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Siete grandes aventuras para no pasar calor este verano

Logotipo de El Viajero El Viajero 11/07/2019 Lonely Planet

Ruta en kayak por el Milford Sound, en la Isla Sur de Nueva Zelanda. © MATT CHAMPLIN (getty) Ruta en kayak por el Milford Sound, en la Isla Sur de Nueva Zelanda.

Fríos, helados, nevados o simplemente fresquitos. Cuando el calor no nos deja dormir, es mejor soñar con destinos frescos que contar ovejitas. Esos lugares donde la temperatura puede bajar 10 o 15 grados en comparación con los que disfrutamos (o sufrimos) en España. De Alaska al sur de Nueva Zelanda, pasando por la región de los samis en Finlandia, aquí van siete buenas ideas para escapar de un verano sofocante.

1. Alaska, el salvaje (nor)oeste americano

Dos excursionistas en el sendero Harding Icefield, en el parque nacional Kenai Fjords, cerca de Seward, en Alaska (Estados Unidos). © getty images Dos excursionistas en el sendero Harding Icefield, en el parque nacional Kenai Fjords, cerca de Seward, en Alaska (Estados Unidos).

Intacta e inmensa, Alaska es un destino soñado para amantes de la naturaleza. A pesar de su situación en el mapa, resulta bastante accesible y el esfuerzo merece la pena: naturaleza en su estado más auténtico y en soledad. Aquí se pueden ver de cerca osos pardos cazando salmones o alces en los arcenes de las carreteras. Pero tampoco hay que confiarse: Alaska no es lugar para timoratos. Hacer senderismo por zonas no vigiladas tiene riesgos (incluso puede llegar a ser peligroso) y en el camino aguardan multitud de imprevistos y sorpresas, como vegetación gigantesca, épicos viajes en autobús, cementerios rusos olvidados o bares donde no parece haber cambiado nada desde la década de 1980. En esta tierra donde los autóctonos todavía cazan para subsistir se siguen haciendo expediciones para buscar oro y el wifi es un rumor.

Entre los imprescindibles emerge el Denali, la montaña más alta de Norteamérica, 6.190 metros, y el parque nacional que le rodea. Esta mole de granito y hielo, que atrae a más de 1.000 alpinistas cada verano, domina un increíble paisaje de campos de tundra repleto de vida salvaje y más accesible a todos los públicos. Otra de las rutas clásicas de Alaska es el Chilkoot Trail, trazado por los buscadores de oro. Este sendero histórico de 53 kilómetros y rodeado de frondosos paisajes conecta Dyea (cerca de Skagway) con el lago Bennett, ya en Canadá.

Hay otras experiencias que tampoco defraudan, como la bahía de los Glaciares, donde se pueden ver leones marinos, frailecillos y orcas mientras enormes pedazos de hielo se desprenden (sonoramente) de los icebergs; el parque nacional de los Fiordos de Kenai, para una ruta en kayak entre enormes bloques de hielo flotante y gaviotas animando el ambiente con sus graznidos; descubrir la cultura autóctona, viajar en el ferrocarril, embarcarse en el ferri a las remotas islas Aleutianas, avistar ballenas en el sureste del Estado o descubrir glaciares tan excepcionalmente bellos como el de Mendenhall, al norte de Junneau, un río de hielo que sale a presión desde las montañas.

2. De excursión en las Rocosas canadienses

Paisaje de montañas en la carretera Icefield Parkway, en Canada. © Noppawat Tom Charoensinphon (getty) Paisaje de montañas en la carretera Icefield Parkway, en Canada.

La gran joya del Estado canadiense de Alberta son sus lagos, especialmente en los parques nacionales de Jasper y Banff —nadie debería perderse la contemplación pausada del lago Louise o el Columbia Icefield—, aunque en esta parte del mundo existen otros paisajes originales como las badlands incrustadas de fósiles de dinosaurios alrededor de Drumheller o el sendero del lago Crypt en el parque nacional de Waterton Lakes, al sur del Estado. En el norte podremos ver bisontes y en el centro de la provincia hay ranchos históricos, lugares sagrados para los nativos y el misterioso paisaje de los hoodooos. Las ciudades de Alberta compensan la falta de historia con su espíritu: Calgary se ha vuelto moderna, con excelentes museos y bares de copas, y una cita muy especial: el festival teatral Fringe de Edmonton.

Los parques nacionales de Banff (creado en 1885) y Jasper (1907) son dos de los más antiguos del mundo y, a pesar de su paisaje agreste, de fácil acceso. Son territorio de las Montañas Rocosas. Las escarpadas cumbres arañan el cielo mientras en sus precipicios cuelgan glaciares enormes. Los lagos cristalinos de color esmeralda y turquesa reciben las aguas de cascadas que caen por acantilados sin fondo. Los anchos valles están cubiertos de tupidos bosques y los altos prados alpinos se cubren de flores. Paisajes de postal al alcance de la mano que, de hecho, acogen hasta cinco millones de visitantes anuales. Una de las experiencias más bonitas en las Rocosas es circular por la Icefields Parkway, la carretera más alta y espectacular de Norteamérica, que permite el máximo acercamiento —con vehículo— a las montañas. Abierta en el siglo XIX por indígenas y comerciantes de pieles, en la década de 1930 se construyó la primera sección asfaltada, mientras que la actual es de los años sesenta. Aunque está muy concurrida en verano, sobre todo por autocaravanas (también hay quien la recorre en bicicleta), está jalonada de cámpines, albergues y hoteles estratégicamente distribuidos. Es, sin duda, una de las rutas míticas del mundo, y discurre entre lagos, glaciares y cumbres nevadas, y también uapitíes, osos, alces… Hay que tener muy mala suerte para no ver al menos un animal salvaje: basta con estar atentos a los atascos provocados por los osos.

