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Vieja contra nueva economía

El Mundo El Mundo 11/06/2014 JOHN MÜLLER
© Proporcionado por elmundo.es

La huelga de taxistas europeos contra Uber hizo ayer perfectamente visible cómo la economía digital subvierte la economía tradicional. Dos de las fuerzas más conocidas de la nueva economía actúan en favor de Uber y de otros servicios similares: una es la caída de los costes de transacción y la otra es la denominada Larga Cola (Long Tail).

En términos vulgares, los costes de transacción, tal como los formuló el fallecido Ronald H. Coase, son obstáculos o tareas que hay que superar que motivan la creación de empresas. El ejemplo más citado es el de la desaparecida Kodak. Esta empresa fue creada para resolver una necesidad: la de conservar imágenes en soportes manejables. Para ello, Kodak recurrió a una integración vertical total. Controlaba desde la extracción del mineral de plata de sus películas hasta la propiedad de las tiendas de revelado. Todo se vino abajo cuando la fotografía digital redujo los costes de transacción en que se había especializado al hacer innecesario el revelado químico y la película.

La Larga Cola es un fenómeno descrito en 2004 por Chris Anderson en la revista Wired. Se trata de una distribución estadística caracterizada por una elevada concentración al comienzo de la curva que después se va achatando como si fuera la cola de un dinosaurio. También se le conoce como la regla 80/20 del economista Vilfredo Pareto. Bajo este sistema ha funcionado históricamente el comercio: se trata de poner en los escaparates el 20% de los productos que le gustan al 80% de las personas, básicamente porque los escaparates no son infinitos.

La Larga Cola supone que ese 20% de personas que busca el 80% de los productos menos populares y más específicos también puede ser satisfecha gracias a la tecnología. Bajo este principio funcionan negocios como Amazon o Netflix, donde el que antes era un cliente tóxico, ya que imponía al negocio unos costes operativos no asumibles, ahora es rentable porque puede encontrar su libro favorito de poesía bantú -ya descatalogado- o una película de la Yugoslavia de Tito de bajo presupuesto.

Lo que hace la tecnología de Uber o de Blablacar es aprovecharse de estos dos principios para generar un servicio nuevo que cubre una necesidad vieja: trasladarse de un sitio a otro. Así, el principio de la Larga Cola (satisfacer a un cliente específico) opera precisamente porque los costes de transacción son bajos gracias a la tecnología. Nadie se pasaría una mañana tratando de identificar un coche sin marcas que esté dispuesto a llevarlo a su destino preguntándoles si es un uber, me indica Josep Valor, profesor de Sistemas de Información del Iese. Como tampoco es humanamente posible saber si alguien va a viajar a Málaga en un coche donde le sobran plazas libres a determinada hora y está dispuesto a llevar a un pasajero desconocido.

El choque entre la vieja economía y la nueva «es inevitable», dice Valor. Lo llamativo es que la colisión ya no castiga sólo a negocios privados como los medios de comunicación que han sufrido estos fenómenos desde hace años y que no hemos sabido aprovecharlos con innovaciones disruptivas, como sí ha hecho Google, por ejemplo. El conflicto ahora amenaza directamente al corazón del Estado. Porque es el Estado español el que ostenta el monopolio del servicio de taxi en este país y los taxistas apenas son meros concesionarios del mismo tras pagar una licencia.

¿Es coherente que la Comisión Europea salga en defensa de Uber y otras aplicaciones? Teniendo en cuenta que esa misma Comisión después defiende el intervencionismo público para garantizar la vigencia del modelo social europeo que llamamos Estado de Bienestar, no lo parece. El debate ya ha empezado porque Fomento dice que el límite está en el lucro. Pero es importante conocer qué fuerzas del mercado, desatadas por la tecnología digital, están en juego, porque aunque prefiramos regulación a libertad, estas leyes son imparables y han venido para quedarse.

johnmuller.es@gmail.com

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