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Desfiladero del Cares, el gran clásico

01/09/2014 FOTOS Y TEXTO: SERGIO GARCÍA
Desfiladero del Cares, el gran clásico: Photo © FOTOS Y TEXTO: SERGIO GARCÍA Photo

Dicen que los habitantes de Caín no mueren, se despeñan, y tamaña afirmación se puede oír lo mismo en un refugio de montaña que arrimado a la barra de una tasca, mientras uno se bate el cobre con un platillo de Cabrales y un orujo blanco, ese agua de fuego que destilan en Liébana y que hace olvidar ampollas y agujetas. Hasta Caín se llega por uno de los desfiladeros más impresionantes de la Península, que se abre paso entre paredes calcáreas sorteando precipicios de hasta 500 metros.

Los biólogos dicen que lo que ahora es quebrada antes fue farallón y que los fósiles hallados en la zona atestiguan que las soledades en las que se adentra el viajero fueron antaño fondo marino. Claro que no hace falta echar la vista tan atrás, porque estos andurriales atesoran historias sin fin.

Es posible que los mismos que nos han advertido sobre el funesto destino de los vecinos de Caín nos digan también que ese agreste rincón es el único que merece considerarse ‘España’, porque el resto “es tierra reconquistada”. La Ruta del Cares es, posiblemente, la senda de montaña más frecuentada del país, debido a la belleza del paisaje y a su dificultad moderada. Arranca en Poncebos y se puede completar en un día, sin que hagan falta ni un curriculum de escalador ni la equipación de un sherpa (el que suscribe ha sido testigo, incluso, de cómo algún inconsciente la realizaba en zapatos, aunque no respondo de su estado mental).

Son doce kilómetros hasta Caín, ampliables hasta 21 si uno decide dar el salto a Posada de Valdeón y contempla la posibilidad o bien de recoger allí el coche -son habituales las cuadrillas que se intercambian las llaves a medio camino-, o de hacer noche en un escenario situado en medio de un circo de piedra y rodeado de bosques y arroyos que cascabelean. Lo habitual, sin embargo, es quedarse en Caín, porque hay que deshacer el camino andado y, aunque el recorrido sea mayormente llano, los kilómetros se acumulan y uno descubre que gemelos y abductores tienen memoria.

Eso sí, la experiencia merece la pena.El camino que se abre al paso del viajero tiene su principal dificultad en el tramo inicial, conocido como la subida a los Collaos. Las rampas empinadas se alejan del cauce del Cares, ese río que ha necesitado millones de años para excavar un cañón y que discurre chispeante y cantarín allá al fondo, entre frondosas orillas que contrastan con las paredes de piedra cortadas a pico. La subida va dejando a un lado cabañas en ruinas que se revelan miradores privilegiados, al tiempo que una excusa para echar mano de la cantimplora y una barrita energética.

La fama de esta ruta es de sobras conocida y resulta habitual ver a extranjeros que, solos o en grupo, pero siempre artillados con cámaras fotográficas, se adentran en un pasillo de apenas dos metros de anchura que se asoma a espectaculares abismos. ¿Hay peligro? En el monte, la prudencia es siempre una actitud que conviene no perder de vista. El pasado año hubo un derrumbe que obligó a cortar la senda hasta junio en el lado de León y meses después un senderista vitoriano falleció al despeñarse después de que le golpeara una roca.

El atractivo de la senda, sin embargo, sigue imponiéndose y todos los años la recorren miles de personas, hasta el punto de que en temporada alta el trasiego incesante asemeja una romería. Es por ese motivo que los incondicionales del Cares escogen para recorrer la ruta los meses de octubre a mayo, aunque nunca está de más hacer una llamada a los albergues de Caín para asegurarse de que están abiertos y el camino, expedito.Una vez coronados Los Collaos, el viajero descubre que tiene un compañero de excepción que se ha mantenido emboscado los tres cuartos de hora que ha durado la subida y que aflora unos metros más abajo, junto a las paredes que perfilan el camino. Es la canal. Construida entre 1915 y 1921 por Electra de Viesgo, las obras entrañaban una dificultad técnica extraordinaria y tenían por objeto desviar parte del agua del Cares desde Caín hasta Camarmeña, a once kilómetros de distancia, para desde allí lanzar el agua y activar las turbinas de la central hidroeléctrica de Poncebos.

La galería, con una inclinación del uno por mil, discurre por 71 túneles barrenados a mano por un paisaje de caliza de una dureza extraordinaria. Prueba de esa dificultad es el ritmo de ejecución de los trabajos, que en algunos tramos era de apenas 2,5 metros a la semana, en una época que no sabía de rozadoras y donde el uso de explosivos llevaba aparejado más riesgos que ventajas. 500 trabajadores, reclutados de Valdeón a Arenas de Cabrales, tomaron parte en el proyecto, que se cobró dos vidas. Pero las dificultades no acabaron ahí, años más tarde, después de la Guerra Civil, los responsables de la eléctrica afrontaron otro desafío ante la necesidad esta vez de garantizar el mantenimiento del canal.

