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Voluntad popular

EL PAÍS EL PAÍS 16/06/2014 José Ramón Giner

De tanto en tanto, la prensa nos recuerda a los alicantinos el elevado número de edificios que se han destruido en la ciudad en los tiempos recientes. Creo que debemos agradecerles a los periodistas la tarea. En una ciudad como Alicante, donde la memoria urbana ha desaparecido en la práctica, estos reportajes son un valioso recordatorio del pasado. De otro modo, las nuevas generaciones podrían pensar que la ciudad surgió hace cuatro días, como quien dice, lo que no es en absoluto cierto. La arquitectura civil tiene su historia en Alicante. Es una historia modesta, como corresponde a la pequeña capital de provincia que hemos sido, pero no por ello tiene un menor interés. Lo que sucede es que, mientras otras poblaciones han preservado y cuidado sus edificios aquí ha sucedido justamente lo contrario.

Alicante —que yo recuerde— ha tenido siempre un cierto desapego por su historia. No me refiero, claro está, a la historia oficial, sino a esa otra cotidiana que forma el tejido sobre el que se asienta una ciudad y de la cual la arquitectura es una parte importante. Quizá donde mejor pueda observarse el fenómeno al que me refiero sea en el centro de la población. El pequeño ensanche alicantino, formado por unas sencillas construcciones de finales del XIX y comienzos del XX, ha sufrido una brusca transformación en los últimos años. Se han derribado buena parte de los edificios tradicionales que daban carácter a la zona para construir en su lugar unas malas imitaciones de los mismos. Esta falta de sentido puede resultarle al lector sorprendente, pero es real. Pasear hoy por las calles del centro de Alicante —Bazán, Navas, Castaños— es asistir a un espectáculo prolongado de mal gusto. Con el cambio, hemos perdido la memoria que nos unía a quienes nos precedieron en el uso de la ciudad.

A la hora de explicar lo sucedido, suele mencionarse la excesiva influencia de los constructores sobre el gobierno de la ciudad. Al igual que sucede en otros lugares, la complicidad entre éstos y el Ayuntamiento ha sido frecuente en Alicante. Un repaso a las hemerotecas nos mostraría, por ejemplo, la manera en que se levantaron el Gran Sol o el edificio Riscal, esas construcciones que tanto afean el perfil de la ciudad. En el urbanismo, como sabemos, los caminos de la legalidad suelen ser sinuosos. Será con la llegada de Luis Díaz Alperi a la alcaldía cuando el asunto adquiera unos tintes exagerados. Alicante vivía en aquellos días una época de construcción desaforada, y los promotores inmobiliarios impusieron sus intereses con una escandalosa libertad. El resultado es que, en unos años, desaparecieron un buen número de los edificios protegidos de la ciudad.

Cuando se discute de estos temas, se tiende a considerar al alicantino como una víctima de la situación. La afirmación es cierta, aunque convendría matizarla. No hay duda de que el alicantino padece el estado actual en que se encuentra su ciudad. Hoy en día, se sabe gracias a los estudios que nuestra calidad de vida se ve afectada, de manera muy directa, por la arquitectura que nos rodea. Pero —-y este es el matiz que no debemos olvidar— el Alicante actual es, en buena media, el resultado de lo que los alicantinos han querido que fuera su ciudad. La destrucción de Alicante no se ha producido en contra de la voluntad popular, sino con su conformidad. Las advertencias de los especialistas, que denunciaron una y otra vez lo que estaba sucediendo, jamás encontraron eco en la ciudad.

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