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¿Engorda la calefacción?

25/06/2014 Mujerhoy.com
© Getty

Por si no fuera bastante con lo que pagas para mantener la casa caliente, ahora resulta que también te cuesta la salud: cuanto más alta es la temperatura, más peso extra podrías estar sumando. La explicación es sencilla de entender... en principio. En la actualidad, nos vemos tan poco expuestos al frío que ya no tenemos que quemar tantas calorías para mantener nuestra temperatura corporal normal (de entre 36º y 37º). Sistemas de calefacción eficaces, aislamiento térmico, desplazamientos en coche, compras y hasta ocio on line... podrían ayudar a explicar la presente epidemia de obesidad a través de dos factores. Primero, porque nuestro organismo no tiene tanta necesidad de activar mecanismos fisiológicos que requieren gasto de calorías para elevar la temperatura corporal; y segundo, porque, al movernos menos, dejamos de gastar las calorías que consumiríamos con la actividad física.

Cinco grados en 50 años

Uno de los expertos que más saben de obesidad en el mundo y, en concreto, de los procesos metabólicos que favorecen ese problema, es el profesor Antonio Vidal-Puig, director científico del Institute of Metabolic Science Cambridge Phenomics Centre de la Universidad de Cambridge. “La difusión de la calefacción central ha supuesto un antes y un después en la relación de los humanos con las temperaturas bajas –explica–. En un trabajo reciente, observamos que la temperatura en las casas de EE.UU. y el Reino Unido ha aumentado una media de cuatro o cinco grados en los últimos 50 años, cuando la epidemia de obesidad se ha hecho evidente.

Por otro lado, la gente ya no se traslada caminando, sino que va en coche o en transporte público a todas partes, de modo que la exposición al frío es cada vez menos frecuente. Dicho de otro modo: el estilo de vida actual hace que la población necesite menos calorías para mantener la temperatura corporal y, en cambio, su ingesta calórica no ha disminuido proporcionalmente. Consecuencia: la epidemia de exceso de peso y obesidad que estamos viendo”.

Al escuchar al profesor, recuerdo los enormes platos de legumbres con tocino que comían nuestros antepasados y sus imágenes de cuerpos delgados y fibrosos. No engordaban por varias razones: trabajaban en el campo o en oficios con gran demanda de esfuerzo físico, no tenían calefacción y pasaban mucho tiempo en exteriores, expuestos a temperaturas bajas. Esa forma de vida conllevaba un gasto calórico que ayudaba a compensar de sobra las calorías.Pero el profesor Vidal-Puig tiene una explicación más sofisticada, en la cual entra en escena un tipo de grasa de la que los científicos están hablando mucho últimamente: la grasa parda o marrón. “Existen dos tipos de respuestas fisiológicas al frío –explica Vidal-Puig–.

Una de ellas es la vasoconstricción (reducción del diámetro de los vasos sanguíneos), lo cual reduce la pérdida de calor por el organismo. La otra estrategia es aumentar la producción de calor mediante lo que se conoce como termogénesis (producción de calor por el organismo). Esto puede ocurrir por dos mecanismos. Uno: a través de procesos metabólicos que se dan en un tipo de grasa que conocemos como grasa parda o marrón y que conllevan consumo de calorías. Dos: mediante las contracciones musculares y el temblor que conocemos como tiritar.

Según nuestros estudios, parece que algunas personas son más vasoconstrictoras y otras, más metabolizadoras, lo que quiere decir que aumentan la producción de calor a partir de esa grasa marrón. Esas diferencias son importantes porque están ayudando a considerar nuevos enfoques para el tratamiento de la obesidad. Lo que se ha observado recientemente es que, al contrario de lo que se pensaba, la grasa parda no solo está presente en bebés, sino también en algunos adultos, y que puede inducirse y activarse por la exposición a bajas temperaturas. Si pudiéramos encontrar tratamientos para aumentar la cantidad de grasa parda en el paciente obeso, podríamos conseguir pérdidas de peso y ayudar a prevenir problemas como la diabetes o la dislipidemia y, quizá el cáncer y la demencia, dado el impacto de la obesidad en estas enfermedades”.

