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Vivir en la nueva frontera

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 24/09/2017 Nacho Carretero
Francisco Juste, alcalde de Massalcoreig, en su taller a pocos kilómetros de la frontera con Aragón. © Javi Martín Francisco Juste, alcalde de Massalcoreig, en su taller a pocos kilómetros de la frontera con Aragón.

Francisco Juste está cambiando las ruedas a un tractor. Lo hace a las puertas de su taller, a la salida de Massalcoreig, un pueblo catalán de 500 habitantes en la provincia de Lleida. Es el último pueblo de Cataluña antes de entrar en Aragón. El taller de Francisco está a cuatro kilómetros del límite autonómico. Desde su entrada se puede ver el río Cinca que sirve de frontera y, detrás, los primeros pueblos aragoneses.

Además de mecánico, Francisco ejerce también como alcalde de esta localidad. “¿Ves todo esto?”, dice mostrando su taller, repleto de motores, piezas y herramientas. “Todo está comprado en Aragón y es todo para clientes de los pueblos de Aragón. Si mañana a mí me plantan una frontera aquí, me hunden”.

Francisco es uno de los cientos de vecinos que está siguiendo con preocupación -con verdadera preocupación- el proceso de tentativa de independencia de Cataluña. “Sí, en Madrid y en Barcelona hablan mucho y dicen que les preocupa mucho, pero aquí estamos pendientes porque nos cambiaría la vida de un día para otro. Aquí hay gente trabaja en Aragón y vive en Cataluña, o al revés. O vecinos que van de compras de un lado a otro, o que tienen una finca. Agricultores que venden de un lado a otro, estudiantes universitarios, comerciantes… Aquí no hay frontera, estamos conectados de todas las maneras. Si meten una división aquí, no quiero ni imaginar las consecuencias”.

La Franja

La frontera entre Cataluña y Aragón es conocida como La Franja (La Francha, en aragonés). La mayoría de pueblos aragoneses que se sitúan cerca de la frontera son catalanófonos. Un paseo por cualquiera de ellos sirve para darse cuenta de que, a pesar de estar en Aragón, aquí las conversaciones, los carteles y las señales son en catalán. La Franja es como una extensión de Cataluña fuera de sus límites autonómicos.

Se trata de una zona rural, con grandes extensiones de cultivos y tramos montañosos. Las carreteras serpentean entre los ríos Ebro y Cinca, que sirven de frontera natural. Si no fuera por los carteles, uno no podría saber si está en Cataluña o Aragón. De hecho, para los vecinos de estas comarcas, la frontera es una anécdota administrativa: la vida real no contempla ninguna separación y los vecinos se mueve de un lado al otro.

"La independencia nos cambiaría la vida de un día para otro. Si meten una frontera aquí no quiero ni imaginar las consecuencias”

Magda Godia es la alcaldesa de Mequinenza (Mequinensa, en catalán), un pueblo de la provincia de Zaragoza pegado a la frontera. Nos recibe en su despacho. “En La Franja estamos íntimamente conectados a Cataluña. Aquí hablamos catalán, celebramos el segundo día de Navidad, nuestra gastronomía es catalana… De hecho, la mayoría de vecinos hemos nacido en Cataluña, ya que el hospital que nos queda más cerca está en Lleida”.

Tal es la conexión, que el pancatalanismo considera La Franja como parte de la nación catalana y, ciertas corrientes, definen esta zona como una provincia más denominada Franja de Ponent.

Javier es vecino de Torrente de Cinca, pequeño pueblo de la provincia de Huesca a pocos kilómetros del límite con Cataluña. “Yo me siento catalán, hablo catalán y si Cataluña fuese independiente me gustaría que nos anexionaran. Preferiría pertenecer a Cataluña”. Después admite: “Algunos vecinos pensamos así, pero somos minoría”.

Basta un paseo por las calles de Torrente o de la propia Mequinenza para darse cuenta de que, efectivamente, es un sentir minoritario. “Somos aragoneses y aquí la gente quiere seguir siéndolo pase lo que pase”, dice Ana, vecina de Torrente. “Estamos muy unidos a Cataluña, pero nos sentimos aragoneses y españoles”, añade otro vecino que escucha la conversación.

Magda, la alcaldesa de Mequinenza, lo resume: “Nosotros somos aragoneses. Y la mayoría de gente aquí se siente aragonesa, aunque hable catalán y aunque haya una parte que sí es catalanista. El sentir general es que estamos vinculados a ambos territorios, así que tenemos el corazón partido”.

