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Viva el Rey aunque pierda

El Mundo El Mundo 05/06/2014 MANUEL JABOIS

Cinco hermosos caballos blancos, sobre los que no importaría saltar setos con más destreza que la niña de los ojos de Rhett Butler, iban abriendo un sendero entre la muchedumbre ufana que colapsaba los accesos a la plaza de Las Ventas. Dos chiquillas se elevaban sobre el humo de los puros y repartían coquetamente flyers del fabuloso Las Vegas Bingo. Pues bien: también las apartó la Policía Montada. Frente a la Puerta de Arrastre, donde están el desolladero y las barras de copas (beber martinis dando saltitos para esquivar sangre es una de las complejas tradiciones de Madrid), se colocó una rubia de maneras austríacas que resultó ser Carmen Lomana. Enormemente elegante al conversar con quien se acercaba, y dueña de un protocolo propio, no se entendió ningún movimiento que hizo. Es como Michael Jackson pero renovando los Macaulays.

Varios coches oscuros anunciaron la llegada del Rey. Lo malo de las grandes personalidades de este país es que cuando llegan, entre tanta expectación, tanto coche negro y tantos cristales tintados, nunca sabes si va a bajar un ministro o el cadáver de un primo. Fue poner el Rey en tierra y salir de la multitud un asomo de aplauso que luego, ya con Juan Carlos I erguido, se transformó en una ovación elocuente. Vivas, gritos de pasión y muchísimos móviles al aire para grabar el momento histórico. ¿Qué momento histórico? Entrar por una puerta. A partir de ahora todo lo que haga el Rey va a ser histórico porque va a ser la última vez que lo haga como Rey. Los últimos huevos estrellados, la extinción de la campechanía («¡otra vez al taller!») y muchas cosas bonitas que aún le quedan hacer como Rey. Algunas debería subastarlas.

Saludó a Ana Botella, a Ignacio González y al ministro Wert. Con los dos últimos compartió palco. Entre medias, la plaza llevaba girada su buen rato hacia el sitio en el que se iba a sentar Su Majestad y lo fotografiaba hasta vacío, como si le fuesen a colocar allí un trono. Ay si todas las finales de Copa hubiesen sido así. Se asomó la cabeza redonda, perfumada y lívida del Rey. El público, más de 20.000 personas, se puso en pie y aplaudió conmovido. Mientras, sonaba el himno pero no se escuchaba a causa del jaleo. No hay manera de escuchar el himno de España cuando está el Rey delante. A veces, en medio del gigantesco aplauso de la plaza, muchísimos por monárquicos, muchísimos por lo que tenía la presencia del Rey de defensa de la Fiesta, Juan Carlos I hacía como un gesto de querer escuchar las notas, pero no había manera. Alzó la mano y tras el saludo vino un derrumbe cortés y entregado de Las Ventas. Más tarde, en el sexto toro, un espontáneo se levantó como si estuviese en una boda y gritó «¡viva el Rey!». Fue contestado de forma inédita (se sospecha que por Fandiño, que no le brindó ningún toro al Borbón) y la plaza estalló a los gritos para abuchearlo. Una señora, fuera de sí, propuso entregar al Rey cesante la recaudación de la plaza, que en principio es para la Beneficencia.

Salió a la plaza el primer toro, que pronto se fue cubriendo de sangre como una marea que riega de cadáveres las playas. El Rey había tomado asiento. Corbata verde, rostro relajado y pulgares arriba con la estocada de El Juli. Ignacio González, presidente de la Comunidad, no paraba de señalarle cosas al Rey. Le hacía señas ostentosas con la mano porque sabía González que en medio del festival de abanicos de Las Ventas se levantaban muchos prismáticos que querían ver las últimas veces que hizo cosas el Rey en el palco, y al final el Rey parecía que se iba a sacar su anillo del meñique y metérselo en una oreja. Habría que ver el papel que ha tenido Ignacio González estos últimos años en la abdicación del Rey; a lo mejor lleva ya en la Historia un rato y no se ha enterado.

Juan Carlos I jugó en casa; es una España que se reconoce en sus vicios, el mayor de todos la Corona, que le ofrece un orden viejo y una seguridad de matrimonio empapado en gasolina. Prueba de ello es que Andrés Calamaro salió de la plaza gritando seis veces «viva el Rey».

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