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Vidas inventadas

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 08/06/2014 Cristina Galindo

Se crió en un pequeño pueblo de Camboya, a orillas del río Mekong, con un hombre mayor al que llamaba abuelo y que la maltrataba. Fue vendida a los 13 años y, tras pasar por un matrimonio forzoso, acabó en el mundo de la prostitución contra su voluntad. Este terrorífico pasado ayudó a Somaly Mam, premio Príncipe de Asturias de Cooperación en 1998, a convertirse en uno de los más populares símbolos de la lucha contra la esclavitud sexual y a recaudar millones de dólares para su causa. Pero la supuesta pesadilla que fue su infancia ha quedado ahora en entredicho. La activista dimitió a finales de mayo después de que una investigación independiente, encargada por su fundación tras graves acusaciones periodísticas, hallara falsedades en su biografía.

Muchos de los detalles narrados por Mam —y por algunas de las muchachas que asegura haber salvado— no encajaban. Como tampoco cuadraban los detalles de las vidas fabuladas de otros personajes que, bien por dinero o por reconocimiento público, consiguieron engañar durante años a expertos, familiares, amigos y opinión pública. Las contradicciones dejaron al desnudo a Enric Marco, que durante tres décadas fingió ser preso del campo de concentración nazi de Flossenbürg; Alicia Esteve Head, que se hizo pasar por víctima del 11-S sin haber si quiera estado ese día en Nueva York y llegó a presidir una asociación de víctimas, y Rigoberta Menchú, la líder indígena guatemalteca que trufó su biografía con alguna que otra mentira piadosa. “Hay dos tipos de mentirosos”, explica el profesor de Psicología de la Universidad de Murcia, José María Martínez Selva, autor de varios libros sobre el engaño. "El primer tipo es el de los mentirosos crónicos, que tienen muchas dificultades para controlar su conducta y están más cerca de la psicopatología. El segundo corresponde a personas que utilizan la mentira como un instrumento para conseguir fama y dinero", dice. En este último grupo están Mam y Marco".

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El problema es que, cuanto más tiempo pasa, más detalles dan y más inconsistente se vuelven sus historias. Somaly Mam abrió, sin saberlo, la primera brecha en su biografía en abril de 2012. Ante un panel de expertos de Naciones Unidas afirmó que el Ejército camboyano había matado a ocho chicas durante una redada en uno de sus centros de acogida. Tal afirmación no pasó desapercibida en Camboya. “La noticia fue cubierta ampliamente por los medios locales; altos cargos de la policía y empleados de Naciones Unidas en ese país lo negaron”, recuerda el periodista británico Simon Marks, que entonces trabajaba en el Cambodia Daily en Phnom Penh. La propia Mam admitió que había exagerado.

Su excesiva tendencia a la invención era objeto de especulación desde hacía tiempo entre las ONG del país y el rumor llegó a Marks. “Fue así como empecé a investigar”, cuenta desde Bruselas, donde trabaja ahora para el mismo rotativo. Sus reportajes pretendían reconstruir la cadena de mentiras fabricada por la activista. Vecinos del pueblo natal de Mam, Thloc Chhroy, contaron que la vida de la pequeña Mam fue más normal de lo que ella había relatado. Nadie recordaba al abuelo, ni al hombre que supuestamente la compró. Un testigo la recordaba con sus padres y, según una mujer de la edad de la activista, estudió hasta secundaria. También existen dudas sobre la veracidad del testimonio de una de las víctimas salvadas por la fundación, Long Pros, que aseguró que perdió un ojo a causa de los golpes propinados por un proxeneta furioso. Según su familia y su médico, fue por un tumor. Un exasesor de la fundación y el exmarido de Mam, el francés Pierre Legros, con quien se casó en 1991 tras abandonar la prostitución, niegan que la hija de la activista fuera, como ella sostiene, secuestrada por unos traficantes en venganza por la labor de su madre. Legros mantiene que se escapó con su novio.

La camboyana Somaly Mam contó que fue vendida a los 13 años y acabó ejerciendo la prostitución. Ha dimitido al frente de su ONG tras destaparse falsedades en su biografía. / LUIS MAGÁN

Muchos de esos hechos que ahora se cuestionan fueron contados por ella misma en televisión y en sus memorias, El silencio de la inocencia (2005). Su dura historia personal la hizo más famosa y dio más visibilidad a su fundación, que ha rescatado a miles de mujeres atrapadas en burdeles del sureste asiático. Mam logró atraer a su causa a líderes políticas como Hillary Clinton y actrices como Susan Sarandon y Meg Ryan. La directora de operaciones de Facebook, Sheryl Sandberg, forma parte del consejo de asesores de su organización. La reina Sofía ha promovido su causa e incluso fue a visitarla al hospital cuando la activista cayó enferma en un viaje a Madrid.

