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10 destinos inesperados (y solo para aventureros)

Logotipo de El Viajero El Viajero 04/04/2019 Lonely Planet
Travesía en barca por un río de Surinam. © Karel Donk (Getty) Travesía en barca por un río de Surinam.

1 Bielorrusia, destino olvidado

Mientras otros antiguos Estados soviéticos se han convertido en destinos turísticos, este país ve pasar de largo a los visitantes en ruta a Moscú. Es el país que más ha conservado el viejo aire soviético, un auténtico viaje en el tiempo a la URSS de 1974: conserva arquitectura de estilo estalinista, una economía centralizada, como ajena a la globalización, pero actualmente ha simplificado los trámites burocráticos para los turistas foráneos.

Monumento a las víctimas de la II Guerra Mundial en la fortaleza de Brest, en Bielorrusia. © Getty Images Monumento a las víctimas de la II Guerra Mundial en la fortaleza de Brest, en Bielorrusia.

El viaje suele comenzar en Minsk, la capital, que aunque mantiene su imagen soviética es una ciudad moderna con elegantes cafés, restaurantes y clubes nocturnos, barras de sushi y galerías de arte. Minsk es más antigua que Moscú, pero fue destruida durante la II Guerra Mundial y reconstruida según la planificación estalinista. El contrapunto urbano lo ofrece Brest, ciudad fronteriza con mucho encanto, de aire más europeo y cosmopolita. Eso sí, su monumento más llamativo es la fortaleza donde las tropas soviéticas contuvieron a los nazis durante la II Guerra Mundial.

Más allá de las ciudades, Bielorrusia ofrece paisajes de trigales y pueblos pintorescos sin contaminar, así como el parque nacional de Bialowieza, patrimonio mundial y reserva natural más antigua de Europa. 1.300 kilómetros de bosque primitivo que se extiende entre Polonia y Bielorrusia, y lugar donde habita el mamífero más grande de Europa, el zoobr (bisonte europeo).

Atardecer en puerto de Moroni, en Comoras. © Jean du Boisberranger (Getty) Atardecer en puerto de Moroni, en Comoras.

2 Comoras y Mayotte, paraíso tropical

Las islas Comoras fueron en la época de las grandes navegaciones una escala tradicional para los barcos que doblaban el cabo de Buena Esperanza. La construcción del Canal de Suez hizo que cayeran en el olvido y hoy reciben muy pocos visitantes anuales, a pesar de su cercanía a Seychelles y Mauricio, en el océano Índico. Es un destino perfecto para desconectar y desaparecer, de rica cultura suajili y mayoría de población musulmana, descendiente de una estirpe de comerciantes árabes, sultanes persas, esclavos africanos y piratas portugueses. Comoras consiguió la independencia de Francia en 1975, mientras la cercana isla Mayotte, todavía territorio francés de ultramar, se diferencia políticamente del resto. Comoras no es un destino para todos los públicos: aquí todo marcha a un ritmo lento y las instalaciones turísticas no son precisamente lujosas.

Sus tres islas ofrecen tres opciones diferentes. Gran Comoras, capital, es un lugar intemporal que evoca Las mil y una noches. Las señoras vestidas con chales de colores conversan junto a viejos portales en sus angostas calles mientras grupos de hombres con túnicas blancas juegan al dominó. Al atardecer, el puerto de Moroni es una de las estampas más bellas del Índico. Mohéli, la más pequeña, agreste e interesante, está intacta y escasamente poblada, y ofrece fabulosas playas de aguas turquesas. La tercera opción es visitar Anjouan, llamada la perla de las Comoras, sin duda la isla más pintoresca del archipiélago, donde emular al mismísimo Robinson Crusoe: es la que más se ajusta a la típica imagen de una isla tropical y remota.

Una bandada de ostreros euroasiáticos en el parque nacional insular de Orango, declarado reserva de la biosfera, en Guinea Bissau. © Getty Images Una bandada de ostreros euroasiáticos en el parque nacional insular de Orango, declarado reserva de la biosfera, en Guinea Bissau.

3  Guinea-Bissau, hallazgo africano

Con su gran diversidad, influencias portuguesas y escasa afluencia turística, Guinea-Bissau es un hallazgo para cualquier viajero inquieto en el golfo de Guinea. En su parte continental hay apacibles pueblos coloniales, playas tranquilas y bosques tropicales sagrados. Bissau, la capital, conserva su ambiente provinciano, así como el buen humor de sus gentes y su música; grandes cuencos de ostras a la parrilla con salsa de lima picante en sus restaurantes y los maltrechos edificios y las ajadas casas coloniales. En Bissau Velho, entre angostos callejones y edificios en ruinas, permanece la Fortaleza d’Amura y el antiguo palacio presidencial, con su tejado bombardeado y fachada neoclásica llena de metralla, un poderoso recuerdo de los conflictos bélicos aún latentes.