Frontera entre ambas Comunidades: a un lado Mequinenza (Aragón); al otro, la provincia de Lleida.Javi Martín

A cuatro minutos en coche, del otro lado de la frontera, las localidades catalanas como Granja d’Escarp, Massalcoreig y Seròs son de mayoría independentista. Sus calles lucen banderas esteladas y llamadas al referéndum. Son pequeños pueblos de casas de piedra y callejuelas laberínticas. A mediodía apenas hay vecino, se impone el silencio. José es de los pocos que se deja ver. “Aquí somos independentistas, pero la gente de La Franja aragonesa es soberana y hará lo que quiera, no tienen que anexionarse si no quieren. De hecho, no quieren”.

Cada parte, pues, se quedaría en su lado. Pero José Vilella, vecino de Mequinenza, da una vuelta de tuerca más: “Yo me quedaría en Aragón, pero nací en Lleida. ¿Tendría nacionalidad catalana también, no? ¿Y tendría derecho a votar en el referéndum como catalán que soy, no? Lo digo porque a mí no me ha llegado ninguna información para votar”, dice con una mueca cínica.

“¿Y si mañana esto es una república catalana, los vecinos de nacionalidad española tenemos nuestros derechos garantizados? A mí nadie me ha explicado nada"

La pregunta se repite a la inversa en el lado catalán. Mauricio, vecino aragonés residente en Seròs (Lleida) se pone serio y cuestiona: “¿Y si mañana esto es una república catalana, los vecinos de nacionalidad española tenemos nuestros derechos garantizados? A mí nadie me ha explicado nada. Pasaría a pertenecer a una minoría de nacionalidad española y, como tal, tendrían que garantizarme que mis hijos puedan estudiar en español y que yo pueda seguir usándolo. Pero nadie habla de esto”, afirma.

Jaume Navarra es el otro lado del espejo. Es un jubilado catalán que se ha trasladado a vivir a una finca en Aragón. “Pasaremos a ser dos Estados distintos, pero entiendo que podré seguir viniendo y podré vivir aquí. Lo que no sé es si cruzar la frontera sería más complicado. Espero que no”.

La vida divididos

Si en algo coinciden todos los vecinos de ambos lados de La Franja es que no quieren una frontera separando sus pueblos, separando sus vidas. Eso sí, coinciden desde perspectivas diferentes.

Los vecinos independentistas se niegan a creer que vaya a existir una frontera o una aduana entre una hipotética República de Cataluña y España. “¿Frontera? Aquí no habría frontera, hombre. Si somos el mismo país. Lo que pasa es que pasaríamos a ser dos estados distintos”, dice José, vecino de Granja d’Escarp. Jaume, el vecino catalán residente en Aragón, coincide: “No queremos fronteras, no tiene que haber ninguna separación, somos pueblos hermanos y no queremos alejarnos”.

Pero Francisco Juste, el alcalde que abre este relato desde su taller, adopta un tono de incredulidad cuando se expresa: “¿Pero cómo que no va a haber frontera? Pues claro que va a haber. Y aduana. Ese es el problema, que la gente no quiere verlo, pero aquí aparecería una aduana y tendríamos que pagar aranceles. La gente que hoy comercia con Aragón, las cooperativas de fruteros que venden en Huesca, los agricultores que van de un lado a otro… Todos tendrían que atravesar frontera, pagar aranceles, aduanas… Es que nadie está pensando en esto seriamente”.

"La gente no quiere verlo, pero aquí aparecería una aduana y tendríamos que pagar aranceles"

Sí lo ha hecho Francisco Jové, vecino de Seròs, quien, a pesar de ser independentista, admite que la vida sería más difícil. “Se me haría muy raro que hubiera una frontera aquí”, dice apoyado en su bastón, frente a una enorme estelada que cubre la fachada del Ayuntamiento. “Mi hija trabaja en Aragón, mi yerno también y ambos viven aquí en Cataluña. Me preocupa lo que podría pasar con ellos”.

La otra perspectiva es la de los aragoneses. José Vilella, de Mequinenza, reflexiona sobre el daño que haría una división. “Habría que reorganizar los estudiantes que están en Lleida. También las cooperativas que venden fruta y hasta la gente que va de compras. ¿Atravesar una frontera para irte a un centro comercial a Lleida? Es que lo veo absurdo”.

El sentido común lo pone en forma de conclusión la alcaldesa de Mequinenza: “Es que todo esto es tan hipotético... Es que no hay elementos ni información para imaginar el escenario que resultaría. Por eso estamos tan preocupados. Porque no entendemos cómo se ha llegado hasta aquí y tenemos miedo del deterioro que pueda dejar esto”.

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