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48 horas en Santander

Logotipo de ELLE ELLE 08/10/2019 Por Inés Martínez
© Manuel Alvarez

Aunque para muchos pensar en Santander sea sinónimo de largas jornadas sobre la arena dorada del Sardinero, hay quienes defendemos que disfrutar de un fin de semana otoñal en la capital cántabra también tiene su aquel. Sobre todo cuando el pelotón de turistas decide romper filas y las vueltas interminables por el paseo marítimo se tornan más ligeras. La rebequita por si refresca ya no es una opción y las actividades culturales brotan en cada esquina. Una especie de “vuelta al cole" que empieza enfilando la Bahía de Santander y se desenvuelve entre señoriales fachadas y aires portuarios.

Es precisamente la importancia de su puerto en el siglo XVIII lo que establece los cimientos de la ciudad que conocemos hoy. El ‘boom’ del comercio marítimo ayudó a forjar una burguesía y al posterior desarrollo industrial, sin olvidar un broche de oro: los veranos que Alfonso XIII pasó en esta costa. El impacto fue tal que la ciudad decidió cerrar el trato construyéndole el Palacio de la Magdalena como símbolo de agradecimiento. Consolidada como ciudad de veraneo, continuó la peregrinación de las clases altas y la aristocracia durante los meses de calor. Un esplendor que se sigue rememorando cada año con los tradicionales baños de ola.

TARDE

Aprovecharemos nuestra primera tarde en Santander para empaparnos de su ambiente. No hay manera más sencilla de hacerlo que adentrándonos en su casco histórico, ya sea deambulando entre los puestos del Mercado de la Esperanza o traspasando los muros de su Catedral. En el primero, podremos ir fichando la materia prima de carnes, pescados y mariscos que devoraremos a lo largo del fin de semana o hacernos con el clásico souvenir de anchoas y quesos típicos. En la Catedral, suma de dos iglesias de estilo gótico (la Catedral de la Asunción y la Iglesia del Cristo) y un claustro, se encuentra el Centro de Interpretación de Historia de la Ciudad, que puede visitarse con reserva. 

Cae la noche y comienza a despertar el bullicio en los bares más populares de la capital. Recomendamos poner rumbo a la Plaza Cañadío e ir saltando de bar en bar, serpenteando por las bocacalles y empezando, cómo no, por los pinchos del emblemático Cañadío. De camino tocará detenerse un segundo a admirar la majestuosidad de la Plaza Porticada (oficialmente Plaza Pedro Velarde). Es aquí donde arrancaremos al día siguiente. 

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Barra preparada 😍

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MAÑANA

Tan importante es lo que se erige sobre la Plaza Porticada como lo que se esconde debajo. Las ventanas de madera y los arcos milimétricamente clonados tienen menos tiempo del que pudiéramos pensar, ya que esta plaza tuvo que ser trazada después de que el gran incendio que asoló Santander en 1941 lo barriera prácticamente todo. Bajo su suelo, restos de la muralla medieval que en el siglo XIII protegía la villa y que pueden visitarse con guía. Esto forma parte del conocido como Anillo Cultural de Santander, una iniciativa que se amplía con el refugio antiaéreo, una selección de museos y la Ruta del incendio de Santander que recorre algunos de los lugares más significativos que fueron devorados por las llamas. 

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Plaza porticada 🇪🇸 #spain #santander

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Para volver al presente más inmediato sólo tendremos que cruzar los coquetos Jardines de Pereda, con su icónico tiovivo, y plantarnos frente al Centro Botín. Obra de Renzo Piano, este espacio multidisciplinar es una oda al arte y a la arquitectura que permanece suspendido desde 2017, como si tratara de asomarse a las profundidades de la Bahía de Santander. Está formado por dos módulos conectados a través de un entramado de pasarelas y escaleras. Aquí reside gran parte de su encanto, en las vistas –a distintas alturas – que ofrece. De día o de noche, hasta el viaje en ascensor se convierte, literalmente, en una especie de 'performance' artística. Talleres, exposiciones temporales... Pasen y vean. 

Los museos proliferan en Santander. El Museo Marítimo del Cantábrico y el Museo de Prehistoria y Arqueología son otras dos alternativas para los más culturetas. Si no, continuaremos por el paseo marítimo para saludar a los raqueros esculpidos por José Cobo y que homenajean a estos niños de origen humilde que sobrevivían a base de pequeños hurtos y caridad en el muelle de Santander.

