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Y Talavante volvió a torear con el alma

Logotipo de El Mundo El Mundo 24/09/2017 ZABALA DE LA SERNA

Sonó la hora de la alternativa de Rafael Serna en Sevilla. Enfundado en un vestido crema y oro diseñado por el pintor Ricardo Suárez e inspirado en la Iglesia de El Salvador, Serna se postró a portagayola. Como si estuviese ante el altar. Con la rectitud y la velocidad de un obús se abalanzó el toro sin pretensión de obedecer. Rafa Serna se incorporó como un resorte. Del trance escapó de puro milagro. Recuperado el resuello, las verónicas volaron gráciles y coreadas hasta la media mirando al tendido. "Almendrito" -de Olga Jiménez- contaba con una seriedad concentrada. Engatillado, astracanado, enmorrillado y apretado de cuello en su negritud. El sonido del estribo en los encuentros con el caballo anunció el continuo punteo defensivo que sostendría en su embestida. El mismo movimiento doliente en banderillas. Como queriéndose quitar los palos. Serna, ya convertido en matador, apenas pudo más que mostrar su concepto y tratar de evitar los enganchones. Tan apoyado el toro en las manos además. Uno de aquellos tornillazos cazó al novel torero a la hora de matar. Con una certera puñalada a la axila hirió al sentir la muerte. La suerta ya estaba echada camino de la enfermería.

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Quedó la corrida en una especie de mano a mano descompensado entre Alejandro Talavante y Roca Rey. Talavante creó la más bella, expresiva y despaciosa obra de su temporada. Desencorsetado del aire de fría suficiencia, AT vio cómo lo había hecho el toro de García Jiménez por el izquierdo en un capotazo superior de Trujillo. Y sobre esa muñeca tocada por la varita de Dios dibujó el toreo al natural. Más roto, acompasado y despacio que en todo 2017. Revivía el recuerdo del sobrero del Conde de Mayalde en Madrid. Como cuando el alma talavantista sentía. El breve paso por la derecha fue como un paréntesis leve. Y el recital, enfrontilado ahora, siguió al son de la embestida de seda, que desembocaba detrás de la cadera. Cuando la Maestraza volcada presentía el triunfo cantado, Talavante se puso a pinchar como si no hubiera mañana...

La estocada que hubiera necesitado tan magna obra llegó con el grandón cuarto. Alejandro Talavante atacó el volapié con la rabia mordida por la conquista perdida. "Esta vez no se me va", debió decirse. Y entre los pitones empujó con el corazón. El volteretón terrorífico, la espada enterrada. Talavante vio la

tierra y la vida al revés. Un boquete en la taleguilla. Nada más. La pañolada se desató. No sólo por la perfección de la dramática estocada. Al toro de sus apoderados le había puesto la sal y la pimienta que no tenía. Aquella embestida noblota de contada humillación había sido la arcilla moldeable del alfarero en su mano derecha esta vez. De nuevo la expresión y la curvatura en el trazo. El cierre por manoletinas y... La presidencia frenó la segunda oreja. Aquella paseada a ley contenía el peso de la verdad.

Como en el toro de la faena de cante grande, Talavante acudió de nuevo a la puerta de toriles. Último cartucho. Voló la larga con la parsimonia y la espera del valor auténtico. Cuando se soltó el toro, no volvió a embestir. Huido, manso y definitivamente parado a últimas. No hubo opción para un torero reencontrado con su esencia.

Roca Rey no perdonó un quite en toda la tarde. Ya fuese por caleserinas, saltilleras o gaoneras. La suerte jugó en su contra con un toro que se paró a plomo. Y no mejoró mucho con el castaño y armado quinto. El tipo asentó las zapatillas desde el impresionante arranque por cambiados. Y tiró luego de la remisa embestida ayuna de clase y entrega con la muleta a rastras. Apuró hasta el final incluso por el pitón menos propicio, ya desentendido el bruto de su cometido. Si es que no había renunciado antes. Ni una renuncia en la seria tarde del matador peruano.

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