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Valencia melancólica

EL PAÍS EL PAÍS 30/05/2014 Carlos González Triviño

Al labrador valenciano lo retrata en general la tradición como a un personaje apacible y frutal que se encuentra en una relación de abundancia idílica con la naturaleza. Normalmente adopta una pose de generosidad, una actitud de ofrecimiento. Y suele hacer su aparición en la escena ya ataviado para el asueto, una vez que ha terminado de trabajar en el campo. El arquetipo simbólico del campesino catalán, el segador, responde a una inspiración bastante diferente que refleja una forma casi dramática de relacionarse el campesino con la tierra. Los productos de la siega son áridos y casi siempre de primera necesidad. No hay colorido, no hay alusión a la carne en un sentido vegetal. Y además de ello, el segador es siempre un personaje retratado en la connotación subliminal de ser un campesino armado.

A día de hoy si me preguntasen qué es un valenciano diría, casi por definición, un ser que cree haber nacido rico. Y que sigue sin dar con la entonación apropiada para expresarse a sí mismo en las idas y venidas del guion nacional en que se plasman las pretensiones de la confrontación política y teatral respecto al modelo de estado y otras cuestiones clave como la financiación o las infraestructuras.

Después de más de treinta años de autogobierno el pueblo valenciano no ha dado aún con una interpretación referencial de su identidad que pudiésemos considerar de éxito. Tenemos por un lado la valencia asimilacionista del catalanismo plurinacional. Una valencia que representa, en términos de distanciamiento sociológico, una forma singular de ausencia de visión política que al final solo podía plasmarse en el contundente rechazo popular que ha sido.

Su versión rival, el blaverismo secesionista, bien puede considerarse un disparatado despropósito dados sus intentos de manipulación historiográfica respecto a los orígenes y la identidad de los valencianos. Más allá de su éxito en la promoción de ciertas asonadas populistas, como molde para una identidad colectiva su propuesta no podría prosperar, porque el valor de lo auténtico puede construirse sobre una paradoja, pero no sobre una falsificación deliberada.

Al pancatalismo tardofranquista y su hijo ilegítimo, el valencianismo blavero, le siguió un valencianismo de tercera vía que podríamos llamar melancólico. Distante de ambos extremos y en cierto modo como fórmula de superación de ellos, su planteamiento emerge en tiempos más recientes como una forma más lúcida y sopesada de enfocar la narración sobre la identidad valenciana consistente en hacer del potencial mediterráneo el mejor elemento de vertebración conjunta entre Cataluña y la Comunidad Valenciana.

Esta visión tenía el mérito de proponer una alternativa pragmática de nuestra identidad, un programa que se basaba en la cooperación logística y comercial, sin bloquear la posibilidad de unos vínculos más estrechos con Cataluña, preservando la integridad de las herencias históricas y el rigor de la comunidad lingüística, sin levantar al mismo tiempo excesivas suspicacias.

Es un logro de este valencianismo, oriundo del siglo XXI, haber reunido en torno al proyecto del Corredor Mediterráneo un consenso de amplio espectro al que se unieron los representantes más sensatos de los valencianismos precedentes, así como los sectores más moderados y solventes de la izquierda y la derecha. El cierre de filas mediático y el fuerte predicamento empresarial hicieron el resto, por lo que durante algunos años se ha vivido una edificante situación de pax catalano-valenciana.

Sin embargo, el nutriente simbólico-intelectual de este valencianismo meláncolico, basado en el inexistente ideal de una perfecta reciprocidad de intereses con Cataluña, conservaba un cierto fondo como de ofrecimiento frutal al primo hermano segador. Esta es la razón por la cual la agenda soberanista de Cataluña, legítima aunque plenamente autorreferencial, ha hecho entrar en crisis esta propuesta narrativa. Por su efecto de precarizar la idea de una simbiosis mediterránea y por introducir serias discontinuidades en aquello que necesitábamos vislumbrar como un mismo ecosistema comercial sobre el telón de fondo de una geografía y una lengua compartidas.

La vía de la autodeterminación es profundamente insolidaria con la idea de una apuesta común en favor de la baza mediterránea. Pero esta ruptura unilateral del idilio, al valencianismo melancólico le había pasado totalmente desapercibida. De ahí que los años ya transcurridos desde la puesta en marcha del proyecto autodeterminista no hayan dado para una reflexión útil sobre los efectos de la consulta en los intereses valencianos. O que el valencianismo melancólico se haya quedado literalmente perplejo frente a quienes de algún modo han incidido en la quiebra afectiva que comporta el independentismo catalán respecto a la Comunidad Valenciana.

A día de hoy Cataluña prepara en soledad su propio proyecto logístico sin ninguna preocupación más allá de que el puerto de Barcelona sea la indiscutida capital del Corredor Mediterráneo. Las incógnitas arancelarias, aduaneras y fronterizas que ello comporta para los intereses industriales valencianos exigen prepararse para otro guion, que no tiene nada que ver con el marco de una bucólica relación de confianza económica mutua.

Algo en el ambiente parece indicar que los valencianos podríamos encontrarnos en la antesala de una importante tensión comercial con Cataluña y que hemos de ser capaces de preparar nuestra propia agenda mediterránea, como realidad nítidamente transeuropea y con capital portuaria en Valencia. Necesitamos una visión así para abordar con realismo nuestra anorexia identitaria y el problema palpable de nuestra minoría de edad. Butterfly no debería esperar durante más tiempo al coronel Pinkerton. Sucede que no todo cuanto interesa a la madre patria ha de resultar beneficioso para las colonias. Y esta es la cierta inmadurez histórica e intelectual que habrá de superar el valencianismo melancólico, que probablemente haya de hacer su propia transición bolivariana.

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