En 1998, Mam recibió el premio Príncipe de Asturias compartido con otras mujeres, entre ellas Rigoberta Menchú. Fuentes de la Fundación Príncipe de Asturias indican que no está previsto retirarle el galardón. Los estatutos de la organización, además, no recogen esa posibilidad. En España, la ONG abrió una oficina en Madrid, en la calle de Canarias, para impulsar una campaña internacional contra el tráfico sexual. Ahora está vacía. Ya no hay actividad. Entre 2003 y 2008, recibió 1,86 millones de euros de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo. El organismo ha tenido que recurrir al BOE —por no poder comunicarse a través del último domicilio conocido— para reclamar a la rama española que justifique fondos por al menos 79.177 euros o que los devuelva. Por lo general la reclamación de fondos no significa necesariamente que haya habido irregularidades, sino que está pendiente de justificación el dinero donado para un proyecto o que este no se ha realizado. En cualquier caso, la ONG ya no está activa en España, según apunta una antigua colaboradora.

Los reportajes de Simon Marks tuvieron un efecto relativamente limitado hasta que la historia salió en la revista estadounidense Newsweek a finales de mayo. Somaly Mam Foundation, la cara internacional de la organización, nacida a partir de la ONG Afesip Camboya y Afesip Laos, pidió a una firma independiente que comprobara el pasado de su presidenta. Las conclusiones del informe no se han dado a conocer, pero provocaron la dimisión de Mam al frente a la organización. “Nadie quiere creer realmente que una mujer tan bella y encantadora, que defiende una causa increíblemente noble, sea capaz de comportarse así”, opina Marks. “Con el paso del tiempo, Somaly Mam se convirtió en nuestra heroína y la admirábamos, sin cuestionar realmente lo que decía o hacía”, añade. Mam no ha detallado qué es verdad y qué es mentira. Sus defensores dicen que al menos su vida inventada ha contribuido a recaudar más fondos contra la esclavitud sexual. Sus detractores responden que supone un golpe para la credibilidad de las ONG. El objetivo de las invenciones de Mam era recaudar fondos para ayudar a las mujeres, pero también es cierto que, como parte del éxito de sus campañas, su salario ha ido creciendo año a año hasta alcanzar 138.000 dólares en 2012.

La fundación de Mam ha recibido 1,86 millones de la AECID, que ahora le exige que justifique algunos fondos

Las medias verdades y las medias mentiras son la salsa de algunas biografías, como la de Rigoberta Menchú, defensora de otra noble causa: los derechos de los indígenas mayas que, entre 1978 y 1983, sufrieron la brutal represión perpetrada por el Ejército guatemalteco. Un genocidio que dejó unas 200.000 víctimas, entre muertos y desaparecidos. El libro que catapultó a la activista hasta el premio Nobel de la Paz, Yo, Rigoberta Menchú, está plagado de datos “inciertos”, con “experiencias que ella nunca vivió”, según las conclusiones del antropólogo norteameriano David Stoll, publicadas a finales de los noventa. El experto describió una cadena de inexactitudes, exageraciones y falsedades, y concluyó que Menchú utilizó en su autobiografía experiencias de otras personas en función de sus necesidades. La líder indígena negó que hubiera mentido, si bien reconoció que el rigor histórico no era su prioridad: “Mi madre fue violada, asesinada (...) Si fue o no fue comida por los animales, dejemos trabajar a los investigadores, y puede ser que la madre comida por los animales sea la madre de otra india”, dijo Menchú, que en 2007 fue candidata presidencial. La guatemalteca siempre explicó que nunca había ido a la escuela, aunque después reconoció haber asistido a clases en un colegio de monjas sin estar matriculada. Rigoberta dijo que mintió sobre este punto para no poner en un aprieto a las docentes.

Durante 30 años, Enric Marco se hizo pasar por el prisionero 6.448 del campo de concentración de Flossenbürg, contó su tragedia en conferencias y presidió una asociación en Barcelona. / Consuelo Bautista

No es la única biografía exagerada o maquillada para captar el interés de otros. “Utilizan información que suele ser en parte cierta y en parte falsa; hacen suyas las experiencias de otros, y los demás les creemos porque sus vidas impresionan y nadie está pensando en cuestionar la vida de gente que dice haber sufrido tanto”, explica Héctor González, doctor en Psicología y profesor de la Universidad Complutense de Madrid.

Muchos acaban siendo descubiertos porque han llevado su mentira demasiado lejos. Una vez desenmascarados, algunos confiesan y se justifican. “La gente me escuchaba más y el trabajo divulgativo era más eficaz”, justificó Enric Marco en mayo de 2005. Nunca había estado en Flossenbürg como prisionero. Visitó el campo de exterminio nazi al menos una vez, muchos años después de la II Guerra Mundial. “Supongo que fue a ver el lugar para familiarizarse con él y obtener algunos datos para enriquecer sus anécdotas”, explica Benito Bermejo, el historiador que destapó su caso.

Cuando conoció a Marco, y vio lo esquivo que se mostraba a la hora de dar detalles sobre su devastadora experiencia como el deportado número 6.448, intuyó que algo fallaba. “Había leído algunas cosas sobre él y me parecía que algo no cuadraba; pero pensé que ese tipo de relatos de víctimas que han pasado por grandes traumas suelen ser confusos”, recuerda Bermejo. “Después, hablando con él en persona se mostró molestó, esquivo, incluso en cierto modo violento; me preguntó que para qué me metía en esos temas, que había cosas más interesantes que investigar”, añade. “¿Y eso me lo dice el presidente de una asociación de expresos? No tenía sentido”, recuerda.

