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Volver a caminar después del huracán María

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 03/10/2017 Pablo de Llano
© Proporcionado por ElPais

Escasez. Domingo 24 de septiembre. Cuatro días después del huracán María, Carmen Navedo, 69 años, estaba sentada en su casa sin techo de Villa Calma esperando alguna ayuda.

Domingo 1 de octubre. Carmen Navedo seguía sentada en su casa sin techo esperando algo más de ayuda oficial que la que le había llegado: una bolsa con un surtido variado de comida chatarra provista por su municipio, Toa Baja.

Aparte de eso tenía arroz y habichuelas que había comprado antes del huracán, y un resto de bombona de gas para cocinarlos. El día antes –sábado 30– lo había pasado mal porque no había bebido agua: "Tenía la garganta seca, los labios resecos. Por la noche me puse a llorar de sed".

Carmen Navedo en su casa de Villa Calma con su hija Ana.BENJAMÍN MORALES

Su hija Ana, 49 años, a su lado, la regañó: "¡Mamá, están repartiendo agua en la escuela, tienes que salir a la calle a buscar si ves que yo no llego!".

La madre asumió el rapapolvo, pero dijo que le costaría cargar cosas con el hombro operado hace un mes por una fractura. Ana cuida a su madre cuando puede. Vive a media hora en coche. No todos los días tiene gasolina. [Desde el huracán, todo Puerto Rico busca combustible. Hace una semana las colas en las estaciones eran de cientos de carros. Poco a poco se van reduciendo]. Carmen Navedo se queja de la cicatriz: "Creo que la tengo envenenada". Le da miedo que se infecte. Ningún médico ha aparecido por el barrio.

Al ver llegar al periodista, Ana pensó que era un agente de FEMA, la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias de EE UU. Pero no era así. Nada se ansía más hoy en cualquier casa de Puerto Rico que ver llegar a un agente de FEMA. Antes de entrar a casa de Carmen, salió al paso una vecina llamada Rosa Álamo que reclamaba con vehemencia que la escuchasen: "Nadie ha venido a Villa Calma. Solo dos muchachas del grupo comunitario para dar terapia a asmáticos. Ni gobierno ni alcalde ni militares de EE UU ni FEMA han venido por aquí. Si quiere, mi corazón, se lo firmó ahí mismo en la libreta con mi nombre: lo único que tenemos es agua corriente, aunque viene sucia y cada vez el chorrito es más delgado. Escríbalo. Esto lo dice Rosa Álamo".

En Villa Calma la inundación llegó a un nivel delirante. Tres metros de altura. La tormenta perfecta: una marejada ciclónica –desborde de mar– chocó con la crecida del río. El barrio ha quedado como un escenario de Mad Max. Montículos de basuras. Restos de casas de madera destrozadas. Riachuelos de aguas negras. Todo cubierto de lodo reseco. Los vecinos caminando noqueados de un lado para otro, como zombies embarrados. Un caballo blanco, enflacado, mordisqueaba el canto de un muro de cemento.

Rosa Álamo y un vecino en una calle de Villa Calma.BENJAMÍN MORALES

Toa Baja es un suburbio de la zona metropolitana de la capital, San Juan, el área donde más recursos se concentran. Aún así, el auxilio llega a cuentagotas. En la montaña y la costa, el asunto empeora. No es que no se esté haciendo un esfuerzo por reactivar infraestructuras y atender a los desamparados. Es que la respuesta se demoró y aún ahora, acelerando en intensidad y recursos, resulta irregular, parcheada, insuficiente para frenar una crisis humanitaria que se está viviendo a cámara lenta pero que en cualquier momento, en cualquier punto de los muchos puntos descosidos de la isla, puede agudizarse. El Gobierno de la isla no estaba preparado para reaccionar rápido y con eficacia a una catástrofe del tamaño del huracán María, el mayor aquí desde 1929. Y el Gobierno de EE UU –del que Puerto Rico es Estado Libre Asociado– tardó en socorrerlo. Hasta el décimo día de crisis no se nombró un encargado de la operación militar de auxilio. A Washington se le reprocha haber repetido el error del huracán Katrina en 2005 en Nueva Orleans, donde la tragedia se cebó en la población afroamericana de bajos ingresos: falta de reflejos –o falta de interés en reaccionar con premura–. Hasta un allegado a la Casa Blanca como el poderoso republicano Marco Rubio, que aspira a ser el primer latino en presidir EE UU, ha dejado caer con la insidiosa elegancia de los primeros espadas de la política que se tardó en actuar: "A todos nos gustaría poder recuperar esos tres o cuatro días". Este martes Trump aterriza en San Juan para escenificar su respaldo a la isla.

