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Porque 32 años sin verse es mucho tiempo, padres e hijos se reunifican en LA

logotipo de La Opinión La Opinión 10/9/2018 Jorge Luis Macías / Especial para La Opinión
Celia Rincón Bernal (c) llora por la emoción de ver a sus hijos Luis (i) y “Beto” (d) Espinoza Rincón . / fotos: Jorge Luis Macías. © Proporcionado por Impremedia LLC Celia Rincón Bernal (c) llora por la emoción de ver a sus hijos Luis (i) y “Beto” (d) Espinoza Rincón . / fotos: Jorge Luis Macías.

Luis Espinoza Rincón tenía 32 años de no ver a su madre Celia. Ha pasado tanto tiempo, que la madre confesó que por un momento sintió miedo de no reconocer el rostro de su hijo.

Pero el amor de una madre nunca se equivoca y en la tarima de Plaza México, de Lynwood, este sábado solo dirigía su mirada al hijo que partió de su ranchito, allá en Santa Cruz de Camotlán —municipio de Ahuacatlán —Nayarit.

Celia Rincón Bernal tiene 74 años de edad. Camina poco y cuando se cansa, debe ser empujada en una silla de ruedas. Sus pies están cansados, pero su corazón ahora late más fuerte que nunca.

Ayer le dio gracias a Dios por darle la oportunidad de reencontrar, abrazar y besar a sus “niños”, como les dice a sus hijos: Luis, de 46 años y quien vive en Fresno, “Beto”, de 32 vecino de la ciudad de Azusa.

“¡Mis hijos, mis hijos!” era su grito de dolor. “Mis hijos, mis hijos!”, era también su grito de alegría.

Las lágrimas rodaron por las mejillas de todos. El momento del amor sublime de una madre se derramaba en el alma de esos hombres a quienes trajo al mundo y que, por azares del destino, buscaron un mejor futuro en Estados Unidos.

“Yo estaba morro [pequeño] cuando me vine”, contó Luis. “Aún recuerdo el dolor de aquella despedida y la bendición de mi madre. [Luego] la llamaba por teléfono y ella lloraba… Por eso a veces era mejor no llamar”.

Ese era su pensamiento. Pero su madre pensaba distinto.

“Cuando oía la voz de mi hijo, solamente le pedía a Dios que lo bendijera donde quiera que anduviera”, dijo la mujer. “En cuando escuché su voz [ayer], lo reconocí”.

Celia y otras 22 personas de la tercera edad formaron parte del contingente beneficiario del programa “Uniendo Familias Nayaritas” de la Federación Nacional e Internacional de Nayaritas en Estados Unidos de Nayarit (FENINE–USA).

© Proporcionado por Impremedia LLC

El viaje recibió respaldo total del gobernador del estado, Antonio Echevarría García y de la Secretaria de Turismo, quienes ayudaron a todos a conseguir las visas en el consulado estadounidense en Guadalajara.

“Mi gobierno es humanista, sensible y de sentido común”, dijo el mandatario a sus connacionales.

“Queremos que más reencuentros como este se repitan, así que disfruten a sus viejitos y viejitas, hijos y nietos”.

Isidro Castellón, presidente de (FENINE – USA) y titular del club San Pedro Lagunillas, dijo que esta ha sido la primera ocasión que el estado realiza la reunificación de familias.

“Esta vez es algo histórico porque la ayuda se hizo de manera gratuita”, indicó.

“El gobierno ayudó a las familias con los trámites, huellas, citas y a conseguir las visas en el consulado de Estados Unidos en Guadalajara y, aquí, nosotros les proporcionamos transporte y comida”.

Un viaje… “al fin del mundo”

Al lado derecho de la silla de ruedas de la señora Celia se encontraba su otro hijo: Alberto “Beto” Espinoza Rincón, quien pasó más de 13 años sin sentir el amor de su mamá.