Grasa parda

La idea de que un tipo de grasa corporal puede ayudar frente a la obesidad suena chocante. Cuando los médicos nos hablaban de grasa corporal se referían siempre a la grasa blanca y nos explicaban que era apenas un almacén de calorías. La teoría en medicina era que la grasa parda era patrimonio de los bebés e inexistente en el adulto.Esa teoría empezó a cambiar en 2009, a través de lo que revelaron unas imágenes de PET (tomografía de emisión de positrones). “Un grupo de radiólogos empezó a observar acúmulos de grasa parda en pacientes con problemas vasculares. Fue realmente un hallazgo, y ocurrió porque los aparatos de PET suelen estar en salas refrigeradas para evitar que se calienten. De no haber estado en esas condiciones de bajas temperaturas, la grasa parda no se hubiera activado para utilizar glucosa (uno de los combustibles del organismo) y no hubiera sido posible visualizarla. Después se ha comprobado que individuos que trabajan en el campo o en oficios que exigen permanecer con temperaturas bajas tienen más grasa parda. Al revés, las personas inactivas, los ancianos, los obesos y diabéticos, tienen menos. No sabemos si esto es causa o consecuencia, pero sí que no solo facilita la pérdida de peso, sino que mejora el estado metabólico general, lo que redunda en un menor riesgo de diabetes y dislipidemia”.

¿Y qué ocurre con las legumbres con tocino de nuestros antepasados? ¿Las quemamos hoy de forma distinta? La respuesta del experto no nos sorprende: “Los individuos en los que se observa grasa parda parecen ser capaces de producir más calor –y gastar más calorías en el proceso– cuando comen dieta grasa, lo cual puede indicar una resistencia a la obesidad. Podríamos decir que, en esto, la naturaleza se alía con los que más esfuerzo realizan, no solo por las calorías que queman en la actividad, sino porque el ejercicio físico les dota de un tipo de grasa corporal que les permite quemar calorías con esos platos. Una explicación que se maneja últimamente es que el músculo de esas personas (es sabido que la actividad física aumenta la masa muscular) produce moléculas capaces de inducir y activar la grasa parda. El nombre de una de ellas es Irisin, y en estos momentos se está investigando su relevancia como tratamiento potencial de la obesidad”.

Cuanto más alta es la temperatura, más peso extra podrías estar sumando

Un futuro más frío

Mientras la comunidad científica valida esas hipótesis, el dr. Vidal-Puig tiene muy claro que la exposición al frío puede hacer que el individuo acumule más grasa parda, y que esta puede ayudar a prevenir el desarrollo de obesidad. Lo cual nos lleva a la idea inicial: ¿sería correcto pensar que bajando las calefacciones podríamos aumentar este tipo de grasa y quemar así más calorías en estado de reposo? “No solo habría que bajar la calefacción, además tendríamos que evitar compensarlo poniéndonos más ropa –explica–. Por supuesto, no podemos aconsejar a la población que se exponga a bajas temperaturas ni debemos trivializarlo. Dicho eso, no me sorprendería que, si los estudios se ven corroborados, acabemos introduciendo cambios en la temperatura en oficinas, espacios públicos, medios de transporte, hogares... por razones de salud pública.

Además, es importante saber cuánto tiempo de exposición a bajas temperaturas es necesario para obtener beneficios. La gente ve normal lo de exponerse a temperaturas elevadas en forma de sauna, de modo que no me sorprendería que, en unos años, pudiéramos optar a algo parecido, pero a bajas temperaturas. En cualquier caso, esta hipótesis debe validarse antes de dar pautas de tratamiento”.Mientras pienso ya en bajar el termostato, me vienen a la mente otros beneficios asociados, si cunde el ejemplo: un descenso en el gasto por calefacción, una reducción en el consumo energético y, finalmente, una disminución en las emisiones contaminantes. ¡Sin duda, hay para reflexionar!

Dos órganos distintos: Grasa blanca y grasa parda

1. La grasa blanca es el órgano donde se acumula el exceso de energía para que el organismo la utilice cuando la necesita. Los problemas ocurren cuando ese tejido adiposo blanco se satura y es incapaz de retener más grasa, con lo que esta empieza a acumularse en otros órganos, como el hígado o el músculo, produciendo diabetes, hígado graso y otros problemas de salud.

2. La grasa parda es un órgano diseñado para producir calor. Está presente en los recién nacidos porque son muy vulnerables frente al frío, y tienen que producir calor para mantener la temperatura corporal adecuada. Lo que se ha observado recientemente es que también la tienen algunos adultos. El equipo del profesor Vidal-Puig y otros están estudiando la posibilidad de desarrollar un fármaco capaz de estimular la producción de grasa parda. “El potencial es grande y la posibilidad de efectos secundarios, escasa”, explica el experto.

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