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Dormir a los pies de Machu Picchu

08/08/2014 Patricia Osuna
Dormir a los pies de Machu Picchu.: Photo © Getty Photo

El 24 de julio de 1911 un timorato profesor de Yale, equipado con traje de explorador ad hoc, sin saber una palabra de español o quechua y acribillado por los mosquitos, celebraba haber descubierto las ruinas de la ciudad perdida de Vilcabamba, última fortaleza de los incas. Pero aquellas piedras cubiertas por la maleza en la ladera de la montaña de Machu Picchu (el monte viejo que terminaría dando nombre al yacimiento) nada tenían que ver con el destino que él perseguía.

Hiram Bingham ni dio con Vilcabamba (expedición financiada por su suegro, socio de la firma de joyas Tiffany&Co.) ni la Historia le ha reconocido el descubrimiento de Machu Picchu, alegando que exploradores europeos, misioneros y los propios habitantes de la zona supieron siempre de la existencia de las ruinas. Eso sí, admite su porte gallardo y apunta -no sin cierto regodeo- que su look inspiró el Indiana Jones de Steven Spielberg.

Podrá comprobarlo usted mismo porque de esta guisa posó en varias fotos de la época y hoy cuelgan en el restaurante del Sanctuary Lodge, el hotel de cinco estrellas que se precia de ser el único alojamiento -y por extensión, el único edificio moderno- en un radio de varios kilómetros.

La ciudadela, sin turistas

Con tan solo 29 habitaciones dobles y dos suites, el puñado de privilegiados que pasa la noche en el Sanctuary Lodge puede volver a su casa con un anecdotario bien abultado. Porque no sólo dormirá a los pies de la ciudadela, sino que desde un rincón secreto de su jardín podrá contemplar el atardecer y los primeros rayos de sol iluminando las ruinas solitarias, sin los cientos de turistas que forman parte del paisaje habitual.

También tendrán la suerte de madrugar menos que el resto de los mortales para iniciar la ascensión al Huayna Picchu, el monte mil veces inmortalizado en uno de los flancos del yacimiento. La excursión a la cima de esta montaña (dos turnos, uno a las siete y otro a las diez) sólo es recomendable si está en buena forma física y no sufre de vértigo. El premio a 45 minutos interminables de sudor, vahídos y calambres es la panorámica de los restos arqueológicos con Machu Picchu de fondo y la carretera que desciende hasta Aguas Calientes dibujando una sucesión de zetas en la ladera del monte.

Una vez de regreso en el hotel, podrá recomponerse gracias a los masajes y tratamientos (aromaterapia, masajes faciales, shiatsu, reiki, drenaje linfático y chuaka -terapia de Mongolia-) a disposición de los huéspedes. En sus dos restaurantes, uno buffet y otro a la carta, preparan los platos más típicos de la gastronomía peruana. Mientras que los barmen le instruirán en el noble arte de preparar un pisco sour como Viracocha manda, a partir de las distintas variedades de aguardiente de uva.

Una experiencia auténtica

Y es que este cinco estrellas lleva a gala el motto de Orient-Express, que es el de brindar a sus huéspedes «viajes y experiencias auténticas». Construido tras la II Guerra Mundial como base para investigadores y arqueólogos, mantiene de aquella época un corte austero que no desentona con el entorno en el que se levanta.

Sus habitaciones, de estilo rústico con ropa de cama de algodón grueso, alfombras de sisal y combinación de colores beige, verde y terracota, no son demasiado grandes y sólo nueve de ellas ofrecen vistas a las ruinas y al Huayna Picchu (la número 40 es la que mejores vistas tiene), pero en todas se disfruta de la energía especial que desprende este destino, Patrimonio de la Humanidad y una de las Siete Maravillas Naturales, entre otros galardones.

En el ya mencionado jardín podrá contemplar, junto a decenas de variedades de orquídeas, enjambres de colibríes (hasta catorce especies distintas en esta zona del país) que se arremolinan en torno a ellas y alguna que otra sorpresa en forma de agua -hasta aquí podemos leer- que pondrá la guinda a este viaje.

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