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“Quería una lápida con la frase: ‘Algo hizo por el perú’”

logotipo de La República La República 20/04/2019 redaccionlr
El secretario. Por más de veinte años, Ricardo Pinedo Caldas, con la mano en el pecho, actuó como asistente personal del expresidente Alan García, quien le confió la edición de sus memorias. El secretario. Por más de veinte años, Ricardo Pinedo Caldas, con la mano en el pecho, actuó como asistente personal del expresidente Alan García, quien le confió la edición de sus memorias.

Ricardo Pinedo Caldas, abogado, político y editor de libros, trabajó más de dos décadas como secretario personal del exmandatario Alan García Pérez. Lo ayudó a redactar sus memorias y, por supuesto, estuvo con él horas antes de que tomara la decisión de quitarse la vida. En la siguiente entrevista, Pinedo rememora los episodios más importantes de su experiencia con García, bajo la luz y la sombra.

¿En qué circunstancias se relacionó con Alan García Pérez?

Conocí al expresidente en 1978, cuando era miembro de la Juventud Aprista Peruana (JAP) y cursaba el cuarto año de secundaria. Tenía 15 años de edad.

¿Fue en la Casa del Pueblo?

Me invitaron a Villa El Salvador a inaugurar un local. Yo estaba con una bandera defendiéndome de los adversarios que habían venido a provocarnos y a mi costado estaba un joven alto con otra bandera. Cuando pregunté quién era, me dijeron: Alan García. Fue la primera vez que lo vi.

¿En qué momento se convirtió en su secretario?

Con Alan García trabajé 24 años. Lo conocí en sus peores momentos, por ejemplo, cuando estaba exiliado en París. Me invitó para que lo visitara. En ese tiempo trabajaba para Agustín Mantilla y por equivocación Alan García me envió un correo y fue en esas circunstancias que nos conocimos. Así me pidió que trabajara con él. Yo entonces editaba sus libros.

¿Cuál era la rutina del expresidente?

Siempre he trabajado a su lado. Para Alan García no existían feriados y domingos o cumpleaños. Era una persona muy ligada a su trabajo y cuando tenía una idea en la cabeza la desarrollaba hasta no más poder. Por eso yo tenía que estar cerca, conectado. El domingo 14 de abril estábamos terminando sus memorias, estábamos en la etapa de selección y corroboración de fotos. Entenderá que un personaje político como Alan García, que durante más de 30 años se ha fotografiado con presidentes de Estados Unidos, con líderes como el norcoreano Lee Mynk Bak, con los papas, con los premios Nobel, el trabajo de recolección es muy exhaustivo.

¿Llegó a terminar sus memorias? ¿Ya tiene un título el libro??

De momento no lo puedo decir. Espero contar con el permiso de la familia para que me dé el privilegio de terminarlo. Ya no hay nada que redactar, solamente se necesita editar.

¿Qué episodios de su vida destacan en sus memorias?

Alan García hace un recuento de su niñez en Arequipa, cuando su padre Carlos García Ronceros estuvo detenido y su madre, una modesta profesora, fue destacada a Camaná, donde vivió muchos años. Habla de su abuela Celia Rojas, madre de su progenitora, que fue una dirigente aprista en el Cusco.

¿Y respecto al origen aprista de su familia?

Cuenta mucho de su infancia con su hermano Carlos, y que cuando tenía cinco años recién conoció a su padre, al salir este del penal El Sexto. Hace un relato de su vida en el colegio y en la universidad. Menciona al excanciller José Antonio García Belaúnde, quien fue su compañero de carpeta, así como otros pasajes de su vida familiar, profesional y en la política. Hay mucho detalle, mucha anécdota, mucha vivencia.

¿Cómo era su día a día?

Se levantaba muy temprano; disciplinadamente se acostaba más allá de las 9 o 10 de la noche. A esa hora se despedía siempre luego de coordinar sobre los temas en curso. A las 5 de la mañana se despertaba y me llamaba para preguntar qué novedades había. En los últimos días, por ejemplo, estaba al tanto de la detención del expresidente Pedro Pablo Kuczynski. Estaba interesado en el curso de su caso.

¿Cada mañana lo primero que hacía era leer, oír o ver las noticias?

No. Alan había decidido desde 2016 no leer ningún diario, no ver televisión y se molestaba cuando uno le daba información nacional de algo. Yo tenía que insistir, diciéndole: 'Presidente, esto es grave'. Y él me respondía:‘Yo no quiero contaminarme del odio, yo no quiero odiar como me odian’.

¿Con esas palabras?

Con esas palabras.

¿Ni siquiera del caso Lava Jato en el que estaba involucrado?

No. A veces yo le decía que había pasado algo con el caso Lava Jato. Pero Alan esperaba enterarse por un mensaje de Jorge del Castillo o de Mauricio Mulder, y luego me preguntaba: "Oiga, me están escribiendo bastante de este tema. ¿De qué me están acusando? A ver, cuénteme". Y a veces los congresistas me decían: "¡Compañero, que responda, que diga algo!".

¿Y qué consumía rutinariamente?

Su desayuno era un jugo de naranja y tostadas. Era un desayuno austero. Cuando veía algo que le interesaba, lo escribía en su iPad, en el que también escribía sus memorias. Al mediodía recibía a mucha gente, mayormente gremios, y a los congresistas. Le gustaba mucho el cau cau, los camarones y la comida típica de las regiones. Saboreaba el helado de queso. A Alan le gustaba ir a los huariques, decía que ahí se comían bien, no en los restaurantes cinco tenedores.

¿Estaba preocupado por el caso Odebrecht?

Yo le mentiría si diría que no le preocupaba. Había reuniones con sus abogados y consultas permanentes. Teníamos un grupo de WhatsApp y hablábamos de todas las novedades. Más aún en esta coyuntura porque el fiscal que está a cargo –cuyo apellido no quiero repetir– en los últimos cinco días comenzó a lanzar disposiciones de una manera desesperada y juntar carpetas y nuevas tesis donde Luis Nava y Miguel Atala habrían recibido dinero ilícito. Eso lo defenderán ellos y demostrarán su inocencia. No lo sé.

¿Alguna vez le habló de su muerte?

Yo lo acompañe en dos campañas: 2001 y 2006. En Lampa, en Puno, se pidió un chicharrón y me dijo: "Si algún día algo me pasa, lo que me encantaría, y estaría satisfecho, es que en mi lápida se ponga una frase". "¿Por qué no cambiamos de tema?", le dije. Y me contestó: "Una lápida que diga: 'Algo hizo por el Perú'".

Leía los poemas de Vallejo

¿Usted sabía de las armas?

Hace tres meses me dijo que sacara las licencias de las armas que le habían obsequiado los altos mando de las Fuerzas Armadas. Siempre me decía: "Un arma salva la vida, compañero". Yo gestioné las licencias. Todo estaba al día.

¿Sabía que ser detenido era una gran posibilidad?

Lo que en los últimos días me dijo fue: “Creen que me van a detener, creen que me van exhibir con un chaleco. Vamos a ver, vamos a ver”. Así se expresaba.

¿Que leía por estos días?

Poemas de César Vallejo sobre la muerte. Se los sabía de memoria y los recitaba.

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