Mar adentro se encuentra el único punto del país candidato en el futuro al turismo masivo, el archipiélago de Bijagos, un puñado de islas vírgenes con una fantástica fauna terrestre y marina. Dos de ellas resultan imprescindibles: Orango, en cuyo parque nacional sobreviven hipopótamos de agua salada, poco comunes, y la isla de Bolama, la más cercana a Bissau, antigua capital portuguesa hasta 1943 y en cuyas costas abundan, semiderrui­das, reliquias abandonadas tras la independencia.

Atardecer en una playa de Nauru, en la Micronesia. © HADI ZAHER (Getty) Atardecer en una playa de Nauru, en la Micronesia.

4 Nauru, la vida apacible

Esta pequeña isla en medio del Pacífico llegó a ser uno de los países con mayor renta per cápita del planeta gracias a sus abundantes reservas de fosfato. Agotadas y abandonadas sus minas, sus habitantes siguen conservando, sin embargo, su tranquila forma de entender la vida. Nauru es como una poesía melancólica: un escarpado paisaje lunar sin árboles en el interior, algunas colinas sorprendentemente verdes y un mar barrido por el viento. Su belleza paisajística se aprecia sobre todo en sus costas, donde las aves marinas se abalanzan por acantilados y los días terminan con arrebatadores atardeceres sobre el océano. El interior de la isla despliega un escalofriante paisaje de pinácu­los calizos deforestados debido de la antigua extracción de fosfato. La roca desnuda refleja los rayos del sol y espanta las nubes, siendo frecuentes las épocas de sequía.

Agotada la riqueza generada en su día por la minería, las tiendas quedaron desabastecidas y el país prácticamente entró en colapso. Apenas se ven cargueros y el trabajo es escaso. En las últimas décadas, el polémico centro de detención de inmigrantes gestionado por Australia ha sido uno de los grandes impulsos para su desarrollo. Quizá el turismo –antaño innecesario– pueda colaborar también, aunque de momento el transporte y la hostelería no abundan. Atractivos curiosos no faltan: desde las ruinas de la antigua, y espléndida, residencia pre­sidencial (incendiada en 2001 por una muchedumbre enfurecida por la mala ges­tión gubernamental hasta agotar los recursos) hasta subirse a Command Ridge, el punto más alto de la isla, donde los japo­neses tenían un puesto de vigilancia en la década de 1940 y que aún conserva artillería oxidada de la II Guerra Mundial, como dos grandes cañones que disparaban proyectiles de 40 kilos de peso.

Vista de la ciudad de Kuwait al atardecer. © Getty Images Vista de la ciudad de Kuwait al atardecer.

5 Kuwait, el reino del oro negro

Esta ciudad-Estado situada en el Golfo Pérsico, entre Iraq y Arabia Saudí, no aparece en muchos itinerarios viajeros. Está en uno de los rincones más antiguos y disputados del mundo, y durante muchos siglos ya atrajo a los beduinos en buscan de la brisa marina y huyendo de la recurrente sequía. Actualmente es un oasis cultural y gastronómico en medio del desierto. Cuenta con excelentes museos, un paseo marítimo junto a las playas y animados restaurantes, complejos comerciales y zocos. Fuera de la metrópolis hay pocos alicientes, salvo los resorts costeros y el encanto del paisaje desértico, así que podemos dedicar más tiempo a dos visitas imprescindibles: el acuario del Scientific Center, el más grande de Oriente Próximo, alojado en un edificio en forma de vela en pleno paseo marítimo, con salas donde las olas rompen a la altura de nuestros ojos y con especies tan curiosas como los besucones marinos y el ingenioso saltarín del fango. La segunda visita nos lleva al museo Tareq Rajab, instalado en el sótano de una enorme villa, cuyo origen es la colección privada de arte islámico del primer ministro de antigüedades kuwaití y su esposa británica. La muestra, con hermosas piezas magníficamente presentadas llegadas desde todo el mundo musulmán, incluye históricos manuscritos árabes a los que debe su fama.

Y, como símbolo de modernidad e icono del país, las Torres de Kuwait, engalanadas con sus características lentejuelas azul verdoso, merecen una visita por las panorámicas que ofrecen del mar y la ciudad. Inauguradas en 1979, la mayor de las tres torres alcanza los 187 metros de altura, con una plataforma giratoria de dos niveles.

