Suspendería el rector un concierto de Serrat presionado por los independentistas? En realidad, el hecho taurino es menor en este caso. Lo que está en juego es la tolerancia.

En los últimos años, España ha asistido atónita a algunos episodios de violencia en las universidades. Recuerdo los escraches contra Rosa Díez en la Complutense, por ejemplo. Todas aquellas algaradas siempre me llamaron la atención, pues justamente el espíritu universitario se sostiene sobre la intocable libertad de pensamiento. Entonces no comprendí cómo nadie osaba pretender callar a nadie en un aula. Hoy me sorprende aún más que sea el rectorado el que les haga el trabajo a los intolerantes. No es que consigan suspender un acto, es que se lo dan suspendido; el triunfo del matonismo a priori, la victoria del miedo, la claudicación última en respuesta no sé a qué. ¿A la sensibilidad taurina del propio equipo directivo? Espero que no.

Me recuerdo a mí mismo en los tiempos en los que escuché aquella historia del viejo rector en el paraninfo. Me pregunto qué hubiera pasado si hubiera hecho las cosas de manera distinta, si hubiera suspendido el acto por razones de seguridad. ¡De la suya propia! De haber sucedido, nunca le hubiera dicho a Millán Astray esto que dijo: "Este es el templo de la inteligencia. Estáis profanando un sagrado recinto". Ni hubieran seguido vibrando en las paredes aquellas palabras. Las escuché yo mismo, de alguna manera, aquel día en que mi padre me llevó a conocer la universidad con la hierba en la boca. Y, de alguna manera, seguían vivas, quizás hasta ayer mismo. Me recuerdo a mí mismo y todas aquellas cosas con las que fantaseábamos sobre el siglo XXI: coches volando, máquinas del tiempo. Sabíamos que vendrían a derribar las puertas de la universidad y a profanar aquel espacio tiranos, explosivos y pistolas -y vinieron-, pero nunca hubiera creído que un centenar de ecologistas con Twitter me iban a conseguir callar en la Universidad de Salamanca. Unamuno ha muerto, qué lástima.

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