Se espera que este mes el Congreso de EE UU apruebe un fondo de ayuda para Puerto Rico. No se ve otra manera de que la isla –que cargaba ya con una deuda de 73.000 millones de dólares por la que se había declarado en quiebra– pueda levantarse de la lona. "Ahora para poder poner un plato de comida caliente a los desamparados, a las víctimas del desastre, nuestro gobierno dependerá en esencia del gobierno de EE UU", dice Joanisabel González, reportera de negocios de El Nuevo Día, principal diario de Puerto Rico. "Estamos hablando de unos 40.000 hogares destruidos, de reconstruir el sistema eléctrico, de mejoras en carreteras, de la infraestuctura de agua. Pero no creo que Washington vaya a poner todo el dinero. El Gobierno de Puerto Rico va a tener que aportar", prevé la periodista.

–¿Y con qué dinero?

–¡Ah! Esa es la gran pregunta.

Breve charla de acera. Una mañana en San Juan, junto a la entrada del Café Puerto Rico, con varios días de hastío post-María acumulado.

–Aquí nunca ha habido un plan de país. Cada cuatro años se elige un gobierno y se improvisa un país. No tenemos un proyecto, y vuelve otra vez la idea de que sin EE UU, no podemos –dijo Alejandro Santana, 58 años.

–Mañana tengo reunión en la facultad para ver qué hacer con el semestre y no tenemos ni idea –dijo Tari Beroszi, 35 años–. Y mi mamá que tiene 70 años vive en el área metropolitana y no tiene una gota de agua.

–Nos están diciendo que somos incapaces sin EE UU y se está volviendo a militarizar Puerto Rico. Ahora manda el general [Jeffrey] Buchanan [a cargo de las tropas de EE UU] –protestó Charles Juhasz, 52 años.

La crisis del huracán está reavivando el debate sobre la relación con EE UU. Si seguir como Estado Libre Asociado, convertirse en el estado 51 de EE UU o independizarse, una opción de preferencia minoritaria.

Soldados repartiendo víveres en un barrio de San Juan.Carlos GiustiAP

El académico Jorge Duany, profesor de la Florida International University y autor de Puerto Rico. What Everyone Needs to Know (Oxford University Press, 2017) considera que "una vez que la isla se recupere del desastre ecológico y la vida diaria vuelva poco a poco a la normalidad, lo cual tomará meses o quizás años, es posible que se replantee el eterno tema del status político de Puerto Rico. Hasta ahora, la falta de consenso en la opinión pública puertorriqueña y el escaso interés del Congreso estadounidense y de la Casa Blanca no auguran una solución a corto plazo del dilema colonial de la isla".

Naturaleza muerta. De camino al municipio de Salinas, en el sur de Puerto Rico, costa Caribe, la carretera es un cementerio de iguanas.

En la zona explican que el huracán dejó sin hojas la foresta donde se guarecen estos reptiles –conocidos aquí como gallinas de palo–. Desorientados, salen a las vías y son atropellados. Llegados en los años setenta como mascotas, se han convertido en una plaga contra la que no existe en la isla ningún depredador natural que la contenga, excepto los vehículos de los boricuas, que en su mayoría no suelan simpatizar con ellos –y no son los únicos: en Las Islas Encantadas, el novelista Herman Melville las describía como "esa broma pesada de la naturaleza conocida con el nombre de iguana"–. Un paisano de Salinas enemigo de los desdichados reptiles, exagerando, anunciaba desde dentro de su carro que ya había sido aplastado "medio millón".

En general, el golpe del huracán a la naturaleza, animales y vegetación, ha sido violentísimo. Con sus vientos de más de 200 kilómetros por hora, abrasadores, han dejado los bosques de Puerto Rico –"La tierra de Borinquen / donde he nacido yo / es un jardín florido / de mágico primor", ensalza el himno oficial puertorriqueño– como si hubiera ocurrido un gran incendio.

En Salinas, además, la agricultura se ha perdido en un 80%. Se ven plantaciones enteras de plátano y de papaya tumbadas por completo. A eso se suma la devastación de unos 3.000 hogares construidos con madera y zinc, según la alcaldesa Karylin Bonilla. A sus 38 años, la regidora recorría el jueves la zona casa por casa repartiendo agua y comida, abrazando a las madres de familia –riendo y llorando a la vez, con jeans, gorra, una sonrisa espléndida y los labios pintados de rosa–. Bajo un sol de justicia, la calles de tierra hedían a aguas negras afloradas por el colapso del alcantarillado.