El arco de arena de playa Banana, en Santo Tomé y Príncipe. © Henning Marstrand (Getty) El arco de arena de playa Banana, en Santo Tomé y Príncipe.

6. Santo Tomé y Príncipe, descubrimiento africano

Se trata de uno de los países más pequeños de África: dos diminutas protuberancias volcánicas frente a la costa de Gabón que atrapan a quienes se animan a descubrirlas por su sabor criollo-portugués y su relajado ambiente: el omnipresente leve leve (tómatelo con calma) se escucha por todas partes y el turismo todavía es incipiente. También hay atractivos naturales: kilómetros de playas con una perfecta orla de palmeras, bosques color esmeralda, altos picos volcánicos y plácidos pueblos de pescadores. Las aves son magníficas, abundan las plantas endémicas (sobre todo orquídeas) y en temporada se pueden observar tortugas y ballenas.

La Ciudad de Santo Tomé es un rincón colonial lleno de encanto con edificios coloniales de ajados tonos pasteles, un animado mercado, propuestas de calidad para comer y un incipiente mundillo artístico. Y más allá, el ambiente colonial empapa toda la isla, por ejemplo en Roça São João, una plantación que se ha convertido en un centro cultural y ecoturístico, y en hostal.

La isla de Príncipe despliega un paisaje espectacular de altas montañas volcánicas cubiertas de tupido bosque; playas con aguas de asombrosa transparencia; viejas plantaciones del período colonial y la hospitalidad de la población local. El lugar perfecto para ralentizar la marcha, por ejemplo en playa Banana, famosa por un anuncio de Bacardí y realmente tan espectacular como parece por las fotografías.

Una turista en la espesura selvática de Surinam, cerca de Paramaribo, capital del país sudamericano. © Ariadne Van Zandbergen (Getty) Una turista en la espesura selvática de Surinam, cerca de Paramaribo, capital del país sudamericano.

7. Surinam, la última aventura

Casi escondida en una esquina de Sudamérica, esta antigua colonia holandesa es una mezcla étnica de las culturas indígenas con influencias de británicos, holandeses, chinos, indios e indonesios, así como de descendientes de esclavos africanos (maroons). Y el último rincón para la aventura sudamericana: todavía cuesta desplazarse por este país de grandes ríos y densa selva, y la mezcla de idiomas dificulta la comunicación incluso para los hablantes de neerlandés.

Paramaribo, la animada capital colonial holandesa, es una ciudad repleta de restaurantes, tiendas y locales nocturnos. La más animada de las Guayanas, con edificios coloniales en blanco y negro bordeando plazas cubiertas de césped, y el aroma de las especias de los locales indios de roti invadiendo el ambiente. Artistas maroons venden cuadros llenos de color a las puertas de los viejos fuertes holandeses.

La cuenca alta del río Surinam es un cajón de sastre cultural del país, donde es posible hospedarse en casas junto a fabulosas playas fluviales de arena blanca entre la impenetrable jungla y visitar asentamientos maroons y amerindios. Todos los alojamientos, regentados por lugareños, aspiran a consolidar un futuro proyecto de turismo sostenible para estas aisladas comunidades que, de lo contrario, dependerían de la tala y la caza. Y todavía queda maravillas naturales por visitar, como las cascadas Raleigh: una baja y larga escalinata de agua en la cuenca alta del río Coppename, a unas dos horas río arriba del poblado como Raleighvallen.

Playa cerca de Dili, en Timor Oriental. © Getty Images Playa cerca de Dili, en Timor Oriental.

8 Timor Oriental, el país más joven

Es el Estado más joven de Asia pero ya empieza a destacar como destino turístico, con montañas para escalar y arrecifes intactos para bucear. Dili, capital costera, brilla con luz propia, y es una de las pocas ciudades del mundo con un arrecife (que bordea toda la costa norte del país) a pocos pasos del centro. Espectacular para submarinistas: desde la playa se llega fácilmente a puntos de inmersión con categoría internacional, como el legendario K41, al este, con taludes espectaculares a solo 10 metros de la costa.

Pero vale la pena ir más allá para vivir experiencias culturales muy diferentes. Por ejemplo, alojarnos en una señorial pousada sobre una brumosa colina o en un tranquilo ecolodge isleño; viajar por carretera junto a manadas de búfalos y subir después por bosques pluviales salpicados de cafetos. También otear ballenas desde la carretera de la costa norte, bordeando los acantilados, y bañarse en playas de arena blanca en un océano aguamarina.