Marco estuvo al frente de la Amical Mauthausen, con sede en Barcelona y dio decenas de conferencias sobre el horror de los campos nazis. Fabricó su mentira en 1978. Un papel oficial de la época, hallado por el historiador, demostró que estuvo en Alemania durante el conflicto armado, pero no como deportado, sino trabajando voluntariamente gracias a un programa de colaboración acordado en la época por Franco y Hitler, que necesitaba mano de obra para cubrir los puestos dejados por los que habían marchado al frente. Marco pasó seis meses en una cárcel —el motivo no está claro—; no en un campo. Como todo buen impostor que no quiere que le pillen, evitó exponer su mentira a las verdades de otros: auténticas víctimas contaron a Bermejo cómo Marco les rehuía cuando coincidían en algún acto. “Una de las víctimas de Mauthausen me dijo una vez: ‘Ese Marco se escurre como el aceite”, recuerda el historiador. El hecho de que los deportados compartieran sus sospechas le animó a dar el paso y denunciar las falsedades del catalán.

Rigoberta Menchú fue acusada de falsificar partes de su biografía y atribuirse hechos vividos por otros. Reconoció algunas contradicciones, pero negó haber mentido. / Claudio Álvarez

Muchos impostores basan sus mentiras en hechos tan sensibles y duros que dudar de sus historias es complicado. “El elemento no racional, afectivo y de prestigio, de la gran impostura se ve en que quieren alcanzar notoriedad inspirando lástima. Siguiendo la misma táctica de los niños que quieren llamar la atención llorando sin motivo, o fingiendo haber sido agredidos, los impostores alcanzan el propósito de constituirse en objeto de admiración en el centro del grupo social inventando o distorsionando una infancia o juventud terribles (Rigoberta Menchú, Somaly Mam), o bien el sufrimiento espectacular de los campos de concentración nazis (Enric Marco) o de la tragedia del 11-S (Tania Head)”, opina Miguel Catalán, profesor de Ética de la comunicación de la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Valencia.

La forma extrema del engaño se conoce como pseudología fantástica, una tendencia a mentir compulsivamente, explica Héctor González. En este perfil parece encajar Alicia Esteve Head, alias Tania Head, que se convirtió en la víctima perfecta del 11-S. “Todos nos enamoramos de ella. Era cautivadora, elegante y sofisticada, y sonreía amablemente”, explicó el periodista Angelo Guglielmo en 2012. Esteve aseguró ser una de las supervivientes del atentado contra las Torres Gemelas, donde aseguraba haber trabajado como ejecutiva para el banco de inversión Merrill Lynch. Contó, emocionada, que perdió a su prometido, Dave, que estaba en la otra torre. En realidad, cuando los aviones impactaron en el World Trade Center, Esteve, que como hija de una británica hablaba perfectamente inglés, estaba en Barcelona, donde residía en el barrio de Sarrià. Sin embargo, consiguió hacer creer a todos durante años su historia, incluso a Guglielmo (coautor del libro y documental La mujer que no estuvo allí, sobre las andanzas de la española). Se puso al frente de una asociación de víctimas que cofundó y se fotografió con varias personalidades de la ciudad, como el alcalde Michael Bloomberg y el exalcalde Rudolph Giuliani, a los que acompañó en una visita guiada a la zona cero.

“Los mentirosos compulsivos buscan el reconocimiento social, la admiración y van construyendo la mentira”, explica Héctor González. “Dicen que tienen trabajos interesantes, que conocen a gente interesante y, sobre todo, crean un personaje que asimilan como propio: la mejor estrategia de engaño es el autoengaño”.

La vida inventada de Esteve le costó perder su trabajo en Barcelona. Ahora está ilocalizable. Martínez Selva la considera una fabuladora nata: “Mentía en la escuela, en el instituto, en la escuela de negocios y creo que, esté donde esté ahora, estará mintiendo”. 

Psicópatas, tramposos y timadores

  • Jean-Claude Romand. En el caso de este francés, que se hizo pasar por médico de la Organización Mundial de la Salud durante años, la mentira acabo en tragedia. Vivió una doble vida durante años y, cuando estaban a punto de desenmascararle, mató a su familia en 1993. Inspiró a Emmanuelle Carrère para escribir El adversario.
  • Frank Abagnale. Suplantó varias personalidades (médico, abogado y piloto) en los años sesenta y cobró cheques falsos. Su vida fue contada por Spielberg en Atrápate si puedes.
  • Stephen Glass y Tommasso Debenedetti. Estos periodistas no se inventaron sus vidas, sino la de los demás. Escribieron con una sola fuente: su imaginación. Debenedetti publicó entrevistas a Philip Roth, Gore Vidal, Toni Morrison... todas falsas. Glass fue descubierto en 1998 tras publicar un reportaje con un supuesto hacker de 15 años que resultó ser una invención.

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