“Beto” era monaguillo de la iglesia de su ranchito. Y cuenta que de pequeño quería visitar a la Virgen de Guadalupe, en la Ciudad de México.

Al narrar recuerdos de su infancia junto a su madre, dice que un día ella lo mandó a comprar un refresco a la tienda del rancho —donde la costumbre era que de 1 a 3 de la tarde todo mundo descansaba.

En en lugar el niño, quien quería ir a la Basílica de Guadalupe, preguntó: “Oiga, ¿Pa’ donde queda la ciudad de

México?. “Eso queda hasta el fin del mundo”, fue la respuesta que recibió.

Fue por eso que desde aquella vez, rememora, le decía a su mamá Celia que quería ir “al fin del mundo”.

Este sábado, “Beto” —hoy de 32 años— recordó esa anécdota, antes de recibir, abrazar, besar y llorar con su madre, a quien no veía en persona desde hace 13 años que llegó a EEUU.

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“Ella estaba cocinando y le dije que el sacerdote del pueblo me había dado la oportunidad de ir a la Basílica”, contó. “Mi papá me mandó a que le pidiera permiso a mi mamá y ella me dijo: “Ora si vas a ir hasta el fin del mundo”.

Ella tenía en su mente que un viaje desde Nayarit a la ciudad de México sería muy caro. Pero “fue algo muy bonito”, declaró “Beto”, quien es el presidente del Club de Nayaritas de Camotlán.

También, en los brazos de su madre, “Beto” y sus hermanos recordaron a su padre, Alberto Espinoza Flores, quien falleció de cáncer en 2011 y de quien no pudieron despedirse, a causa de su condición migratoria.

“Beto”, su hermano Luis y sus respectivas familias prepararon una cena especial en la ciudad de Azusa, con un platillo especial: tostadas raspadas de pata de puerco y de pollo para agasajar a la mujer que más los ama en el mundo: su madre Celia.

A veces, la distancia no importa

Christian Daniel Macias Crespo viajó desde Denver (Colorado) para reencontrarse con su madre, Carolina Crespo Valdivia, de 56 años de edad.

“Todavía recuerdo aquel 18 de septiembre de 2003 cuando mi madre me dio la bendición porque salía de casa”, rememoró Christian, quien manejó por más de 15 horas y recorrió más de 1,000 millas para llegar a la Plaza México de Lynwood.

“Hoy [ayer] he sentido una gran emoción al abrazarla y tocar su frente, porque la madre es la madre, y yo, desde niño soñaba con trabajar duro para darle una mejor vida”.

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Por su parte, Carolina Crespo expresó que alguna vez llegó a pensar que nunca más iba a poder ver a su hijo.

“También pensaba que no iba a poder soportar tanta emoción”, dijo.

“Tanto Christian como mis demás hijos siempre han estado conmigo, en las buenas y en las malas”.

‘Hoy recuperé a mis hijos’

La familia López Ríos hasta se animó a llevar a su perrita Chihuahua, llamada “Baby”, para acudir a recibir a don Heriberto López y Natividad Ríos, ambos de 76 años de edad.

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“Bienvenidos Abuelitos”, decía la camiseta con que fue vestida la mascota de los hermanos Blanca, Verónica, Fabian y Ángel.

“Yo le doy gracias a Dios que me dio vida para estar con mis hijos”, dijo un feliz y sonriente Heriberto, padre de ocho hijos nacidos en Cuastecomate, un pueblito del municipio de Sanpedro Lagunillas, Nayarit.

“Ellos decidieron venir a buscar la vida, porque allá estaba crítica la pobreza”.

“Para Dios nada es imposible” fue el mensaje de los familiares de los esposos Martina Talavera y Josee Castillo, provenientes de Tepic, Nayarit.

“Cuando mis hijos comenzaron a venirse [a Estados Unidos] se me partió el corazón”, dijo la señora Talavera.

“Hoy me dio mucho gusto recuperarlos, porque el amor de madre siempre los acompaña”.

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