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Las Rías Baixas desconocidas: una ruta atípica por la frontera con Portugal

Logotipo de Traveler Traveler 29/11/2019 Traveler
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Hablamos de furanchos escondidos, de castros, pozas... y tabernas de toda la vida.

Los que somos urbanitas y no tenemos pueblito al que volver de vacaciones tuvimos que adoptarlo. En mi caso, pasé muchos años yendo a la frontera con Portugal a ver a la familia para darme cuenta de que la línea que separa un país de otro es solo eso, una línea. Y que recorrer la punta gallega del sur, esa que forman Baiona, A Guarda y Tui, era como un gran parque de atracciones para un niño que solo tenía para jugar un río con una presa, una granja y mucho monte.

La casa de la familia estaba en Tebra, una pequeña parroquia de menos de mil habitantes, situada en medio de un valle con una torre y una iglesia de estilo románico. Y ya. A treinta minutos de cualquier punto de los que hablaremos.

Así puedo presumir de que me crié entre conejos, vacas y cerdos y mazorcas de maíz tan altas como un gigante. Y que me bañaba en un pequeño riachuelo que había cerca de la casa.

De aquellos años me quedó el saber que la señora mayor que nos hacía aquella carne guisada tan rica era la hija de una mujer revolucionaria de la conocida "A volta dos nove", y su hija fue la que me puso mi apodo familiar.

Existe una placa que los recuerda, en Baiona. Que puede servir como primera parada de un recorrido de fin de semana tan bueno como cualquier otro. Un lugar tranquilo y poco conocido al que no llega ni la autovía.

A Baiona arribó con la carabela La Pinta uno de los hermanos pinzones diciendo que habían llegado a las costas del otro lado del mundo sin saber la que habían liado, y el castillo que reina el puerto -que fue otrora fortaleza inexpugnable llena de batallas e historias truculentas- es ahora un parador.

Baiona se puede ver a nivel del mar en la fortaleza de Monterreal o desde las alturas, en el mirador de la Virxe da Rocha (Virgen de la Roca). Las playas son sin humo y hay escuelas de vela adaptadas para pesonas con diversidad funcional, apostando por turismo de calidad.

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Para un niño un puerto deportivo es sinónimo de personas paseando y niños jugando a la pelota. Para un adulto, es callejear por las casas de granito del barrio viejo y parar en las tascas de la calle Ventura Misa o irte de mesa y mantel por los restaurantes de la calle Carabela a Pinta; comer centollas con vino blanco o probar las navajas o las sardinas.

Como ejemplo cualquiera de los que están en esas calles. Los más conocidos son La Boquería (Ventura Misa 64) o el restaurante Casa Rita (Carabela a Pinta 9), pero tienes donde elegir: La Micro, Tapería La Mini, Fuente de Zeta, el restaurante Mendoza, el Baíña, Paco Durán, etc.

Luego subías al coche y tomabas la PO-552 en dirección sur, hasta la desembocadura del Miño, y hacías chistes y gracietas con los nombres que te encontrabas mientras jugabas con los dedos imaginando que saltabas por el tendido eléctrico que veías por la ventanilla.

A un lado la playa, al otro el monte, las vides, las piedras de granito, el tiempo que no parece pasar. De los nombres recuerdo Pedra Rubia -para un gallego una piedra tiene el color marmóreo del granito u oscuro como el de la pizarra, pero no hemos visto una roca amarilla en años-, Toiberde -recuerdo de aquellas pegatinas de un muñegote verde- y su pequeña isla de O Cagado o las islas Orelludas (Orejudas) en Viladesuso.

Ahora, revisando mis notas y buscando por la red, me encuentro hasta un ultramarinos al que Google ha puesto de nombre "Sklep spożywczy", suponemos que por cuestiones de azar o desinterés.

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Muy cerca de allí, en Mougás están las pozas de Mougás, las cuales rozaban temperaturas subárticas en verano y en invierno... también.