En Salinas cada vecino tenía una visión del problema. A Nydia Rosario, 51 años, le preocupaba que sin insecticidas ni ventiladores por falta de electricidad no pudiera proteger a sus dos niñas de las picaduras de mosquito. "Los zancudos traen zika y dengue y chikunguña", dijo. Esta es una de las grandes preocupaciones en este momento en toda la isla. Que la gente empiece a enfermar por beber agua sucia, comer alimentos pasados o por las infecciones víricas de mosquitos. El miedo a las epidemias es mayúsculo. Según una estimación del sábado Pentágono, un 55% de los 3,4 millones de puertorriqueños permanecía sin acceso a agua potable.

Julio Ramos, un señor de 65 años con la camisa desabrochada, estaba impaciente porque FEMA llegase a la zona con toldos para tapar las casas. El de su vivienda "se fue", la expresión más corriente estos días en Puerto Rico para referirse a las cosas –trozos de casas, casas enteras, vehículos, lámparas, postes de electricidad, árboles y un interminable etcétera– que el huracán María hizo desaparecer o dejó inutilizables. "Mire", explicó Julio, "el problema es que yo con mis dos prótesis de rodilla no me puedo trepar a arreglar el techo porque me coje el seguro social y me descojona".

Los restaurantes de primera línea del borde costero de Salinas –ruta turística gastronómica– han quedado arrasados, y los de segunda línea estaban dañados y clausurados. Como un milagro, el restaurante La Barquita estaba abierto y servía un mojo de mero extraordinario por su fresqura, su sabroso sazón casero y por encima de todo porque resultaba inverosímil ver una casa de comidas abierta con normalidad en medio de la demolición ambiental.

Un vecino del municipio de Salinas en su casa sin techo.BENJAMÍN MORALES

El ingenio cotidiano de los boricuas –de por sí desarrollado– se ha agudizado para responder a la catástrofe. En El Cocal, municipio de Santa Isabel, vecino a Salinas, han encontrado una manera de suplir las carencias de agua que mortifican a toda la isla. Un vecino emigrante, Mike Irisarri, 53 años, llegó después del huracán desde EE UU con una bomba extractora y han logrado sacar un chorro continuo de agua –limpia en apariencia– de un pozo que no se usaba hace años. "Es agua pura", aseguró Irisarri. Varios jóvenes atardecían bajo el tubo que manaba agua riendo y chupando whisky a morro. El Cocal arrastra la fama de ser un barrio de trapicheo de droga. "Este sitio es más caliente que el culo del diablo", comentó un conocedor de la zona.

Fe y tragedia. A mediados de la semana pasada, conduciendo por una carretera del centro de Puerto Rico, en la estación de radio 96.8 FM dos predicadores hablaban sobre el huracán María. Afirmaban que se había cumplido un designio divino, lo intepretaban como una bendición. Uno de ellos dijo: "Dios lleva unas semanas haciendo grandes cosas. Primero nos libró de Irma [el huracán bordeó Puerto Rico, no lo golpeó de lleno]. Eso fue sobrenatural. Y de María nos guardó [aludiendo a que la cifra de víctimas mortales en ese momento –igual que hasta hoy, pese a que se supone que aumentará– no pasaba de 16]. Eso hace Dios: a veces nos libra y a veces nos guarda. Ha hecho algo histórico. Ha hecho pasar en un mes tres huracanes categoría 5 por el Caribe y con eso se han enfriado las aguas. Lo que Dios está haciendo es maravilloso, y va a ser aún mejor". Puerto Rico es uno de los países con un porcentaje mayor de población cristiana en todo el mundo (más de un 90% según un estudio de Pew Research de 2012). El predicador prosiguió: "Dios tiene una agenda con Puerto Rico, y desde esta tierra va a seguir saliendo luz para el resto del mundo". Los pastores estaban en vena, exultantes y encontraban en cada texto religioso una alusión directa a la tragedia, asomos proféticos: "¿Verdad que hoy sabe diferente la palabra?".

[Otro ejemplo de religiosidad. En Salinas, en una casa con destrozos, colgaba este cartel: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Aunque mi padre y mi madre me dejarán, Jehová me recogerá"].

En la radio también se oyen a todas horas mensajes de empresas que se preocupan por cómo se encuentran sus empleados y los convocan a reincorporarse a sus labores. "La compañía [...] espera que todos sus empleados se encuentren bien. Solicitamos a los empleados del primero y segundo turno y del turno administrativo que se reporten a trabajar este próximo lunes 2 de octubre en el horario de ocho de la mañana a cinco de la tarde. Exhortamos a todos los empleados que residan en áreas intransitables que no tomen riesgos innecesarios. Su seguridad es primordial". Otros ofrecen crédito a quienes quieran reponer colchones y muebles: "¡La empresa [...] está comprometida con nuestro pueblo y con la recuperación de Puerto Rico! ¡Nuestras tiendas en Plaza Las Américas y tiendas almacén en Toa Baja reanudan operaciones el jueves 28 de septiembre! ¡Tendremos disponible recogida de matres [de matress, colchón en inglés] y estufas de gas. Estamos ofreciendo nuestra oferta de financiamiento por 50 meses sin intereses y sin compra mínima requerida en todos los muebles y matres!".