3. Groenlandia, veraneo en el hielo

Vista de la población inuit de Uummannaq, en Groenlandia. © Gonzalo Azumendi (getty) Vista de la población inuit de Uummannaq, en Groenlandia.

Además de fresquita, incluso helada, esta es la mayor isla del mundo y la de menor población del planeta; de hecho, es un casquete de hielo que ocupa más del 80% de su superficie. Hay pocos lugares del mundo con un paisaje tan asombroso y con una luz tan clara (en verano). Tiene enormes espacios naturales y muy pocas carreteras para que los aventureros puedan moverse a sus anchas a pie, esquiando, en trineo o en kayak. Eso sí, el clima es impredecible y la naturaleza es la que manda. Hay que reservar fuerzas para observar el sol de medianoche, ver desgajarse icebergs, deslumbrarnos ante auroras boreales o aprovechar las oportunidades que la isla ofrece para escalar en roca, pescar salmón, remar en kayak de mar por sus costas o conocer las tradiciones de los groenlandeses.

La vida se concentra en la costa oeste, donde están algunos de los pueblos y lugares más llamativos, como Uummannaq, cuyas casas de colores se aferran al litoral. Es un pueblo de cazadores muy auténtico, con el pescado puesto a secar y pieles ondeando en el aire. Muy cerca además está la principal razón por la que los viajeros suelen viajar a Groenlandia: el Ilulissat Kangerina, uno de los glaciares más activos del planeta. En las afueras de Ilulissat, declarado patrimonio mundial, en la desembocadura del fiordo, hay icebers descomunales, algunos del tamaño de pequeñas ciudades. Con 5 kilómetros de ancho, genera más de 35 kilómetros cuadrados de hielo al año, cantidad suficiente para suministrar agua a la ciudad de Nueva York durante un año.

Rumbo al sur encontramos la capital, Nuuk, y Qassiarsuk, un pueblo a orillas de un fiordo que es el lugar donde Erik el Rojo construyó su granja en el siglo X. Aquí se dice que se levantó la primera iglesia cristiana del Nuevo Mundo, en el año 1000. Pueden visitarse varias ruinas nórdicas y la recreación de una cabaña de tierra y hierba inuit del siglo XIX. Muy cerca está Nanortalik, un bonito pueblo de pescadores, el más meridional de Groenlandia. Pero la experiencia estrella es siempre navegar por Groenlandia. Por ejemplo, desde Aappilattoq, una pequeña aldea de pescadores ubicada en un puerto natural que permite navegar por los fiordos más espléndidos del sur de la isla. Es una zona prácticamente inaccesible por tierra pero que puede recorrerse a bordo de un barco que hace la travesía cada semana o practicando el qajaq groenlandés, el precursor del kayak moderno.

4. Pistas blancas de verano en Argentina

Esquí en la zona de San Carlos de Bariloche, a orillas del lago Nahuel Huapi, en Argentina. © Stéphane GODIN (getty) Esquí en la zona de San Carlos de Bariloche, a orillas del lago Nahuel Huapi, en Argentina.

Entre los paraísos australes para esquiar en pleno verano europeo hay dos especialmente recomendables en Argentina. El primero, Mendoza, ciudad conocida sobre todo por sus vinos y por su ritmo tranquilo, es una meca para esquiadores, alpinistas y escaladores. La joya blanca es Las Leñas, uno de los mejores lugares para esquiar en toda Sudamérica; algo así como el Aspen argentino. El complemento perfecto es visitar el parque provincial Aconcagua, en la frontera con Chile, formado por las tierras que rodean el cerro Aconcagua (6.962 metros), en los Andes centrales, la montaña más alta de América. Aunque no tratemos de llegar a la cima, el paisaje es igualmente magnífico.

Pero el destino invernal predilecto de los argentinos en invierno es la región de los Lagos, repleta de posibilidades para esquiar, escalar, caminar y disfrutar de inmensos bosques y lagos glaciares. San Carlos de Bariloche es el destino principal, a orillas del lago Nahuel Huapi, en medio del precioso parque nacional homónimo. Otro punto recomendable de la región es El Bolsón, que en la década de 1960 fue un pueblo jipi, y actualmente aboga por el ecologismo, la sostenibilidad y la conservación de algunos de los paisajes más espectaculares del país. En torno a El Bolsón hay numerosas crestas, cascadas y bosques, así como San Martín de los Andes, una especie de versión más tranquila de Bariloche.