Escultura de los Raqueros en el muelle de Santander © Cristina Arias Escultura de los Raqueros en el muelle de Santander

¿Despierta el hambre? Qué tal un homenaje gastro donde no falte el buen pescado ni el marisco como el que sirven en El Machi, La Bombi o Marucho. ¿Prefieres una selección más variada? Elige entre cualquiera de los locales de moda que ya te recomendamos anteriormente. Acertarás seguro.

TARDE

Proponemos una solución sencilla para bajar la comida: dar un paseo hasta la Península de la Magdalena. Este frondoso espacio de 24 hectáreas puede recorrerse tanto a pie como a bordo de ‘El Magdaleno’, un tren turístico que nos acercará a los puntos imperdibles de la península mientras nos narra su historia.

Como si de un parque de atracciones se tratara, el plano de la Magdalena nos muestra cada uno de los lugares que merecen un alto. Monumentos destacados, como la estatua en honor a Félix Rodríguez de la Fuente o la exposición al aire libre ‘El hombre y la mar’ que nos acerca las rutas del navegante santanderino Vital Alsar, y tres de los galeones que utilizó en sus hazañas. Podremos incluso ver focas, leones de mar y pingüinos en el parque marino gratuito situado muy cerca de estos colosales buques. Aunque si existe una razón por la que acercarse, obligados, a esta península es el Palacio de la Magdalena. Antigua residencia veraniega de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, descansa en el punto más alto, junto a los acantilados. Lo reconocerás por sus torres octogonales y por los hastiales rojizos que contrastan con su suave fachada de piedra. Aunque el acceso a la península es libre, para realizar una visita por los salones y habitaciones reales del palacio sí es necesaria la entrada. Eso o acudir a alguno de los cursos de verano que imparte aquí la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

Palacio de la Magdalena en la Península de la Magdalena en Santander. © Victor Estevez Palacio de la Magdalena en la Península de la Magdalena en Santander.

Antes de regresar, no olvides acercarte a su Playa de la Magdalena o a su Playa de los Bikinis, perfectas para darse un baño, hacer un alto o simplemente recorrer el espigón que nos acercará (un poco más) a la isla de la Torre, donde se ubica la escuela de vela del mismo nombre.

Nuestra propuesta para tomar unos vinos y disfrutar de la gastronomía de Santander pasa por volver a la zona de Puertochico. La Vinoteca es la opción perfecta si queremos una carta más formal con propuestas de primer nivel. Si preferimos pinchos y raciones en un ambiente más relajado, Casa Lita o la algo más alejada La Gloria de Carriedo serán siempre un acierto.

MAÑANA

En esta última mañana en Santander volveremos a tomar la zona de Puertochico y los Jardines de Pereda como punto de partida, aunque esta vez será para alquilar una bicicleta que nos haga el camino hasta nuestro siguiente objetivo, el Sardinero, más fácil. Lejos de tomar atajos, sumaremos la belleza de llegar bordeando la costa, por la majestuosa avenida Reina Victoria, para disfrutar de fachadas tan señoriales como la del Hotel Real.

Playa del Sardinero Santander © David Crespo Playa del Sardinero Santander

Volveremos a pasar frente a la península de la Magdalena pero seguiremos pedaleando hasta nuestra primera parada, el mítico Casino y el Gran Hotel del Sardinero. Muy cerca quedan los Jardines de Piquío, un balcón desde donde disfrutar de las mejores vistas a ambas playas del Sardinero a la vez. Sin duda, llegados a este punto nos habremos ganado un delicioso ‘brunch’ con mejores vistas en la terraza de Panorama, situado en la parte baja del Hotel Chiqui. 

Toca seguir hasta el Mirador del Cabo Menor para cruzarnos con joyas escondidas como la playa de Mataleñas y así obtener unas vistas privilegiadas del Faro Cabo Mayor que queda camuflado entre la naturaleza. Precisamente esa será nuestra próxima y última parada. Con 30 metros de altura, se ha convertido en uno de los símbolos de Santander. Las escaleras que descienden por uno de sus costados guardan otro secreto: un sendero que se dibuja hasta el extremo del cabo para ponernos frente al mar.

¿Te sobra tiempo? Despídete de Santander tomando el funicular gratuito Río de la Pila y disfruta de la bahía y del conjunto monumental desde la zona alta de la ciudad.

Faro Cabo Mayor en Santander © MarioGuti Faro Cabo Mayor en Santander
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