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Elantxobe, el final del camino

Logotipo de El Viajero El Viajero 06/08/2018 Iñigo López Palacios
El puerto de Elantxobe, en Bizkaia. © Proporcionado por El Viajero El puerto de Elantxobe, en Bizkaia.

A Elantxobe hay que ir, no es un lugar al que se llegue por casualidad. Está en la reserva de la biosfera de Urdaibai, a solo 50 kilómetros de Bilbao, pero el camino es por una carretera llena de curvas y tiene espíritu de fin de trayecto.

Elantxobe es un puerto con pueblo, más que un pueblo con puerto. Únicamente su valor como fondeadero puede explicar la loca idea de construir una villa en la empinada falda este del cabo Ogoño. Un lugar en el que lo horizontal no existe, solo un abrupto desnivel sobre el que las casas se superponen a ambos lados de una cuesta rompepiernas. Pero el cabo Ogoño protege al puerto de los vientos y las mareas más fuertes, y sirve de abrigo para las peligrosas tormentas del fiero cantábrico. También es un accidente geográfico fácilmente reconocible desde alta mar. Virtudes que atrajeron a los balleneros guipuzcoanos que en el siglo XVI fueron los pioneros en el uso de Elantxobe como base. Nada había allí antes de 1524. Al principio, cuando era poco más que un dique, Elantxobe pertenecía a la parroquia de Ibarrangelua, en el interior. Y hasta que finalmente se segregó como municipio a mediados del XIX las relaciones fueron tensas. Las continuas disputas por el tema más viejo del mundo: quién debía gestionar los dineros, si las autoridades o aquel barrio de pescadores. Se mostraba así el tradicional conflicto entre dos formas de vida opuestas separadas por pocos kilómetros: la agrícola y la marinera.

El municipi ode Elantxobe, visto desde el mar. © Proporcionado por El Viajero El municipi ode Elantxobe, visto desde el mar. El municipi ode Elantxobe, visto desde el mar. getty images

Ahora en el muelle atracan boniteras o chipironeras y Elantxobe es el pueblo más envejecido de Bizkaia. En 2017, un 33% de sus poco más de 300 habitantes tenía más de 65 años. También al pueblo le pesan los siglos. Su suelo se mueve, siempre lo ha hecho, y son visibles los daños que han causado a las viviendas los deslizamientos de tierras. Corrimientos de una ladera a la que le cuesta soportar el peso de sus habitantes, a pesar de los muros de refuerzo que se han ido construyendo para apuntalar.

Elantxobe está lleno de miradores. La última vez que pasé por allí un vecino me aseguró que el más alto es la misma atalaya en el que se apostaban los oteadores esperando ver, a lo lejos, el paso de una ballena. Daban el aviso y los arrantzales corrían a sus txalupas en busca de la preciada presa. Podría ser verdad, se avistaron ballenas francas en el Golfo de Bizkaia hasta principios del XIX, aunque quizás simplemente estaba vacilando a un turista. Ahora sirve para admirar el precario equilibrio de unas casas que parecen colgadas, esa estructura frágil que serpentea rodeada de naturaleza y que finaliza en el mar. Los días de buen tiempo se vislumbra la costa de Guipuzkoa, las aguas tranquilas cogen un color turquesa y todo cobra una apariencia mágica. Entonces se entiende la lucha de generaciones por mantenerse en un entorno tan hostil. Elantxobe es una vista única al final del camino.

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