5 Refrescante Nueva Zelanda

Crucero por el fiordo Doubtful Sound, en la Isla Sur de Nueva Zelanda. © Onne van der Wal (getty) Crucero por el fiordo Doubtful Sound, en la Isla Sur de Nueva Zelanda.

Donde el invierno está asegurado en pleno mes de agosto es en nuestras antípodas, Nueva Zelanda, y especialmente al sur de la isla Sur, en la región conocida como Southland, donde aguardan los paisajes sublimes de montañas, bosques y fiordos del parque nacional Fiordland. La joya de la zona es Milford Sound, un fiordo enmarcando por acantilados de kilómetros de altura que se formó por la erosión de los glaciares durante milenios. Se llega por la Milford Hwy, con magníficas vistas alpinas en cada curva. Y aunque reciba menos antención, el virginal Doubftul Sound (“lugar del silencio”) deja boquiabiertos a todos los viajeros que lo visitan. Desde este lugar, la carretera Southern Scenic Route serpentea a través de Soutland hasta los Catlins, donde los prados llegan hasta ensenadas doradas y los escarpados acantilados están habitados por focas adormiladas.

Puestos a buscar climas frescos, hay que llegar al extremo final, la isla de Stewart (Rakiura, en maorí), a la que pocos neozelandeses han viajado. Es el mejor sitio para espiar a los kiwis, la tímida ave símbolo del país, aunque requiere paciencia: su plumaje marrón los camufla en el monte durante la noche, el mejor momento para verlos en su hábitat. En Stewart solo hay un núcleo de población, Oban, el resto es naturaleza salvaje en la que disfrutar de actividades al aire libre y de un santuario de aves famoso internacionalmente, la isla de Ulva. Para caminar, el Rakiura Track propone una ruta circular de tres días (39 kilómetros) que bordea hermosas playas, asciende por una cresta boscosa y atraviesa el litoral protegido de la ensenada de Paterson (Te Whaka a Te Wera), con enclaves maorís de interés histórico.

6 Finlandia con los samis

Paisaje cerca de Sodankylae, en la Laponia finlandesa. © getty images Paisaje cerca de Sodankylae, en la Laponia finlandesa.

La Laponia finlandesa es la región de los samis, un territorio que ocupa el 30% de la superficie del país nórdico pero solo acoge un 3% de su población, y donde las bajas temperaturas invernales no han impedido la afluencia turística: recorridos con huskies o renos, motos de nieve y pesca en el hielo, esquí… Lo bueno es que en verano también se puede disfrutar de la zona gracias a los magníficos senderos para caminar (los parques nacionales ofrecen desde senderos accesibles en silla de ruedas hasta itinerarios exigentes), ríos perfectos para descensos de piragüismo y rafting en aguas bravas, la pesca del salmón en el valle del Teno o propuestas para entrar en contacto con la cultura sami, a través del arte o el pastoreo de renos.

Rovaniemi, en el círculo polar ártico, es la principal puerta de entrada a este vasto territorio. Además de acoger la residencia oficial de Santa Claus, cuenta con el museo Arktikum, una introducción perfecta a estas latitudes, y es un punto base fantástico para organizar salidas y actividades. Por ejemplo, realizar una excursión a la cascada de Auttikongas, a unos 80 kilómetros al sureste de Rovaniemi, a la que se accede por un sendero de 3,5 kilómetros que atraviesa un puente colgante. En verano el paseo tiene un aliciente extra: recolectar arándanos azules y rojos a lo largo del camino.

7 En Islandia, entre icebers azules

Turistas en la Cueva de Cristal, bajo el glaciar Breidamerkurjokull, en Islandia. © Ragnar Th Sigurdsson (getty) Turistas en la Cueva de Cristal, bajo el glaciar Breidamerkurjokull, en Islandia.

Al dar la vuelta a Islandia nos encontraremos un escenario surrealista que parece más un plató natural de cine (de hecho, ya ha aparecido en varias películas, como Muere otro día, de la saga James Bond). Jokulsarlon, en el sur, es una fantasmal procesión flotante de icebergs azules. Los grandes bloques de hielo se desprenden del glaciar Breidamerkurjokull, un ramal del inmenso campo de hielo de Vatnajokull, de 8.100 kilómetros cuadrados. Se trata del casquete polar más grande del mundo (fuera de los polos), una enorme extensión de hielo bajo la que descansan picos y valles, varios volcanes activos y lagos subglaciares, así como la cima más alta del país. Se puede recorrer en una excursión en motonieve y, en verano, realizar paseos informativos y excursiones por el parque nacional creado para proteger este universo helado y sus glaciares.

Merece la pena pasar al menos un par de días en esta región islandesa para pasear por la orilla de la laguna y aprovechar la mejor luz para hacer fotos; dar una vuelta en vehículo anfibio por la playa de los Diamantes, pasear con un guía por el glaciar, adentrarse en grutas de hielo o navegar en barco o kayak entre los icebergs. En verano, y con buen tiempo, se puede recorrer el sendero Breioarmörk y terminar en Hofn, viendo más glaciares de camino y quizás dándose un baño en una piscina de agua caliente.

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