El verde seguía siendo verde y las caminatas con bocata de salchichón y queso del país y la recolección de piñas para la barbacoa de la noche era ya de por sí una tarea que podía llevarte todo un día. Por eso lo ideal era apurarse para poder ver la puesta de sol desde el castro de A Cabeciña, un yacimiento arqueológico con petroglifos de más de tres mil años de antigüedad.

Otras veces se hacía un alto en el camino para comer, y se paraba en Casa Paco, en Torroña (carretera EP-2202) para que los adultos se dieran un festín pantagruélico de cabrito o de cordero.

Desde allí e podía seguir esta carretera de interior o por la costa. Si sigues por el interior, por la PO-2202 en dirección sur te encontrarás Loureza, que también tiene sus pozas, su monte y sus furanchos. Y a un tiro de piedra A Guarda.

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En A Guarda recuerdo los paseos en la playa de Camposancos o los viajes al monte de Santa Tegra (o incluso las excursiones con el colegio y temblar de miedo al mirar por la ventana del bus y ver aquello tan pronunciado que parecía un acantilado) y flipar en colores al ver los círculos de piedra que formaban el castro y que los profesores nos dijeran que allí hubo gente viviendo unos siete mil años antes.

A Guarda está cerca de O Rosal, lo que implica que también recuerdo ver a los mayores ponerse contentos con el vino de esta zona y hacer lo mismo cumplida una edad.

En Casa Chupa Ovos (rúa Roda 24) unas vieiras o una merluza ayudan a explicarte muchas cosas. Mientras los adultos se dedicaban horas a contarse cosas al parecer muy interesantes, los niños nos dedicábamos a comer rápido para salir a jugar al puerto.

Otros más recientes, como La Botica (calle Cervantes 1), una antigua farmacia reconvertida a dispensorio de espirituosos bien merecen la pena. Si quieres hacer un día transfronterizo, nada mejor que coger el ferry que lleva a Caminha y, nada más bajarte, tapear en O Portão (rua Direita 133) y luego dar un paseo por la playa de Moledo tan largo como quieras, porque puedes seguir hasta la playa do Camarido y poder casi tocar con las manos la costa gallega.

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O puedes escaparte al furancho Alto da Aldea, en Soutelo (lugar de Soutelo 33, si no lo encuentras, pregunta a los locales), muy cerca de Goián y probar la empanada de vaca cachena, o ponerte "morao" a base de tablas de embutidos, croquetas y tortilla sentado ahí, en medio de lo que parece un garage, con las mazorcas de maíz desgranadas y secas colgadas en la techumbre, entre vides y arboleda.

Luego sigues por la PO-552 dejando Tomiño a la izquierda hasta dar con Tui. Es un pueblo medieval a orillas del río Miño, que de niño recuerdas porque lo primero que haces cuando te lo dicen es pensar en caballeros y dragones. La catedral de Santa María de Tui es del siglo XII y tiene a su alrededor taperías y restaurantes para aburrir, casi todos en la rúa Seixas o en la playa del ayuntamiento, como O Vello Cabalo Furado (Seixas 2) o el Novo Cabalo Furado (praza do Concello 3).

Si prefieres estar más tranquilo, lejos del centro y del ruido, está la tapería La de Manu (rúa Calvo Sotelo 40). Desde Tui se ve la fortaleza portuguesa de Valença, a donde cruzábamos para comer frango con batatas fritas o el bacalhau en cualquiera de sus maneras en el Fortaleza (rua Apolinario da Fonseca 29), salir a correr por las callejuelas hasta dar con las Portas do Meio.

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Ahora el lugar ha cambiado y mejorado sus ofertas, como el Fronteira Gastrobar, que está en la misma carretera fronteriza (Avenida de Espanha 1) que ofrece menú del día con producto local y de temporada (aunque yo me sigo pirrando por la coxa de frango braseada).

De ahí regresábamos a casa. A veces pasábamos por el monte Aloia a ver atardecer o a pasear. Y eso era todo. A veces no se necesita mucho más para escapar del mundanal ruido.

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