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Geometrías encantadas en Jaca

Logotipo de El Viajero El Viajero 15/11/2017 Marta Sanz
La catedral románica de San Pedro, en Jaca. © Ken Welsh La catedral románica de San Pedro, en Jaca.

Hay personas —especialmente meteorólogos— que coleccionan calles con nombres de fenómenos atmosféricos. Cuando vamos a Jaca (Huesca), nosotros nos alojamos en la calle del Viento, y para saber si lloverá hemos aprendido que hay que mirar hacia Pamplona. En la calle del Viento nos acoge una pareja amiga. Ella es cántabra; él es jaqués y le gustan las palabras: colecciona esdrújulos y cuando sale a la calle “hace capazos”, es decir, se para a conversar con vecinos que conoce de toda la vida o con amigos nuevos como Pedro, el librero de la bien nutrida Librería General. Preguntamos a nuestro amigo: “¿Cuántos capazos has hecho hoy?”. Él responde: “Tres”, “Doce”, “Veinticinco”…

Geometrías encantadas en Jaca

Geometrías encantadas en Jaca
© Proporcionado por Prisa Noticias
javier belloso

Aunque Jaca es una ciudad pequeña de 13.000 habitantes con sus rencillas y míticos agravios, también es una ciudad de gente abierta y hospitalaria que entona esa variedad cantarina de nuestro idioma común. Dulce y recia. Irresistible. A nuestro amigo le gustan las palabras e intuye la diferencia entre los topónimos jaqués y jacetano: “El primero se refiere a la ciudad; el segundo, a la comarca de la Jacetania”. La Jacetania revienta de misterios y preciosidades. Entre todos, me quedo con la decadente estación de Canfranc, que continúa su proceso de rehabilitación, reminiscencia blanca y fantasmagórica de un esplendor perdido y conexión europea en los periodos tristes de la historia de España; y con el monasterio de San Juan de la Peña, guarecido por la roca, como escondrijo habitado de animales fantásticos.

Las ciudades son también sus gentes, y Jaca es el epicentro desde el que el escritor Francisco Ferrer Lerín estudia las costumbres de las aves y escribe historias tremebundas y alegremente carroñeras. Para este escritor heterodoxo, el núcleo del que irradia todo en Jaca es la plaza de la Catedral, en un margen, huidiza, cuajada de bares resguardados en los porches. Bajo los soportales encontramos también la confitería Echeto, que, según nuestra amiga, es fabulosa.

A los pies de la torre del Reloj, la estatua de Ramiro I provoca hilaridad por la pose revistera de su pierna derecha

La catedral románica de San Pedro data del siglo XI. Se levantó por orden del rey Sancho Ramírez y, más allá de sus peculiaridades arquitectónicas —es muy original su pórtico de entrada—, sobresale por la luz oscura, el característico ajedrezado jaqués, la imagen de la violada mártir santa Orosia y el Museo Diocesano, donde se recogen muestras espléndidas de la pintura mural románica: las de la Sala Bagüés o las de la iglesia parroquial de Navasa. La iglesia de Santiago, la del Carmen o el convento de las Benitas completan una posible ruta sacra.

Jaca forma parte del Camino de Santiago, fue la primera capital del reino de Aragón y primera capital sublevada en favor de la República. Aquí se acuñaron las primeras monedas que, en copia verosímil, adornan el pavimento de la bulliciosa y comercial calle Mayor. Allí está el ayuntamiento, de fachada plateresca, que alberga una modernizadísima Sala del Consejo de Cientos, cuyo mecanismo gubernamental fue adoptado por Jaime I para Barcelona. En la misma calle se encuentran algunos de los edificios singulares del modernismo jaqués: el viajero vive el espejismo y la duda de si está en la Alhambra o en el bajo Pirineo.

Pasteles de La Suiza, en Jaca (Huesca). © Proporcionado por Prisa Noticias Pasteles de La Suiza, en Jaca (Huesca). Pasteles de La Suiza, en Jaca (Huesca).Marco Cristoforiage fotostock

La nota dulce de la calle la da una apreciada pastelería, La Suiza, con sus lazos y sus coloridos macarones. A mí no me gusta el dulce, pero siempre menciono las confiterías porque me parecen bonitas y refitoleras.

Nuestro amigo nos guía no solo a través del hito monumental o histórico, sino también a través de los momentos cotidianos culminantes: el aperitivo, en la terraza del Astún; el café, en el Fau, que también tiene fama de servir buenas comidas; una caña antes de cenar, en El Secreto. La oferta gastronómica jaquesa no es desdeñable: disfrutamos del menú del Mesón Serrablo —su dueño se jubilará pronto—, de la agradable terraza de Las 3 Ranas y de las delicias de El Portón, restaurante ubicado en la plaza del Marqués de la Cadena, emplazamiento de la Torre del Reloj, airosa representante de gótico civil, que fue cárcel y por culpa de la que hoy las siestas en Jaca revisten cierta dificultad: el reloj canta hasta los cuartos, y si uno no está acostumbrado, primero se asusta, después maldice. A los pies de la Torre del Reloj, la estatua de Ramiro I provoca hilaridad por la pose revistera de su pierna derecha.

Pero Jaca aún tiene mucha tela que cortar: la ermita de Sarsa que fue trasportada aquí piedra a piedra; el melancólico paseo de Invierno o de Oroel, con bellísimas panorámicas de la imponente peña del mismo nombre; la moderna pista de hielo que nos recuerda que estamos en una ciudad deportiva próxima a excelentes estaciones de esquí: Astún, Candanchú, Formigal

También, por su emplazamiento, Jaca es ciudad militar: el pentágono verde de la Ciudadela, por su diseño, fosos y muros, tiene algo de legendario y mucho de defensivo. Pentágonos dentro de pentágonos. Cifra geométricamente mágica entre la geometría tal vez trapezoidal de la peña Oroel y la pirámide abstracta del fuerte del Rapitán. Jaca está cuajada de leyendas que hay que escuchar en la boca cantarina de un jaqués o jaquesa. Hay visitas guiadas para ver la Ciudadela y su museo de miniaturas. Allí aprendemos de dónde proviene el dicho “A buenas horas, mangas verdes”. ¿Ustedes lo saben? Pues vayan a Jaca y que alguien se lo cuente.

Marta Sanz es autora de la novela Clavícula (Anagrama).

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