Y poco a poco suena de nuevo reguetón. Los locutores se muestran con fuerza, animan a sus oyentes: "Estamos ready para seguir con el show".

Problemas hospitalarios. Con la red eléctrica del país arruinada, una prioridad que ha remarcado el gobernador de Puerto Rico, Ricardo Rosselló, es tener los principales hospitales siempre provistos de diésel para sus generadores. Pero decenas de sanatorios medianos siguen cerrados.

Pacientes en el municipio de Cataño, Puerto Rico.Ramon EspinosaAP

Este fin de semana visitamos un hospital privado a las afueras de San Juan. La sala de espera de urgencias era un cuarto en penumbra con media docena de personas en silencio. Los empleados que hablaron pidieron anonimato. Uno explicó: "Las oficinas están cerradas porque no hay electricidad para bregar con las computadoras". "Yo trabajo en rayos equis y estamos resolviendo con una máquina portable que viene con ruedas, porque nuestras máquinas más potentes jalan demasiada luz". "Pero pese a todos los apuros no ha habido problemas entre los pacientes. Que yo sepa, eh", matizó.

Otro trabajador comentaba que había venido al hospital solo a cobrar, porque desde el impacto del huracán, con el nivel de atención reducido en gran medida en este y tantos otros hospitales de Puerto Rico que tiran como pueden a base de generadores, la dirección le ha dicho que puede quedarse en casa. "He venido a pie porque tengo poquita gasolina y está del carajo hacer esas filas pa coger gasolina, muchacho". Una enfermera que también había pasado por allí solo a recoger el salario, comentó: "Yo llevo una semana fuera, porque donde yo vivo perdimos todo. Mi casa se inundó y estamos viviendo en el segundo piso. No sé por el momento cómo está la situación adentro del hospital. Lo que me ha dicho una compañera es que hay pocos pacientes porque no funciona el aire acondicionado".

Por la calle apareció una anciana, dirigiéndose con un andador a la entrada del hospital. "Tengo los nervios deshechos", dijo. "¿Cree que aquí dan sopa?".

La Perla. En el barrio todo iba mejor de lo acostumbrado hasta que llegó el huracán. La Perla es un vecindario humilde de unas 400 personas encajado contra la bella muralla colonial de San Juan, una favela con vistas al mar a un paso del centro histórico. Con fama de barrio duro. Uno de esos sitios donde los lugareños, prudentes, dicen que no se debe entrar. Pero el ayuntamiento había pintado las casas de colores, cuenta la vecina Irma Narváez, de 54 años, y después se había grabado allí el vídeo de Despacito, el hit de Luis Fonsi que ha conquistado este año el mundo entero. "Estábamos en nuestro apogeo. Hasta habíamos montado una pequeña empresa de tours ", explicó. Otro vecino, Alberto Avilés, 60 años, lamentó: "El huracán se llevó los techos de las casas como si fueran galletas. Es una pena. Estaban viniendo muchos turistas a tomarse fotos".

Pancartas pidiendo ayuda en el barrio La Perla, en San Juan.BENJAMÍN MORALES

Paseando por el borde marítimo destrozado de La Perla, en una casa una mujer sale a la ventana gritando que la alcaldesa les ha llevado bombillas "pero no agua y comida". La vecina se tira un minuto increpando a las autoridades. Durante su intervención, otro vecino, a unos metros, como en un teatro de doble proscenio, cantaba partido de la risa una canción pícara relacionando con chispa tres nombres de la temporada de huracanes (Irma, José y María) como un tragicómico triángulo amoroso de ciclones infieles.

Irma Narváez dice que La Perla se llama así porque cuando pasaban en sus barcos los soldados españoles en la época de la colonia, justo en ese borde de la muralla el sol reflejaba de una manera que formaba un destello como el de una perla. "Y así se quedó". La señora Narváez reconoce que el barrio está muy tocado y añade: "Nos levantaremos". En la cancha de baloncesto han colocado unas pancartas donde han escrito: "S. O. S. NECESITO AGUA TOLDOS ALIMENTOS LA PERLA. DESPACITO. NO NOS ABANDONES".

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