En el corazón de la isla, la fría Maubisse, a 70 kilómetros de Dili, se envuelve al amanecer entre nubes, que poco a poco, al levantarse, dejan ver un pueblo rodeado de plantaciones de café y valles que dan paso a las vistas costeras. Y Oecussi es un remoto enclave entre el mar y las montañas, rodeado por la vecina Timor Occidental, al que cuesta llegar pero que recompensa al viajero con largas extensiones de playa y arrecife, algunos de los tais (tejidos tradicionales) más vistosos del país y unas pozas de barro caliente borboteando en la región más meridional.

Puesto de telas en un mercado de Lomé, capital de Togo. © Tom Cockrem (Getty) Puesto de telas en un mercado de Lomé, capital de Togo.

9. Togo, sorpresa en el Golfo de Guinea

Este pequeño país concentra mucho del continente africano en un espacio muy pequeño: lagos y playas bordeadas de palmeras, verdes colinas y unos 40 grupos étnicos. Al norte, el paisaje muta del verde exuberante de los bosques a los tonos amarillentos de la sabana. La capital, Lomé, es sencilla pero elegante, con playas espléndidas a dos pasos, bulevares con palmeras, restaurantes de calidad, tradicionales maquis (casas de comidas callejeras) y pintorescos mercados. Los recintos fortificados de Koutammakou recuerdan que la población del país, de gran diversidad étnica, no siempre convivió en paz; pero actualmente las fiestas vudúes, musulmanas, cristianas y tradicionales llenan el calendario, con vistosas celebraciones donde caben todos.

Los senderistas disfrutarán con rutas que discurren entre plantaciones de cacao y café, y por bosques exuberantes llenos de vida de camino al monte Agou (986 metros), con pueblecitos dispuestos en terrazas que salpican las laderas brindando fabulosas vistas. En un día despejado se divisa el lago Volta, en Ghana. La zona que rodea el monte Kouto (710 metros) es otro paraíso senderista, con colinas boscosas, cascadas y miles de mariposas a primera hora de la mañana. Y no debemos regresar sin acercarnos a la orilla del lago Togo, que se extiende desde Lomé hasta Anehó. Se puede disfrutar de un chapuzón sin miedo a cocodrilos o montar en una pirogue (canoa tradicional) hasta Tofoville, antigua sede de la dinastía Miapa y centro histórico del vudú en Togo.

Manada de caballos en los pastos del valle de Juku, en Kirguistán. © Emilie Chaix (Getty) Manada de caballos en los pastos del valle de Juku, en Kirguistán.

10. Kirguistán, entre las montañas del Asia Central

Kirguistán, un destino para amantes de los espacios abiertos, los caballos, los nómadas y las montañas, es ahora más asequible gracias a los vuelos con una escala a Biskek, la capital, de aerolíneas como Pegasus, Aeroflot o Turkish. La exención de visado para estancias de menos de 60 días y una creciente oferta de alojamiento en casas particulares también facilita el viaje. Se recomienda viajar solo en verano, cuando las carreteras y sendas son accesibles y los albergues permanecen abiertos. Sus grandiosos paisajes incluyen ondulantes praderas de verano (jailoos) salpicadas de yurtas (el hogar de los pastores nómadas), afiladas montañas y lagos como el Song-Kul, de 20 kilómetros de ancho, o el Issyk-Kul, a 1.620 metros de altitud y de más de 170 kilómetros de largo y 70 kilómetros de ancho, el segundo mayor lago alpino del mundo, tras el Titikaka. Otros hitos son el parque nacional de Ala-Archa, un vasto valle en la cadena de montañas Tian Shan, fronteriza con China, y el oasis de Arslanbob, un pueblo de etnia uzbeca rodeado por el mayor bosque de nogales del mundo.

Existe la posibilidad de hacer rutas a caballo, guiados por pastores de las montañas; las oficinas de turismo, repartidas por todo el país, organizan el alquiler de monturas por horas o por días. Con unos 75.000 habitantes (es la cuarta del Estado), la mítica ciudad de Karakol, a orillas del lago Issyk-Kul, constituye un perfecto compendio de un país que, tras su independencia en 1991, se está convirtiendo en destino turístico emergente. La segunda ciudad del país es Osh, centro de la enorme provincia que envuelve el valle de Ferganá. En su bazar, anterior a Roma, los mercaderes de la Ruta de la Seda han regateado durante más de 2.000 años.

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