Decidieron entonces construir el camino que, décadas más tarde, se ha convertido en referente de los aficionados a la montaña, y del que en un principio colgaban líneas de baldes para despejar la zona de escombro. Para ello construyeron puentes, como el de Bolín y Los Rebecos, y royeron las paredes de roca a golpe de pico y dinamita para sortear precipicios hasta los que entonces solo se asomaban majadas de pastores.Una vez dejados atrás Los Collados y el perfil de un antiguo valle glaciar, el senderista inicia un tramo llano y a cubierto en algunas zonas por la visera que hace la montaña. El río se desliza al fondo y las paredes calizas aparecen salpicadas aquí y allá de encinas, el árbol por excelencia de la garganta, entre tanta piedra desnuda donde uno se resigna a la ausencia de vegetación.

Una especie de hojas duras y perennes más propia de climas mediterráneos, pero que se ha hecho un hueco en un paraje inhóspito debido a las corrientes de aire que secan las paredes y la baja retención del agua del sustrato rocoso. Superado ya el límite con León, sale al encuentro del sendero la majada de Culiembro, que conduce a los puertos de Ostón y de allí a los Lagos de Covadonga.

La ruta prosigue hacia Caín dejando a un lado precipicios cada vez menos acusados, entre rebaños de cabras que te siguen los pasos desde la quebrada y pequeñas praderías que parecen acunar árboles ya no tan solitarios. El puente de Bolín primero y el de Los Rebecos, después, cosen la montaña en dos puntos donde las paredes parecen cruzarse besos de tan pegadas como están; una grieta que se desliza entre la espesura y que permite adivinar el río ahí abajo, rompiéndose entre las rocas como esos culines de sidra que escancian los taberneros desde Llanes a Vegadeo.

El camino que resta hasta Caín se acerca al lecho del Cares, al que la canal ha robado parte de su caudal y dejado reducido a un hilo de agua que volverá a engordar poco con nuevos aportes de agua que se descuelgan desde los neveros. En el último tramo, y justo antes de la presa que retiene el Cares a las afueras de Caín, el tajo abierto entre las piedras discurre entre paredes cubiertas de musgo y verdín; las paredes empapadas como el túnel con ventanas que recorre los últimos metros y cuya luz no impide que los senderistas más confiados se llevan algún coscorrón.Caín está dominado por Torre Cerredo (2.648 metros) y Piedra Lengua (2.295), y cualquiera podría decir, a juzgar por los que se han animado hasta aquí y ahora yacen a orillas del río, tumbados con los pies en la corriente y los ojos cerrados, que es un remedo de Shangri-La o El Dorado.

La arquitectura de montaña dibuja casas de piedra arracimadas alrededor de la iglesia y el cementerio, aunque los viajeros a menudo prefieren aplazar la visita y anteponen un buen plato de garbanzos con callos o un pote asturiano, a base de alubias, berza y botiello. El Diablo de la Peña, La Ruta o la Posada del Montañero concentran la oferta del poblado, reducida pero contundente. Que la montaña sabe guardar secretos y es sorda, ciega y muda. Pero la excursión no tiene por qué acabar en Caín. El camino sigue adelante, aunque a partir de aquí la pista de tierra dé paso al asfalto. La carretera, eso sí, coge pendiente y el paso se ralentiza. Si de Poncebos a Caín hay 12 kilómetros y se emplean de media unas tres horas, de este pueblo a Posada de Valdeón hará falta el mismo tiempo para recorrer apenas nueve.

Las rampas no tardan en poner a cada uno en su sitio. La tajadura se va abriendo a poco, primero al Bosque de Corona, un espacio repleto de hayas y habitado desde las cumbres hasta las praderías por quebrantahuesos, tejones o jabalíes. A unos tres kilómetros de Caín, un recodo del camino esconde el Chorco de los Lobos, una empalizada que se adentra en la espesura y que remata un muro de piedra convertido en celda. Desde tiempo inmemorial, los pastores han dado caza a los depredadores para proteger sus rebaños. Las cuadrillas de aldeanos batían el bosque hasta acorralar al depredador y lo conducían por este pasillo hasta el encierro donde le daban muerte. La ruta se empina más si cabe, con desniveles que alcanzan el 19% hasta llegar al Mirador del Tombo.

Allí, rodeado de cumbres y bosques de hoja caduca, el viento se desliza entre susurros que llegan del otro lado de las montañas, mientras refugios como el de Collado Jermoso o Vegarredonda esperan a que la primera les saque de su letargo. Un poco más adelante, en Cordiñanes, el cartero hace su ronda por una carretera angosta donde se impone negociar con el que circula de frente, y de un hórreo llega hasta el camino ruido de cacharros y el maullido salvaje de algún gato al que han pillado en falta. Apenas un kilómetro más allá se levanta Posada de Valdeón, arrimado a un embalse junto al que pasean los jubilados del lugar. Hacen guardia en un banco del camino, centinelas fieles a su cita diaria. El rostro curtido y cubierto de venitas, miran a las montañas de igual a igual, como si llevaran allí tanto como ellas.

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